Después de una fuerte tormenta eléctrica, acompañada de intensa lluvia y ráfagas de viento, un grupo de amigos hizo realidad un compartir musical benéfico, reuniendo a dos grandes exponentes de la música de estos tiempos: Fausto Chatella y Jorge Oñate Jr.
Todo parecía marchar como lo habían imaginado los organizadores.
Hasta que cayó la primera gota. Luego llegaron otras y otras, y el cielo, que hasta entonces había sido cómplice del evento al aire libre, comenzó a oscurecerse.
Es que agosto es el mes de las lluvias. Gracias a Dios, escampó intempestivamente. Algunos invitados se volvieron a entusiasmar para asistir al encuentro y otros se quedaron en casa, temerosos de otro aguacero.
Los que llegaron comenzaron a contar que le pedían a San Isidro Labrador que quitara el agua y pusiera la luna y las estrellas. Eva Morán, de la Fundación Compañía de Amigas, encendió una vela a San Antonio y le pidió fervorosamente que detuviera la lluvia. Y, como quien sabe que las promesas también cuentan, le ofreció unos huevos para los ancianos del asilo de San Antonio si el milagro ocurría. Y ocurrió. Al día siguiente, Eva cumplió su promesa.
Esa noche no hubo tiempo para lamentaciones. Los meseros Jorge Pérez y Jairo Ardila se pusieron inmediatamente a secar el piso y a volver a colocar mesas y sillas. Amy Ramos, quien había protegido las carnes sobre el asadero, dijo con esa tranquilidad que tanto ayuda en momentos de apuro:
—Tranquilos. Dios no los va a desamparar.
Quizás por eso la noche terminó siendo todavía más especial.
Cada invitado recibió de obsequio un rosario, donado con tanto amor espiritual por Karmiña Guerra. Amy, el parrillero, también quiso sumarse a la causa: donó su trabajo y los fritos que disfrutaron los asistentes. Cathy Cocina envió la exquisita ensalada de su restaurante y el dulce de leche que cerró la noche como postre.
Pero los regalos no terminaron.
Iliana Medina, una de las invitadas, llegó con libros donados por su autora, la abogada y escritora Diana Bravo, titulados Una mujer que rompe el molde. Fueron entregados a las abogadas Miriam De la Ossa y Dilma Nassar.
Iliana también llevó un hermoso canasto, que fue obsequiado a Gustavo Santrich, el organizador de la logística musical.
Fue, sin darnos cuenta, una noche de regalos.
Pero no de esos que se entregan por compromiso, sino de los que llevan detrás una historia, un gesto de cariño o el deseo de hacer feliz a alguien más.
Chatella se lució como el rey de los eventos sociales. Esa noche volvió a demostrar por qué se ganó ese calificativo. Se sobró con su repertorio, recorrió diferentes ritmos y dejó en evidencia, una vez más, su versatilidad musical.
Jorge Oñate Jr., por su parte, se abre camino con nombre propio, llevando consigo la herencia musical de su padre, el inolvidable Ruiseñor del Cesar. Su presentación emocionó a todos y fue también un hermoso homenaje a su padre, a través de esas canciones emblemáticas que Jorge escuchó desde niño.
Pero hubo algo que llamó especialmente la atención de Jorge. Apenas llegó, reconoció entre los invitados a dos de sus grandes maestros de Derecho: Miller Soto, designado vocero del presidente Abelardo De la Espriella, y Orlando Abello, designado embajador de Colombia en Costa Rica.
También se reencontró con dos grandes amigas, Liliana Echeverría y Gladys Murgas. Compartió con ellas con una naturalidad conmovedora, como quien abraza a alguien de su propia familia.
Tanto Chatella como Jorge Oñate Jr. tienen una cualidad que no se aprende en los escenarios: una inmensa calidez humana.
La reconocida periodista Sibelys Fontalbo quiso poner su talento al servicio de la causa e interpretó Compae Chipuco, paseo vallenato que comienza diciendo:
“Viajando para Fonseca,
yo me detuve en Valledupar
y allá en la plaza me encontré
con un viejito conversón”
Una noche inolvidable… Dos artistas, dos estilos, dos caminos distintos y una misma voluntad de ayudar.
Fotos tomadas de El Heraldo











