convirtió la música en una forma de hacer feliz
Hay artistas que llegan a un escenario para cantar y hay otros que llegan para transformar el ambiente.
Fausto Chatella pertenece a los segundos. Barranquillero, intérprete versátil y dueño de una particular manera de conectarse con el público, ha hecho de la música una forma de celebrar la vida y, también, de servir a los demás.
Quienes lo conocen destacan, además de su talento, su calidad humana, su bondad y esa espiritualidad que parece acompañar cada una de sus actuaciones.
No es casualidad de que muchos lo llamen, con cariño, “el rey de los eventos sociales”: Fausto entiende que una buena presentación no consiste solamente en cantar bien, sino en conseguir que quienes lo escuchan se olviden por un instante de sus preocupaciones, canten, bailen y vuelvan a sonreír.
Su repertorio transita por diferentes géneros y su propuesta Tropilatino le permite llevar ritmos de otras culturas a su propio territorio sonoro, impregnándolos de ese sabor Caribe que lo identifica.
Pero detrás del intérprete está, sobre todo, un hombre agradecido con la vida, convencido de que la música puede tocar el alma y convertirse en un puente para acercarse a los demás.
Hoy, Fausto Chatella habla de su historia, de esa relación especial con el público, de la responsabilidad de mantener vivas nuestras tradiciones y de los nuevos ritmos que todavía sueña con explorar.
Los invitamos a leer sus respuestas:
Fausto, tú eres un intérprete versátil, y quienes te conocen hablan también de tu bondad, esa que parece acompañar todo lo que haces. ¿Qué hay detrás del artista que sube a un escenario y del hombre que, lejos de los reflectores, siempre está dispuesto a servir?
-Para mí, cantar siempre ha sido una forma de conectar con la gente. Con los años entendí que mi verdadero propósito iba mucho más allá de interpretar una canción: era lograr que las personas se olvidaran por un momento de todo y se entregaran a la celebración.
Creo que ahí nació ese cariño de llamarme “el rey de los eventos sociales”. Me gusta hacer sentir a la gente protagonista, porque cuando el público es feliz, el artista también lo es.
En el Caribe colombiano hay personas que no necesitan una corona para ser reyes. A ti te llaman, con cariño, “el rey de los eventos sociales”. ¿En qué momento descubriste que tu verdadero talento no era solamente cantar, sino también hacer que la gente se sintiera feliz, bienvenida y parte de una celebración?
-Creo que la música me escogió antes de que yo entendiera que era mi destino. Desde muy joven sentía una conexión especial con cantar y con el público, pero fue con los años, los escenarios y tantas experiencias que entendí que esto no era simplemente un oficio: era mi manera de vivir y de comunicarme con la gente.
Hoy, después de tantos años, sigo sintiendo la misma emoción cuando subo a un escenario.
La Fiesta de Polleras es una celebración que tiene mucho de identidad, alegría y tradición, y tú has decidido poner tu talento al servicio de ella. ¿Qué significa para ti colaborar en una fiesta que convierte una prenda en símbolo de nuestra cultura y en motivo para reunir a las barranquilleras?
-Para mí es un honor, porque la Fiesta de Polleras representa mucho más que una prenda o una fiesta: representa nuestra identidad, nuestra alegría y ese orgullo de ser Caribe.
Poder aportar mi música a esta noble causa, a una celebración que reúne a tantas barranquilleras alrededor de un bien social y de nuestras tradiciones, me llena de felicidad. Siento que, como artista, también tengo la responsabilidad de ayudar a mantener vivas esas expresiones e incentivar la labor social; cosas que nos hacen únicos.
Después de tantos años compartiendo escenarios, fiestas y momentos especiales, seguramente has visto de cerca muchas historias humanas. ¿Hay alguna persona o algún instante vivido en uno de esos eventos que te haya confirmado que la música puede tocar el alma mucho más profundamente que cualquier discurso?
-Sí, muchas veces. Pero hay algo que se repite y que nunca deja de conmoverme: ver a una persona que llega a un evento con el ánimo abajo o con alguna preocupación y, después de escuchar una canción o ver nuestra presentación, termina cantando, bailando y sonriendo.
Ahí entiendo que la música tiene un poder que no necesita explicaciones. Me ha enseñado que una canción puede decir lo que, a veces, nosotros no somos capaces de expresar con palabras.
Parece que tienes el don especial de llevar alegría a donde llegas. ¿Cuál es el secreto de un hombre que, aun en medio de las dificultades de la vida, conservas la capacidad de celebrar, agradecer y hacer felices a los demás?
-Creo que el secreto está en entender que la vida también se celebra en medio de las dificultades. He aprendido a agradecer lo que tengo, a valorar a las personas que caminan conmigo y a no perder la fe.
No siempre todo ha sido fácil, pero cuando uno aprende a convertir las dificultades en aprendizaje, vuelve a encontrar motivos para sonreír. Y si con mi música puedo regalarle un momento de felicidad a alguien, siento que ya estoy cumpliendo un propósito.
Hay canciones que son como una llave: apenas empiezan los primeros acordes, la gente se transforma. ¿Qué es lo que más te pide el público? ¿Hay alguna canción o algún ritmo que, cuando empiezas a interpretarlo, sabes que la fiesta ya está hecha?
-En mi caso, las de Juan Gabriel, los ritmos tropicales, “En Barranquilla me quedo”, la salsa, con ese swing sabroso, y el merengue —especialmente las canciones de Juan Luis Guerra— siempre tienen ese poder.
Pero más que una canción específica, el público me pide alegría, energía y conexión. Cuando siento que la gente ya está cantando conmigo y se olvida de todo, sé que la fiesta está hecha.
Y después de tantos ritmos, tantos escenarios y tantas historias compartidas con el público, queda una pregunta inevitable: ¿qué ritmo te falta por explorar? ¿Hay alguno que todavía tengas pendiente y que te mueras por cantar a tu manera?
Creo que todavía tengo muchos caminos por recorrer. Me encantaría explorar más la música brasileña, especialmente la samba y la bossa nova, pero llevándola a mi propio lenguaje y mezclándola con ese concepto que he construido durante tantos años: el Tropilatino.
Me gusta la idea de tomar ritmos de otras culturas y ponerles sabor Caribe. Creo que ahí todavía hay mucho por descubrir.
Y quizá ahí esté la verdadera esencia de Fausto Chatella: en entender que la música no termina cuando termina una canción. Queda en el recuerdo de quienes cantaron, bailaron, se emocionaron o, simplemente, encontraron durante unos minutos una razón para sonreír.
Su voz seguirá recorriendo géneros, escenarios y nuevas fusiones, pero hay algo que parece no cambiar: esa necesidad de encontrarse con la gente y regalarle alegría. Porque, al final, más que cantar para un público, Fausto canta para las emociones.
Y mientras haya una fiesta por celebrar, una causa por apoyar o un corazón que necesite un poco de alegría, seguramente allí estará él, con su música, su sabor Caribe y esa particular manera de hacer de cada encuentro un momento para recordar.
Porque Fausto Chatella no solo convirtió la música en su manera de vivir: la convirtió en una forma de hacer feliz. (LN)
Foto Alex Riquett
