por Angélica Santamaría, psicóloga
Cuando te vi por primera vez desaparecieron todos mis miedos. El mundo se convirtió de repente en un lugar seguro, confortable y bello. Sentí que era capaz de asumir la vida con las fuerzas renovadas para continuar. Es posible que no te lo haya dicho, pero en tu presencia me siento un ser lleno de alegría, y el valor, que sé que tengo, cobra sentido.
Sabemos que el camino no es fácil, que somos seres humanos, estamos llenos de contradicciones y altibajos, que seguramente nos vamos a equivocar tal vez hasta el punto de herirnos. Pero también sabremos encontrar la forma de perdonarnos, y así, vivir la reconciliación como si nos viéramos de nuevo por primera vez. Y comenzaremos de nuevo. Porque hay una promesa tan silenciosa como sólida entre tú y yo: siempre estaremos a disposición para servirnos y construirnos.
He aprendido que la magia viene y se va, pero no por irse deja de existir. Sólo es cuestión de traerla cada tanto con detalles sencillos: una flor, una nota, una canción, un paseo al atardecer, un abrazo sorpresa, o cualquier buen momento que nos haga llorar de la risa y celebrar el simple hecho de saber que estás al otro lado del planeta, o junto a mí, o frente a mí. Porque también he aprendido que es magia lo que sucede cuando en mis peores dificultades cierro mis ojos y vienes con tu sonrisa a mi pensamiento; entonces la esperanza vuelve a inundar mis adentros.
Y también doy gracias por el milagro de tu existencia, aunque estés lejos o cerca, aun cuando te hayas ido de esta Tierra.
De no ser por ti, no tendría en mí lo que aprendimos, lo que ganamos, incluso lo que perdimos, porque es necesario perder para alivianar nuestro equipaje y continuar de cara al futuro.
Fíjate, tenemos una historia, si miramos hacia atrás todo valió la pena. Aquí estoy para lo que haga falta y un poquito más. Quiero continuar dándolo todo por tí. Y aquí siguen mis manos, abiertas para recibirte con salud o enfermedad, con riqueza o pobreza, con triunfo o fracaso.
¿Qué más puedo decirte? A tí: mamá, papá, abuelo, hermano, amigo, hijo, media naranja mía… pedazo de luz que incondicionalmente acompaña mi viaje.
