Por Jorge García Taboada
Memorias de un Paraíso que aún respira en mí.
“Cuando las noches de diciembre abrían sus portales encantados, y entre el resplandor del pesebre, la brisa del Caribe iba pariendo la Navidad mientras el Año Nuevo, descalzo de tiempo, descendía por los arroyitos de luz para nacer en La Casa de Todos”.
En La Casa de Todos, aquella casa del Paraíso donde las paredes parecían tener alma y las ventanas respiraban brisa como si fueran pulmones de luz, diciembre no era un mes: era un ser vivo. Llegaba pavoneándose entre acordes de “Las Cuatro Fiestas”, desplegando un manto dorado sobre cada rincón, como si hubiera aprendido del sol del Caribe a entrar siempre anunciándose sin permiso.
La tercera de esas fiestas inolvidable comenzaba cuando mi madre -guardiana eterna de todos los milagros domésticos- convocaba a la familia frente al pesebre que nacía cada año de sus manos de artista. Aquel pesebre no era un adorno, era un territorio encantado: riachuelos que corrían aunque nadie los hubiera visto moverse, musgo que parecía respirar como un pequeño bosque en miniatura, montañas inventadas que descendían hasta nuestras miradas, y luces que titilaban como sí vivieran obedeciendo el ritmo secreto del corazón de la Navidad.
La novena era un conjuro. Entre rezos que parecían escritos por ángeles distraídos y cantos que abrían portales luminosos, pedíamos con la fe absoluta que solo tienen los niños: la fe de creer que una carta escrita con lápiz escolar podía atravesar los cielos y llegar a manos del Niño Jesús. Alrededor, los villancicos rodaban como pájaros; la natilla nacía tibia como un amanecer; los buñuelos crujían como estrellas recién estrenadas; los dulces parecían cargados de un azúcar que sólo producía el Paraíso.
Y entonces, al terminar la última oración, mi padre -ese hombre silencioso que sabía encender la música como quien enciende un recuerdo- abría la radiola. Y del interior de aquel aparato de tubos, que gemía y suspiraba como un viejo dragón amistoso, salían los primeros sonidos, canciones de Billo´s y Los Melódicos y todas esas orquestas que parecían haber firmado pacto con diciembre para no faltar jamás -“Año Nuevo, Vida Nueva”, “Navidad que Vuelve”, “Cantares de Navidad”, “El Año Viejo”, “La Danza de la Chiva”-. En un instante, la sala y el comedor se transformaban en un salón de baile encantado, y mis padres, cómplices de un amor de otros tiempos, flotaban entre las melodías como si un viento secreto los guiara.
Los olores de la cena navideña empezaban a poblar la casa como espíritus buenos: pasteles en hoja de bijao que traían consigo el aliento de las abuelas; pernil al horno que exhalaba esencias profundas; arroz con coco morenito que parecía contener la memoria de las playas; ensaladas frescas que llegaban como un jardín recién llovido; flan de vainilla que caía sobre la lengua como una bendición dulce.
Y así, sin darnos cuenta, llegaba la última noche del año viejo. Afuera, el mundo se vestía de fuegos multicolores que explotaban como si el cielo se hubiera cansado de guardar tanto brillo. “Las sirenas de fábrica y taller” aullaban en un ritual colectivo; las campañas de las iglesias curramberas repicaban como si estuvieran despertando al propio tiempo. Y entre ese estruendo de alegría, la voz inconfundible cantaba:
“…faltan cinco pa´las doce…”
Yo corría. Siempre corría. Corría para caer en el abrazo de mi madre, ese abrazo donde el mundo se achicaba y solo quedábamos ella y yo, respirando la misma magia. Su pecho tibio, su bendición murmurada, su mirada que parecía tener el poder de detener el calendario. Allí, en ese instante, nacía el año nuevo.
Hoy, al otro lado del Atlántico, bajo un cielo que no conoce mi horizonte Caribe, enciendo mi propio diciembre en esta latitud de los Alpes y silencios blancos. Armo mi pesebre -más abrigado, más callado -y me rodeo de mis hijos, de mi nieta Emilia, de esta familia que también es mía y que me sostiene en este clima donde la brisa no trae mar, pero sí amor.
Los olores son otros, los sabores otros, las voces otras…pero la magia es la misma. Porque aprendí en La Casa de Todos que mientras haya amor, diciembre nunca se apaga.
Y así, poco a poco, sigo este camino de felicidad, guiado por mis memorias sonoras, mientras las “Cuatro Fiestas” -esas que parecen escritas con tinta de amanecer y papel de brisa- se van cumpliendo en mí como una profecía alegre. Todo ocurre mientras la mejor fiesta del año avanza por su propio camino ancestral, danzando en ronda, igual que el golpe profundo y terroso de los cueros de un tambó que despierta al mundo.. Ese tambó que el viento se lleva y el viento devuelve, como si fuera un mensajero invisible de mis recuerdos, trayéndome voces, colores, aromas, y esa música antigua que sigue marcando mi paso en esta vida que, a veces, más que vivida, parece soñada.
Y sé -en lo más profundo de mí- que un día regresaré. Que el Caribe abrirá sus brazos, su brisa eterna, su música de siempre, y me recibirá como se recibe a un hijo que jamás dejó de pertenecerle.
