Por Jorge García Taoada
Escritor y poeta
Donde el reloj se rompe y empieza la máscara.
Aquel instante, el de las doce y un segundo, no era tiempo, sino un portazo cósmico. La ciudad, -Curramba La Bella- ,no recibía un año nuevo; asistía al parto explosivo de la dicha.
Las sirenas de fábrica y taller -bronces mecánicos, gargantas de hierro- no aullaban. ¡Qué va!. Desgarraban el velo del futuro con un clamor monocorde, tan ensordecedor que hacía temblar el cemento. Era la batería incesante del mismísimo dios Baco, anunciando la rendición de la seriedad.
Y tras ellas, los bronces de las iglesias de mi Vieja Barranquilla: campanas que no doblaban, sino que echaban a volar monedas de oro forjadas con la fe ancestral, rebotando en los tejados y llenando los bolsillos invisibles de la buena suerte.
En ese ir y venir de la memoria, el aire ya no era solo un espacio para respirar. Se había convertido en una melcocha espesa y azucarada, un confite de sentidos. Olía sí, a pólvora quemada que había dejado el eco de mil petardos -cada uno, un grito ahogado de la tristeza del año viejo- ,pero ahora, bajo ese humo, se cocinaba a fuego lento la alegría inminente.
Era la alegría que venía con paso de cumbia y cadera de matrona, un vendaval de dicha que no soplaba, sino que arrastraba la vida entera. Llegaba no por tierra, sino montada en un Mar de Leva de ese Caribe Mágico; un oleaje grande y fuerte que no era de agua salada, sino de ron, sudor y maicena festiva.
El mar, grandote y puyón, al romper en nuestras playas, no hacía espuma, sino que desprendía un polvo de oro y purpurina. Venía preparado, como un novio en la puerta de la iglesia, para recibir a su única y verdadera reina: El Carnaval.
Ella, la reina eterna, el Patrimonio Ancestral de nuestra tierra macondiana, era la única profecía que valía la pena esperar. Y ese instante, ese doce y un segundo, era solo la mecha, -húmeda, picaresca- ,que encendía la fiesta de la inmortalidad.
El ancla de amor y la mesa de dioses.
Mientras afuera el mundo era una fanfarria desbocada, un aguacero de decibeles que quería borrar los techos, la Casa de Todos seguía siendo el Paraíso eterno de la memoria, un arca bendita donde el tiempo gateaba lento y seguro.
A pesar de la gritería del nuevo año, ahí dentro, la Mesa Mayor no era un mueble, sino un ancla de amor forjada en madera de guayacán. Ella sostenía el universo. En su centro, el alma tibia de un ritual sagrado que no era de iglesia, sino de puro vientre.
El aire, que afuera era pólvora y ron, aquí adentro se había vuelto un perfume de vieja nobleza.
El Pernil de Cerdo, amo y señor, no estaba asado; había sido bautizado en fuego lento. Su aroma, grueso y carnoso como el abrazo del patriarca, se trenzaba, pícaro y sin permiso, con la ácida dulzura del tamarindo. Era un dime y un direte de sabores en la boca: “yo soy fuerte”, decía la carne, “pero yo te pongo el picante de la vida”, respondía la fruta.
A su lado, un Arroz con Coco que era una declaración de amor en grano. Morenito, si, con ese color de canela y tierra mojada, y tan meloso que parecía la misma cadera de las mujeres caribeñas cuando bailan, suave en la entrada, dulce en el recorrido y firme en el final.
Las ensaladas de verduras ancestrales de las hortalizas de Los Chinos no eran meros acompañamientos. Eran lienzos pintados por la mano generosa del Caribe, tan vibrantes que parecían recién robados a la paleta de un pintor macondiano. Cada hoja, un chisme fresco de la tierra.
Y para sellar la noche -el sello de oro, el golpe de gracia-, llegaba Él: el Flan de Caramelo. Un manjar que sabía a la promesa de la abuela. Templando el postre, un melao oscuro, terroso, nacido de la panela de hoja. No era salsa, era oro líquido y oscuro, tan denso y profundo que, al correr por el flan, parecía una lágrima espesa y bendita del Trópico.
Del Paraíso al palco. Cuando la calle llamó.
Todo era un banquete de verdad y querencia, un conjuro contra el olvido, donde cada bocado era un sí rotundo a la vida que recién empezaba.
Pero no había tiempo para la digestión solemne. El alma tibia de la casa tenía que rendirse al clamor exterior.
El aire, espeso de pastel y caramelo, era violentado por el bramido de la calle, ese grito que nos jalaba de la silla. Afuera, la brisa ya no soplaba: se había desbordado en vendaval y era la cómplice perfecta del caos.
En la terraza, junto a las cañas de bambú que servían de palco al mundo -un palco hecho de sombra y frescura-, éramos testigos privilegiados. El viejo radio de tubos, ese oráculo de madera que guardaba la música como tesoro, rompía el aire con el eco que venía de la calle. Era la Billo´s, que con su metal y su ritmo, dejaba caer la sentencia, una verdad a voces que se bailaba: “Año nuevo…vida nueva…más alegre los días serán…”
La acera se había vuelto una frontera elástica. Los vecinos -esos primos del destino-, cruzaban sin pedir permiso, de un lado a otro, en una marea de abrazos urgentes, apretados y sin aliento, como si temieran que el futuro se acabara antes de poder desearlo.
Y en ese ir y venir de afectos, la pólvora no daba tregua. El repique cobarde del triquitraque y el brillo fugaz de las luces de bengala -varitas mágicas que hacían de cada niño un hechicero instantáneo- era solo el aviso. El estrépito insolente de totes y matasuegras era el coro atronador. Finalmente, los voladores, cual mensajeros nocturnos con cola de fuego, estallaban en el firmamento con la autoridad de un trueno.
Todo ese estruendo dejaba una sola ofrenda en el ambiente: ese olor penetrante y dulzón a pólvora, que para nosotros, en esa tierra de milagros, no era un simple residuo de guerra, sino la fragancia cruda y prometedora de la esperanza. Era el incienso bendito que quemaba el tiempo viejo para darle paso a la fiesta de la inmortalidad.
El susurro de la estirpe y el amanecer perpetuo.
En ese epicentro de fuego y fiesta, yo buscaba el silencio que solo el amor verdadero podía ofrecer. El estruendo se volvía un murmullo lejano cuando llegaba el turno de los abrazos fundacionales, los de mi estirpe. Mi madre y mi padre, dos ángeles de carne que callaban para que hablara el alma, me envolvían. Brazos silenciosos, sí, tan tiernos y breves que tantas veces creí que no me habían abrazado nunca. Hoy, al narrar, aún siento el roce de su piel, la urgencia suave de su suspiro, el augurio susurrado en mi oído que, en la distancia, es mi único y mayor tesoro: el oro invisible del amor que persiste.
Los extraño profundamente en este relato donde su piel de afecto vuelve a ser mi abrigo. Y en ese parpadeo, entre el último suspiro del abrazo y el primer acorde de cumbia que se colaba por la ventana, la euforia cumplía su profecía: amanecía.
No era el sol que rompía el horizonte, sino la promesa eterna del jolgorio. Entre cabañuelas de amor -esas predicciones del alma- y el pregón de un vendedor de bollo que se sabía eterno, el carnaval no llegaba; se instalaba, como un inquilino perpetuo y sin arriendo, en cada corazón currambero. El alma se ponía su turbante de colores.
Entonces, los aromas, los sabores y la sazón de nuestras comidas típicas dejaban de ser ingredientes para volverse leyenda. Y en el trono de mi memoria, en ese palacio de la añoranza, había un espacio reservado con el nombre grabado en oro: la sopa de guandú.
Ella, la sopa, no era un simple potaje. Era un manjar de dioses pobres, la esencia tibia y ancestral de nuestra vieja Barranquilla, de La Arenosa de aquellos tiempos… hecha cuchara e´palo. Su aroma, a tierra, a ají topito y a guandú recién cosechado, se fusionaba con el ambiente, creando una sazón que no se explica, sino que se vive. Era la sopa que sabía a beso de madre, a brisa de río y a siesta de hamaca: la prueba irrefutable de que, en nuestra tierra, la felicidad siempre tiene un sabor profundo y reposado.
El clímax del guandul.
Y si el primero de enero era solo la mecha, el Sábado de Carnaval era la explosión mayor. No era una jornada; era la cima de la existencia, el clímax absoluto de mis guandules que merecían corona propia.
El frenesí se desataba como un río de lava en éxtasis. Las tamboras no golpeaban el cuero; golpeaban el pecho mismo de la ciudad, marcando el pulso. Los millos, guaches y maracas eran el enjambre sonoro que envolvía al mundo.
La “Veinte de Julio” o “Cuartel” – el cumbiodromo, ese asfalto bendito- se transformaba en el Lienzo Vivo del Carnaval. Por ahí no desfilaban carros, sino profecías danzantes.
Las cumbiambas, con su cadencia de oleaje seductor, arrastraban el alma con sones y guapirreos tan antiguos como el mar. Detrás, la fuerza desafiante de Garabatos, Toritos, Congos y Paloteos, una guerra de colores y machetes simbólicos que defendía el derecho ancestral a la alegría. Era un torbellino de vida, un vórtice que te chupaba la tristeza y te escupía euforia.
Y cuando el cuerpo ya no daba más, cuando el eco inmortal y eterno de “Te Olvidé” vibraba en el pecho como el último glorioso latido del jolgorio, el alma encontraba su paz.
Era el llamado.
En las esquinas, cargadas con el bullicio sin fin y el olor a multitud, asaltaba el aroma del humo de los anafres con brasas de carbón de leña. Bajo ese valor místico, el guandú, humeante y profundo, era la recompensa por el frenesí.
Desde siempre, nunca faltó a mi mesa. Y cuando la distancia me impuso el exilio laboral y me tocó vivir el Carnaval en la distancia, mi cocina se convertía en un cónsul culinario que preparaba esta sopa. En esas fechas de nostalgias felices, compartir ese sabor con la familia y los amigos era el ritual más alto: era el acto de transportar a la Arenosa, -cucharada a cucharada- ,de vuelta a casa, demostrando que el hogar no está en un lugar, sino en la esencia de lo que se comparte.
La brújula del alma: Retorno a la Arenosa.
Hoy, cuando he cruzado El Atlántico -el océano de la nostalgia- y la distancia se mide en kilómetros de salitre, mi corazón no está roto, sino dividido en dos mitades gemelas: una mitad feliz y otra mitad llena de dicha.
Mi Vieja Barranquilla, se ha quedado atrás, pero solo en el mapa. Aquí, en la lejanía, entiendo que el vacío no existe. Mis memorias no son un fantasma del pasado, sino la armadura forjada con soles de enero que me protege. El recuerdo de mis amigos, esos hermanos de la vida, es el vino que me reconforta en cada brindis silencioso.
Y aquí, -en esta ribera- ,frente a las aguas frías del Adriático, la vida me ha dado su bendición más reciente: Emilia, mi nieta recién nacida, una flor de algodón que abrazo con la ternura de quien sostiene el futuro. Al verla, y al compartir con mis hijos, comprendí que son como los alcatraces de ala ancha que, tras años de anidar bajo el susurro de los mangles y la sombra fiel de los pilotes del Viejomuelle de Sabanilla, decidieron un día sacudirse el salitre del reposo para emprender el vuelo en bandada; hoy surcan el cielo en una coreografía perfecta, retando el azul profundo en busca de sus propios horizontes…,entiendo una gran lección:
Esta familia que crece en mi fuente termal, me nutre y me llena de la certeza absoluta, -más firme que el concreto del Caimán del Río- ,de que un día próximo, allí estaré de vuelta. Se que la calidez, el cariño de mi pueblo y la brisa loca de los alisios -esa brisa que huele a mango biche y a mar- no tendrán preguntas. Me recibirá con el más cálido y apretao abrazo…que sabe a tierra prometida.
Mi vieja y añorada Arenosa me espera, y lo sé porque mi alma -esa brújula que no usa agujas sino latidos- ,a pesar de cruzar mares, desiertos y calendarios, siempre…siempre marcará ese destino.
El viaje ha terminado, pero el Realismo Mágico de mi tierra nunca se apaga.
Hoy, que he “Cruzado El Atlántico”, y me encuentro a kilómetros de esa joyita encantada que me vio nacer, mi corazón está dividido entre nostalgias felices y una dicha inconmensurable. Abrazo a mi nieta recién nacida, Emilia, una nueva flor en el jardín de la vida, y comparto con mis hijos que volaron buscando otros horizontes.
Pero la lejanía no es vacío. Mis memorias y mis recuerdos felices son la armadura que me fortalece. El recuerdo de mis amigos -mis hermanos de arena- me reconforta. El amor de esta nueva familia me nutre y me llena de la certeza de que un día próximo, allá estaré.
Se que la calidez y el cariño de mi gente me esperan, y la brisa loca de los alisios, esa cómplice eterna, me recibirá con el más grande, cálido y hermoso de los abrazos. Mi tierra, Curramba, me espera… y sé, que mi alma, -como una brújula- a pesar de cruzar mares, siempre…,siempre, marcará ese destino.

