El retorno a la luz
Por: Jorge Garcíataboada
Arquitecto y escritor
El calendario dice que han sido noventa días, pero mi piel -que no sabe de almanaques sino de sensaciones- insiste en que he vivido un siglo en otra dimensión. Desde aquel 10 de noviembre de 2025, cuando aterricé en una Italia que bostezaba hacia el invierno, mi espíritu entró en un exilio de luz. Vine por el milagro de la vida: el nacimiento de Emilia, mi nieta. Pero mientras la vida brotaba en sus ojos nuevos, yo sentía que la mía se volvía una crónica de nostalgias, atrapada en una latitud donde el sol es un invitado tímido y el cielo olvida cómo ser azul.
El invierno del alma y el laberinto del silencio
Pasamos un mes en Italia, custodiando la cuna de la heredera. Allí viví la odisea de la onceava estrella de mi Junior. ¡Qué ironía del destino! Mi equipo se batía por la gloria, y yo, un náufrago digital en la madrugada europea, celebraba los goles y el campeonato en un silencio casi monacal para no despertar la paz de una casa que dormía bajo la escarcha. Celebré con el alma gritando hacia adentro, extrañando el estruendo de una esquina de La Arenosa.
A la dureza del clima se sumó el laberinto de las lenguas. He vivido estos tres meses suspendido entre el italiano y el sueco, especialmente desde que el dos de enero nos trasladamos a Estocolmo. Habitar dos idiomas ajenos es descubrir que el español no es solo mi lengua, sino mi sistema nervioso. En estas tierras de sonidos gélidos y fonéticas extrañas, me sentí como un coronel sin quien le escriba, habitando un Macondo mudo. Es una incomunicación que duele; una barrera invisible que me recordaba, tras cada intento de diálogo, que mi voz solo tiene eco y verdadero sentido bajo el sol del Caribe.

El choque de dos mundos: la generación del “ahora”
Mis hijas y sus parejas, jóvenes que transitan hoy la plenitud del inicio de la adultez con algo más de tres décadas de edad, nos abrieron sus puertas con una generosidad que agradezco. Sin embargo, la convivencia es un espejo revelador. Admiro su temple y la seguridad con la que caminan; pertenecen a una generación convencida de que sus razonamientos son absolutos y que el mundo ha empezado con ellos.
En sus hogares, uno se descubre como un cronista de otra era, observando cómo la firmeza de sus convicciones – propias de quien aún no ha sido doblegado por los años- choca sutilmente con nuestra visión de la vida, más reposada y menos dogmática. Ellas son arquitectas de un orden donde a veces parece no haber espacio para lo que creen “pasado de moda”, pero que para nosotros es la esencia misma de la sabiduría. Es una tensión silenciosa: ellos mandan en sus castillos de cristal y uno, con el equipaje lleno de historias, aprende a ser un invitado discreto, respetando sus leyes mientras el corazón pide a gritos la flexibilidad y el caos bendito de nuestra propia casa.
El regreso: entre el Carnaval y el Viejo Muelle
Ahora, a solo tres días de dejar la furia de la nieve en Estocolmo para emprender el regreso a nuestro país, el Atlántico se ha vuelto pequeño ante mi ansiedad. Regreso justo a tiempo para reencontrarme con la liturgia de mis sentidos: el Carnaval, ese derroche de folclor que nos devuelve el alma.
Pero más allá de la fiesta, mi espíritu reclama su santuario: retomar la danza del tiempo en El Rincón de Mi Viejo Muelle. Anhelo sentarme con los amigos del alma, allí donde el aire huele a salitre y a tierra salobre, para hablar en nuestra lengua de fuego y espuma, rodeada de sones y murmullos de palmeras.
Epílogo en la orilla
Vuelvo a cruzar el océano a favor del pulso de la tierra. Regreso a mi latitud de Sabanilla, para despojarme de los abrigos que pesan como culpas. Como bien sentenció Joe Arroyo, ahora sé con la certeza de los años que en Barranquilla me quedo.
A mis hijas les dejo mi amor y mi respeto por su fortaleza. Ellas son roble y yo soy palma; ellas tienen la palabra, pero yo tengo el horizonte. Las esperaremos siempre allá, donde el tiempo no corre, sino que baila.
Gracias, Dios, por el privilegio de volver a casa. El hijo del sol ha regresado a su orilla.

