Por Loor Naissir
El profesor de filosofía en sexto de bachillerato, en el Colegio Biffi de Cartagena, solía decir que pensar no es lo mismo que filosofar, aunque están íntimamente conectadas. Esa idea, que en su momento sonaba lejana, con los años ha vuelto a mí con una claridad renovada.
Pensar es una actividad cotidiana. Es ese ejercicio casi automático en el que analizamos lo que hicimos y lo que dejamos de hacer. Yo, por ejemplo, pienso cada noche antes de dormir. Repaso el día, organizo recuerdos. Pensar, en ese sentido, es inevitable.
Filosofar, en cambio, exige algo más. Es un pensamiento profundo que se detiene a cuestionar la vida, los conocimientos y las certezas. No se conforma con lo evidente: busca comprender el mundo de manera crítica, coherente y, muchas veces, incómoda.
Esa diferencia se hizo más clara para mí después de escribir el reportaje biográfico sobre Jesús Ferro Bayona. Comprendí entonces que filosofar no es solo reflexionar, sino hacerlo con método, con rigor, incluso en diálogo con otros. Es un ejercicio que confronta ideas y persigue, aunque sea de forma esquiva, una verdad.
Años atrás, como periodista de El Heraldo, tuve la oportunidad de asistir a una charla del filósofo español Fernando Savater. Escucharlo fue revelador. Hablaba de la educación como un proceso esencial para formar ciudadanos libres, poniendo en el centro la autonomía personal. Algo similar me ocurrió al entrevistar al doctor Ferro Bayona, quien insistía en que su vida debía ser contada, ante todo, desde su vocación de educador.
Hoy resulta evidente que Barranquilla ha contado con un intelectual que durante 38 años lideró la Universidad del Norte, llevándola a estándares de excelencia. Y, sin embargo, queda la sensación de que aún hay mucho por escuchar, mucho por pensar —y por filosofar— en su legado.
Pero no todas las lecciones vienen de grandes pensadores.
Cuando cursaba quinto grado de primaria en el pueblo, mi madre me decía siempre que debía estudiar, era lo único que me aconsejaba en la vida para que pudiera aprender a decidir lo que me convenía.
Mi padre, por su parte, también me decía: “El estudio se hizo para mujeres como tú, que preguntan mucho. Así que te brindo la mejor educación, porque a nosotros no nos las dieron, no teníamos recursos económicos. Yo tenía que pegar suelas de zapatos donde trabajaba mi hermano mayor, para poder comprar libretas y lápices”.
Todo eso me ponía a pensar y quedó grabado en mí. Igual hicimos con mi único hijo. Primero la educación.
El oficio periodístico me enseñó que cada persona tiene algo que decir. Lo confirmé al entrevistar a una ama de casa que realizaba trabajo voluntario en un grupo social. Decía sentirse esclavizada, sin remuneración, con jornadas que empezaban a las siete de la mañana y no terminaban nunca, porque incluso sus pensamientos estaban dedicados a sus tres hijos. Solo lograba dormir cuando sabía que ellos estaban a salvo en casa.
Y entonces entendí que pensar no siempre es filosofar, pero filosofar sin mirar la vida real puede convertirse en un ejercicio vacío. Aquella mujer, sin proponérselo, me dejó una de las preguntas más profundas: ¿qué significa realmente vivir para otros? Tal vez filosofar no ocurre solo en las aulas, en los libros o en las tertulias de intelectuales, sino también
en la intensidad de quienes, día a día, sostienen la vida.
