Del frío de la distancia al fuego del malecón
Por Jorge Garcíataboada
Arquitecto y escritor
Desde la soledad de aquella latitud distante de mi vieja Barranquilla, escribí en aquel diciembre de 2025 sobre la undécima estrella de mi Junior del alma: “Un puente de luz sobre el Atlántico”.
Lo escrito lejos en el mapa, pero con el cordón umbilical de mi identidad más amarrado que nunca a mi gente. Había desafiado la curvatura del mundo para ver el milagro de la vida en los ojos de mi nieta Emilia en Italia, dejando mi ancla emocional a miles de kilómetros, en las orillas de mi trópico.
Recuerdo que el frío europeo se filtraba por mis poros como una aguja de hielo. Frente a una pantalla helada -luminosa y sombría a la vez- cumplí la cita sagrada, mientras mi Junior buscaba su estrella de navidad. Allá eran las dos de la madrugada; una soledad de nieve me rodeaba. Sin embargo, por el milagro de las comunicaciones, mis hijos aparecieron en la pantalla desde sus propias coordenadas geográficas. Junior ganó la once, se coronó campeón, y aquel frío se volvió bolero, se volvió un abrazo virtual que encendió la noche.
Hoy, el día ha amanecido en mi hermosa Sabanilla con un cielo rebosante de arreboles, un incendio de nubes que parece pintado de rojiblanco para celebrar la gloria. Al contemplar ese lienzo de fuego caribeño, la memoria de mi padre -artífice absoluto de esta pasión, de quien heredé este legado de amor y fútbol- renace con una fuerza descomunal, casi mística. En este amanecer de victoria, lo siento aquí, acompañando mis pasos, sonriendo con el orgullo intacto en medio de su silencio eterno. Gracias, mi querido viejo, porque tu fuego sigue encendido en mi pecho.
Es que en este momento afloran tantos sentimientos y recuerdos que se juntan en un torbellino en el alma; un nudo ciego en la garganta no me deja pronunciar palabra y las lágrimas invaden mis ojos, amenazando con nublarse la vista. Pero no importa, porque la emoción, la pasión y el amor por el rojiblanco se ven con los ojos del corazón. Los recuerdos están ahí, latiendo, a flor de piel, en un sentimiento que raya con lo sagrado.
Con esa fuerza, la vida, que es sabia partitura de revanchas y sorpresas, me permite ver a mi equipo pelear por la doce. Pero esta vez el escenario es distinto: estoy en mi latitud de siempre, en este Caribe mágico donde el termómetro marca 34 grados de puro fervor y el sol nos abraza en un solo acto litúrgico. Todo el Caribe se vistió de gala para arropar al rojiblanco en la titánica tarea del bicampeonato. Desde que regresé de la gélida Europa, me he saboreado y deleitado con esta magia tropical que nos envuelve; sentía la plena convicción de que la doce se festejaría en el patio de la casa, en mi vieja Barranquilla.
Hace una semana inició el viaje en este tren de la alegría y de la victoria juniorista. En nuestro templo, el viejo Romelio Martínez, el tiburón dió el primer zarpazo de autoridad, venciendo al encopetado rey de copas. Y en el partido de vuelta, en la mismísima ciudad de la montaña, en un estadio lleno hasta las banderas, pero ante un Junior crecido, gigante, que desafió los pronósticos con el optimismo tatuado en la piel, se consumó la hazaña. Derrotamos al rival en su propio feudo y nos estamos trayendo la copa rebosante de alegría para nuestra querida tierra currambera.
El día había amanecido con una llovizna de cielo roto, gris y sin sol, como un presagio de que la gloria no sería tarea fácil. Esperábamos la hora del partido como quien aguarda en una sala de partos, porque bien lo sabemos en el Caribe: “si es Junior, es pariendo”. Mientras el cronómetro se volvía un verdugo que avanzaba con una parsimonia cruel, los segundos se dilataban, se convertían en estalactitas de hielo en el estómago. Cada tic-tac era un martillazo que avivaba la incertidumbre; viví ese tiempo en un vilo absoluto, con el alma en carne viva, presintiendo que el destino se jugaba en un suspiro, con el corazón apretado por la garra de la desesperación y la fe, pero esta vez no en el silencio del destierro, sino rodeado de la brisa nuestra.
Bien lo reza la sabiduría de nuestros viejos en el Caribe, con esa certeza mística de que no hay plazo que inexorablemente no se cumpla…”, pero mientras ese tiempo se vencía, los minutos se hicieron plomo; se sucedían ráfagas de angustia, una ansiedad que cortaba el aire y esa desesperación santa por ver el gol que se nos embolatara en el destino. Era un viacrucis de fe y nervios puros, hasta que la sentencia del cronómetro hizo el milagro. El pitazo final desató el carnaval. ¡Junior es el bicampeón en Medellín!
Esta noche, el Gran Malecón del Río es un poema iluminado. Se han encendido las estrellas en la Aleta del Tiburón para recibir, entre los olores salobres del Magdalena y el vaho tibio de nuestra latitud, al pueblo barranquillero que avanza como una gran ola humana. Venimos a fundirnos con las leyendas que guardan los costados de esa aleta de cristal y acero.
Hoy no habita en mí la soledad de aquel diciembre frío. Hoy estoy en la raíz, en el epicentro de la fiesta, con la rojiblanca metida en las venas y entonando los estribillos inmortales de nuestros himnos de victoria. Hoy nos fundimos en ese abrazo fraternal, de carne y hueso, con esos amigos que son hermanos que la vida me regaló y que tanta falta me hicieron allá lejos. Y junto a ellos, mis hijos, que a pesar de sus distancias volvieron a cruzar el puente de la tecnología para brindar y entender que esta estrella doce también viaja en sus equipajes.
Voy llegando a la Aleta del Tiburón. Me recibe el viento, me reciben los cantos, me recibe la historia. Brindo por los recuerdos que el frío no pudo congelar, brindo por las doce, por nuestra leyenda viva…¡Por nuestro Junior Campeón… tu papá, el rojiblanco del alma!
Dejo correr esas lágrimas… este sentimiento ahora tiene tatuado el calor del sol de Barranquilla, la bendición de mi padre desde el cielo y la eternidad de los grandes relatos del Caribe…



