el maestro que nunca dejó de reinventarse
Los artistas trascienden en su obra. Así ocurre con Arnulfo Luna Franco (1946-2026), quien falleció el pasado 19 de junio dejando un legado construido durante más de cinco décadas de trabajo, experimentación y constante renovación.
Pintor y grabador, nacido en Cartagena y también muy vinculado a Barranquilla, hizo del arte una búsqueda permanente. Nunca se conformó con lo ya conquistado. Cada etapa de su carrera fue una oportunidad para explorar nuevos caminos y desafiar su propio lenguaje.
Durante años fue reconocido por su impecable trabajo hiperrealista. Pintó viejos camiones, chivas, puertas desgastadas y fachadas que el tiempo había marcado con la sal y el sol del Caribe. En esos objetos cotidianos encontró una manera de contar la historia de una ciudad y de preservar su memoria.
Así lo conocimos muchos de quienes seguimos su trayectoria. Sin embargo, cuando parecía haber alcanzado la plenitud de ese lenguaje, decidió cambiar de rumbo. En sus últimos años se entregó a la abstracción con la misma pasión que había dedicado al realismo. La serie El silencio de lo abstracto, presentada en 2021 en Mifa Gallery de Miami, confirmó que seguía siendo un artista dispuesto a sorprender.
En esas obras el color, la luz y las formas geométricas sustituyeron la representación fiel de los objetos. Sus pinturas invitaban al espectador a descubrir sensaciones, paisajes y emociones sin necesidad de describirlos literalmente.
Arnulfo Luna estudió pintura y grabado en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, donde tuvo como maestros a Enrique Grau y Cecilia Porras. Más adelante cursó Arquitectura en la Universidad del Atlántico y obtuvo una Beca Nacional de Bellas Artes para Europa, que le permitió estudiar grabado en el reconocido Atelier 17, de S. W. Hayter, en París.
Su paso por Europa amplió definitivamente su horizonte artístico. Recorrer museos como el Louvre, el Prado y el Británico fortaleció su formación y transformó su manera de entender la pintura. Él mismo reconocía que aquella experiencia marcó un antes y un después en su carrera.


En 1978 vivió otro momento decisivo cuando, con el apoyo de Fernando Botero, expuso 18 obras en la Galería Aberbach Fine Art de Londres. La exposición fue un éxito y consolidó la proyección internacional de su trabajo.
Aunque sus primeras obras privilegiaron la figura humana, con el tiempo encontró en los vehículos antiguos y en los objetos desgastados un sello inconfundible. Los buses de palitos, las chivas y los camiones destartalados dejaron de ser simples medios de transporte para convertirse en símbolos del paso del tiempo y de la identidad del Caribe.
Quienes lo conocieron recuerdan a un artista disciplinado, inquieto y siempre dispuesto a experimentar. Nunca dejó de pintar ni de aprender. Su evolución hacia la abstracción fue la consecuencia natural de una curiosidad que nunca se agotó.
A lo largo de su trayectoria recibió importantes reconocimientos, entre ellos el primer premio en el Salón de Artistas Costeños (1964), una mención honorífica en el Salón Icetex de Barranquilla (1973), un premio en el XXV Salón Nacional Zona Norte (1975) y una mención honorífica en la V Bienal de Grabado de San Juan, Puerto Rico (1981). También participó en las Bienales de Arte de Florencia de 2001 y 2007.
Más allá de los premios y las exposiciones, Arnulfo Luna deja el ejemplo de un creador que entendió el arte como un ejercicio permanente de libertad. Nunca dejó de buscar, de arriesgar y de reinventarse.
Hoy su obra permanece como testimonio de una vida dedicada a la pintura y a la creación. En cada lienzo seguirá viva la mirada de un artista que encontró belleza tanto en la memoria de un viejo camión como en el misterio de una forma abstracta.






