Las dos caras de este sentimiento
-Cuando el corazón dice “sí” y la razón dice “no”-
«Es tan corto el amor y es tan largo el olvido»: Pablo Neruda
«Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio; contigo, porque me matas, y sin ti, porque me muero», copla popular española
Por Roque Herrera Michel
Psicólogo
A veces los seres humanos nos preguntamos por qué en las relaciones amorosas más cercanas los momentos efusivos de intenso amor y cercanía en algunas ocasiones son seguidos por sensaciones de hastío, deseos de tomar distancia y de mantener la propia independencia
Esta inquietud se podría explicar en el hecho de que el sentimiento sublime del amor no escapa a los estados de ánimo cambiantes que experimentamos los seres humanos. Lo que puede generar cierta preocupación es la perdurabilidad en nuestros diálogos interiores de esas dudas, reproches y otros sentimientos contradictorios y confusos respecto a nuestra pareja.
Hay que reconocer que el amor no es un sentimiento perfecto ni lineal, sino una experiencia humana en la que pueden convivir emociones aparentemente opuestas: amar y dudar, acercarse y alejarse, confiar y temer, quedarse y querer partir.
El compositor español Manuel Alejandro describe claramente este tipo de relación “tierna y violenta” a la vez en una de sus canciones más icónicas “Quisiera morir contigo”, cantada por Rocío Jurado: “Quisiera morir contigo/ el día que estemos locos de amor. / Quisiera morir contigo/y así no volver a odiarnos los dos/… En el momento preciso/ que estemos sintiendo dicha y dolor… ¡¡¡Gritando de amor, gritando… quisiera morir contigo!!!”
Es por eso que la ambivalencia amorosa es definida como la convivencia simultánea que suele darse entre el afecto profundo y deseo de cercanía a la pareja con el miedo al compromiso o el desacuerdo con algunos aspectos de la relación o la personalidad de esta.
Precisamente esa coexistencia de emociones opuestas es lo que caracteriza la llamada “ambivalencia amorosa” la cual desglosaremos a continuación.
TODO AMOR TIENE SU DOSIS DE DOLOR
Para comprender el sentido de este subtítulo, permítanme contar una anécdota personal. Hace algunos años mi padre Víctor aceptó una invitación que le hicimos mi esposa Nidia y yo a almorzar a nuestra casa en una linda tarde decembrina.
Ya felices instalados en el patio, debajo de un frondoso árbol de mango y del cielo azul, nos disponíamos a almorzar sentados a la mesa, cuando inesperadamente un pajarito inoportuno evacuó su “gracia” (caca) la cual, gracias a Dios, cayó a un lado del exquisito plato que degustaba mi padre. Él levantó la cabeza y de una manera sabia nos expresó: “Fíjense, hijos… El placer siempre está asociado al dolor. No existe felicidad completa. Ni la busquen. Todo lo que tú amas tiene su dosis de dolor… tu pareja, tus hijos, tus familiares, tu trabajo…”.
Esto nos enseña que el sentimiento del amor tampoco puede desligarse de las sensaciones de displacer. El amor no es una experiencia exclusivamente placentera. La apertura de nuestros sentimientos más profundo a otra persona hace que corramos el riesgo del miedo a la pérdida, la incertidumbre del rechazo, la frustración ante el desencuentro y el dolor inevitable que generan las diferencias. Entender el amor implica reconocer que la zozobra, la añoranza e incluso la tensión no son fallas del sentimiento, sino las dimensiones inevitables de exponer la propia fragilidad ante otro ser humano.
¿ES NORMAL TENER SENTIMIENTOS AMBIVALENTES HACIA LA PAREJA?
De entrada, hay que aclarar que experimentar transitoriamente dudas y sentimientos encontrados con relación a la pareja no significa que el amor se haya terminado o que la relación esté rota.
Refleja simplemente la complejidad inherente que trae involucrarse de manera profunda y duradera con otro ser humano en donde es posible que la ambivalencia pueda surgir como parte ocasional de la relación.
El conflicto entre amor, deseo, ausencia y dolor ha sido expresado por la literatura universal a través de diferentes épocas. Un ejemplo lo dio el escritor francés Stendhal que, en su famoso ensayo Del amor, 1822, dividía ese sentimiento en 3 etapas: atracción, posesión y recuerdo.
El psiquiatra suizo Eugen Bleuler fue quien introdujo el término ambivalencia a comienzos del siglo XX. La definió como la coexistencia de tendencias o sentimientos opuestos hacia un mismo objeto, por ejemplo, amar y odiar simultáneamente a una persona.
De otro lado no olvidemos que la atracción amorosa tiene mucho de instintivo. Es por eso que el padre del psicoanálisis Sigmund Freud dividía en dos los instintos animales enquistados en nuestra carne: Eros (que nos impulsa al amor y a construir) y Tanathos (la pulsión agresiva que nos lleva a la destrucción y a la muerte).
En otras palabras, se puede considerar normal que sentimientos opuestos, especialmente amor y hostilidad, puedan coexistir en los vínculos afectivos. Sin embargo, cuando estos sentimientos no pueden integrarse generan conflictos profundos siendo más intensos los impulsos violentos a los amorosos. Es importante resaltar que en el ser humano con salud mental debe predominar el amor sobre la agresividad.
Todo lo anterior nos lleva a concluir la existencia de dos tipos de sentimientos ambivalentes en las relaciones amorosas:
1. Ambivalencia normal amorosa.
2. Ambivalencia amorosa que genera sufrimiento.
1. LA AMBIVALENCIA AMOROSA NORMAL
Se reitera la posición de que ambivalencia no significa necesariamente que exista un problema irresoluble en la relación ya que en una relación madura pueden perfectamente coexistir en forma alternada sentimientos de amor, deseo, y ternura, frustración, enojo y decepción.
Es de tener en cuenta que se puede amar profundamente la esencia de una persona y, al mismo tiempo, experimentar frustración o molestia ante ciertos comportamientos o hábitos que hacen transitoriamente difícil la convivencia.
Teniendo en cuenta lo anterior se pueden mencionar por qué en ciertas circunstancias se dan esos sentimientos ambivalentes de una manera normal:
a) Con el tiempo la relación cambia: La evolución natural del amor implica una transición desde la fascinación e idealización iniciales hacia una percepción más realista del ser amado en el que suele disminuir un tanto la pasión primera dándose cierta ambivalencia emocional. Lejos de significar el fin del afecto, esta transformación suele señalar el paso hacia una madurez afectiva sólida y consciente, sustentada en el compromiso genuino, la comprensión y el compañerismo mutuo.
Es común que a medida que la relación madura, surgen la realidad y las imperfecciones de ambos, lo que despierta matices emocionales más complejos.
b) Lucha por la propia autonomía y libertad: los seres humanos solemos transitar por estados pasajeros en donde luchamos por que la relación de pareja no nos haga perder la propia identidad, así como los gustos y el espacio personal. Son etapas en que procuramos no dejarnos absorber 100% por la personalidad de la pareja y que no nos aleje de nuestros más íntimos propósitos y anhelos. Esto hace que surjan a veces dudas entre entregarse al vínculo o proteger la propia libertad.
c) El síndrome de la opción B: En algunas ocasiones la ambivalencia afectiva se caracteriza por ocasionales e intensas dudas sobre si se está con la pareja «correcta”. La presión social generada por las expectativas irreales y el soñado anhelo por el «amor perfecto» incrementan el deseo por mantener relaciones donde todo sea armonía, lo que lleva a las personas a sentir culpa o confusión cuando experimentan transitorias emociones contradictorias hacia su pareja.
2. LA AMBIVALENCIA AMOROSA QUE GENERA SUFRIMIENTO
Son muchas las veces en que existen personas que están emocionalmente unidas a alguien, aunque la relación produzca sufrimiento. Su mente racional es consciente del daño que le produce esa relación, pero su estado de enamoramiento u otras circunstancias la hace continuar unido(a) a su tormento.
Todo lo anterior explica el que en ciertas relaciones amorosas coexistan sentimientos de amor y de agresividad. Entre las diversas causas de las modalidades de parejas ambivalentes se pueden mencionar:
a) Desencanto progresivo: Es frecuente que este tipo de ambivalencia surja pasada la primera fase de enamoramiento cuando se choca con la realidad del otro y percatarse de los sentimientos y la forma de ser real de la pareja. Descubrir que la pareja no coincide plenamente con las expectativas o la imagen idealizada que se construyó inicialmente genera un conflicto interno entre el afecto que se siente y la frustración por sus evidentes defectos o diferencias.
b) Amores que alternan ciclos: Personas que pasan por ciclos recurrentes y repetitivos de «atraer y luego distanciar» a las parejas que escogen. Estos seres inconscientemente transitan de una fase de intensa pasión para luego “enfriarse”.
c) Resentimiento acumulado por conflictos no resueltos: La falta de comunicación, las promesas incumplidas o los desacuerdos repetitivos en temas claves (finanzas, fidelidad, convivencia, proyecto de vida) hacen que el cariño genuino coexista con el enojo, la desconfianza y el desgaste emocional.
d) En ocasiones de infidelidad a uno de los miembros de la pareja se les dificulta continuar la relación después de haber sido emocionalmente herido. Pero es frecuente que sigan unidos por aspectos económicos, por los hijos, por apariencias sociales o por miedos a la reacción de la pareja. De todas formas, se puede perdonar a alguien y al mismo tiempo, conservar dudas o miedo a que vuelva a ocurrir. El afecto y seguridad construidos con esa persona (amor) se enfrentan a la ruptura intempestiva de la confianza y el respeto (rabia).
e) La “tusa” que se produce después de una ruptura: Esto ocurre cuando alguien se debate entre el dilema de olvidar a una persona mientras sigue deseando su regreso. Aquí se puede hablar de nostalgia, recuerdos, idealización y duelo amoroso. Ante una separación afectiva la persona se debate entre el dolor por la pérdida de un vínculo significativo y la frustración por la equivocación en la creación de expectativas y compromisos.
CÓMO GESTIONAR LA AMBIVALENCIA AMOROSA
Gestionar la ambivalencia afectiva requiere dejar de combatir las emociones contradictorias y aprender a procesarlas sin juzgarlas.
Cuando la ambivalencia amorosa está en los límites de lo “normal” se acepta la contradicción como un paso hacia la madurez afectiva. Cuando la ambivalencia va acompañada de sufrimiento, violencia y deterioro de la relación de pareja, ambos miembros deben revisar la situación pues suele surgir de tensiones internas o dinámicas relacionales no resueltas las cuales deben tratar de solucionar.
Entre otras recomendaciones para superar los sentimientos encontrados propios de la ambivalencia podemos citar:
1. Siempre el amor debe vencer las dudas, los recelos o la rebeldía de querer mantener la autonomía distanciándose del ser amado.
2. Dudar o sentir frustración no convierte a quien lo experimenta en una mala pareja ni anula el afecto profundo que motivó o ha hecho perdurar la unión.
3. Amar no implica sentir entusiasmo absoluto el 100% del tiempo. Es comprensible que ocasionalmente surjan sentimientos de dudas y desvalorización de la pareja, pues los estados de ánimo no siempre son los mismos en los seres humanos.
4. Evite la rumiación. Preguntarse obsesivamente ¿por qué siento esto si se supone que amo a esta persona? intensifica la ansiedad. Es más útil registrar el pensamiento y darse espacio y tiempo para analizar esos sentimientos.
5. Sentir rabia, cansancio o ganas de estar a solas no le obliga a tomar una decisión drástica a futuro sobre la continuidad de la relación. Cuando pase por un periodo de confusión “enfríese” y piense en otros asuntos para verificar si esas preocupaciones tienen peso y perduran en el tiempo.
6. La ambivalencia suele señalar un conflicto no resuelto. Pregúntese qué hay detrás de esa emoción incómoda: ¿necesita más espacio personal, mayor comunicación, o poner un límite específico?
7. La ambivalencia normal incluye dudas puntuales sobre aspectos de la convivencia o contradicciones cotidianas. Si el malestar es persistente, genera angustia o surge por diferencias irrenunciables debe dialogarse a profundidad con la pareja a fin de buscar una solución. En caso necesario es urgente recurrir a consultas psicológicas ya sea de manera individual o psicoterapia de pareja.
Para sintetizar, siempre es conveniente validar lo que siente sin reaccionar de forma impulsiva, pues la ambivalencia puede convertirse en una herramienta para mejorar la dinámica de la pareja.
Como decía el poeta Pablo Neruda “No sé si te amo o te odio, / pero sé que no puedo olvidarte”. Es pertinente por eso evaluar si esta crisis que hoy atravesamos, en que creemos que estamos dejando de amar a nuestra pareja, es un indicio de que el amor que los unió está escalando hacia una forma más madura, basada en compromiso, comprensión y compañerismo.
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