Por Loor Naissir
Hay personas que dejan edificios. Otras dejan empresas. Don Edgardo Urquijo deja algo mucho más valioso: un legado de honestidad, servicio y respeto.
Barranquilla despide a uno de los grandes referentes del sector inmobiliario, un hombre cuya vida fue ejemplo de perseverancia, visión y rectitud. Sus exequias se cumplirán este sábado, pero su historia seguirá viva en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y trabajar a su lado.
Cuando lo entrevisté para La Ola Caribe, descubrí que detrás del empresario admirado por todos había un hombre sencillo, profundamente humano, que nunca olvidó sus comienzos.
Antes de convertirse en uno de los nombres más respetados del negocio inmobiliario, don Edgardo recorría los potreros de la finca de sus padres, en Santa Catalina, Bolívar, dedicado a la compra, cría y venta de ganado. Fue su madre, doña Luz Álvarez, quien cambió el rumbo de su vida con una sugerencia tan simple como trascendental: aprovechar el tiempo libre en otra actividad.
Así nació una pequeña agencia para administrar las modestas propiedades familiares. Con un escritorio, una silla y una máquina de escribir Olivetti comprados a crédito, comenzó una historia empresarial que nadie imaginaba. Él mismo confesaba que se fue enamorando del negocio «como si estuviera cursando una carrera universitaria».
También conoció el fracaso. Una vez incursionó en la cría de pollos y, cuando esperaba recoger al día siguiente el fruto de su esfuerzo, encontró que todos habían muerto a causa de una peste. Aquella experiencia habría desanimado a muchos. A él no. Se levantó una vez más, convencido de que los tropiezos no son el final del camino, sino una oportunidad para comenzar de nuevo.
Esa fortaleza, decía, la había heredado de su padre santandereano, Juan Manuel Urquijo, mientras que de su madre aprendió la inteligencia para enfrentar las dificultades sin perder la serenidad.
En el sector inmobiliario entendió que administrar propiedades era, sobre todo, administrar confianza. Aprendió a escuchar a propietarios e inquilinos, a conciliar diferencias, a encontrar soluciones justas y a hacer del buen servicio una filosofía de vida.
Cuando la crisis económica de finales de los años noventa golpeó con fuerza al país y muchas empresas sucumbieron, él volvió a demostrar su capacidad de ver oportunidades donde otros solo encontraban incertidumbre. Inspirado en un modelo exitoso de Bucaramanga, convocó a varios colegas y dio vida a Aliados Inmobiliarios, una unión empresarial que marcó un antes y un después en el sector y que terminó convirtiéndose en una de las firmas de mayor prestigio en Barranquilla.
Pero quienes lo conocieron saben que sus mayores virtudes no estaban únicamente en su visión para los negocios.
Era un hombre de hábitos sencillos. No fumaba, no bebía, no trasnochaba. Llegaba impecablemente vestido a la oficina y saludaba personalmente a cada empleado, porque los consideraba parte de su familia. Su palabra era inquebrantable. Quienes hacían negocios con él sabían que un compromiso suyo valía tanto como un contrato firmado. Cuando decía «no», era no; cuando daba su palabra, no hacía falta pedirle más garantías.
Su mayor orgullo no fueron los reconocimientos que recibió como decano de los inmobiliarios, miembro honorario y expresidente de la Lonja de Propiedad Raíz, ni su participación en Fedelonjas. Su verdadera riqueza estaba en su familia.
Sus ojos brillaban al hablar de sus hijos, de sus nietos y de sus bisnietos. Y se humedecían cuando recordaba a Sebastián Cabello, el nieto que partió demasiado pronto y cuyo retrato ocupaba un lugar especial sobre su escritorio y en la pared de su oficina. Aquellas fotografías revelaban al hombre sensible que existía detrás del empresario exitoso.
Don Edgardo Urquijo pertenecía a una generación de empresarios que entendía que el prestigio no se compra ni se hereda: se construye día a día, con trabajo, disciplina y una conducta intachable.
Barranquilla pierde hoy a uno de sus grandes líderes empresariales, pero también despide a un verdadero caballero. De esos que saludaban con una sonrisa, escuchaban con respeto, cumplían su palabra y enseñaban, con el ejemplo, que el éxito solo tiene sentido cuando está acompañado de la integridad.
Se marcha el visionario que transformó una pequeña oficina en un referente del sector inmobiliario. Se despide el dirigente que hizo de la conciliación un estilo de vida. Pero, sobre todo, parte un hombre bueno.
Porque más allá de los cargos, de las empresas y de los reconocimientos, don Edgardo Urquijo será recordado como lo definí al terminar aquella entrevista y como hoy, con más convicción que nunca, vuelve a describirlo su legado:
Un gran señor. Un auténtico gentleman. Un caballero a carta cabal.

Bella historia!