La undécima en el alma… cuando el frío de los Alpes se derrite ante el fuego del Caribe.
“¡Junior… tu Papá!”…
Por Jorge García Taboada
Escritor y poeta
Desde la soledad de esta latitud, pero más unido que nunca a mi gente, he escrito este relato sobre lo que significó la undécima estrella para este barranquillero ausente. Un aguinaldo anticipado que comparto con ustedes, mis amigos y familia, porque, aunque esté lejos, mi corazón sigue batiendo el ritmo de la brisa de diciembre y el sabor de nuestra Arenosa. “¡Disfrútenla!”
No se imaginan la arquitectura de sentimientos encontrados que hoy sostiene mi corazón. He cruzado El Atlántico, desafiando la curvatura del mundo para ver el milagro de la vida en los ojos de mi nieta Emilia, aquí en Italia. Pero al hacerlo, dejé anclada a miles de kilómetros a mi amada Barranquilla, esa vieja novia que nunca se olvida y que siempre me espera con la brisa abierta.
Hoy, mientras el frío europeo intentaba filtrarse por mis poros como una aguja de hielo, calando mis huesos, pero con la pasión hirviendo, me senté frente a la pantalla para cumplir una cita con el destino. Mi Junior, el equipo rojiblanco de mis amores, buscaba su estrella número once. Eran las dos de la madrugada; una hora en la que solo los locos y los poetas están despiertos. Pensé que la soledad sería mi única compañera en este trasnocho, pero la tecnología, ese hilo invisible de la modernidad, obró el prodigio: mis hijos, dispersos por los mapas de Italia, Canadá, Estados Unidos y Suecia, aparecieron en la pantalla. Éramos un solo corazón palpitando en cuatro latitudes distintas, unidos por un cordón umbilical de fibra óptica y pasión futbolera.
En un rincón de la imagen veía el fragor del partido en Ibagué, y en los otros, los rostros de mi estirpe. Fue un momento eterno, donde los pliegues más recónditos de mi alma se abrieron para dar paso a un torrente de felicidad compartida, esa que sabe a angustia y a gloria al mismo tiempo.
Mientras tanto, allá en mi tierra, sabía que el mundo se estaba transformando. Podía sentir desde esta distancia cómo el Gran Malecón se convertía en un río de gente y júbilo, una arteria de luz donde la brisa loca de diciembre soplaba con la fuerza de mil gargantas. Imaginaba los fuegos artificiales rasgando el terciopelo de la noche, compitiendo en brillo con la luna sobre el río, esa cómplice morenita que baja a besar las aguas para homenajear nuestra nueva estrella. Sentí que la estrella 11 no solo cayó en el escudo, sino que iluminó toda mi distancia. Veía en mi mente la Ventana al Mundo, erguida como un faro de mil colores, y el Árbol de Navidad más grande que mis ojos han soñado, cuyas luces parecían encenderse una a una con cada latido de la hinchada. La Aleta del Tiburón, firme y orgullosa, cortaba el viento caribe como si supiera que el mar entero celebraba con nosotros.
Y entonces, el Junior -nuestro Junior del alma- nos entregó el regalo más luminoso. Esa estrella número once no se posó simplemente sobre el escudo; se tatuó con tinta indeleble y fuego en mi pecho. En este silencio de madrugada italiana, la memoria de mi padre se hizo presente, sentada a mi lado. Él fue el arquitecto de este amor, el que me llevó de la mano tantas veces al viejo Romelio para enseñarme que el sufrimiento y la alegría tienen los mismos colores. A él le debo esta pasión que no se apaga, este cordón de plata que me une a “La Arenosa”, esa tierra donde la brisa caribe nos arropa con manos de madre.
Hoy declaro que estas Navidades y el año que se asoma en el horizonte serán a otro precio; tendrán el valor del oro y el brillo de lo eterno. He recibido el regalo más grande que el Junior puede otorgarle a un barranquillero: la certeza de que la distancia es un mito cuando se lleva el escudo en la sangre.
Me sobran motivos para ser feliz: mis amigos del alma, que no me soltaron la mano a pesar de la distancia, mantuvieron mi celular encendido con un flujo constante de sentimientos, impidiendo que la soledad de la madrugada italiana me alcanzara. Gracias a ellos, sentí el calor de hogar en cada rincón de Barranquilla; escuché en los latidos de mi propio pecho las melodías que escoltan la pasión tiburona, el retumbar de las tamboras y el lamento alegre de la flauta e´millo que, entre pregones y pitos, anuncian que el Carnaval de mi Curramba se ha encendido antes de tiempo.
Aunque hoy mis pasos recorran estas latitudes lejanas tras cruzar el Atlántico, cada día que pase será más hermoso, porque camino iluminado por la undécima estrella que ahora guía mi destino y el de mi pequeña nieta Emilia. Sé que pronto llegará el día del regreso, ese momento bendito en que volveré a untarme del sabor único de mi tierra, a respirar ese aire que es mezcla de salitre y fiesta, y a sumergirme en la esencia pura que nos hace ser quienes somos.
Los colores de mi Junior renacen en mi corazón con una fuerza nueva. No importa donde esté: mi alma siempre será un pedazo de Barranquilla vibrando bajo el sol del Caribe. ¡Porque este diciembre, el cielo se pintó de rojiblanco para mí!.
“¡A Junior tienes que matarlo!”… y esta vez, tampoco pudieron.
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