El ex notario Jaime Horta, abogado, periodista y escritor, acaba de publicar en redes sociales el texto de su libro ‘Jinger come flores’.
Se trata de una comunicación íntima con Jinger, su mascota, cuyas ocurrencias el autor encontraba siempre divertidas, por no decir inteligentes.
Lo que la diferenciaba de otras era que comía flores y, según Jaime, aprendió muchas palabras, más allá de las que reconoce toda mascota.
Siempre que llegaba a casa podía llevar sus juguetes uno por uno, distinguiéndolos.
Si se equivocaba lo miraba y se quedaba pensando hasta que hallaba la respuesta. Iba y lo traía. Jinger quería ser la líder de la manada, incluso delante de un pastor alemán, un labrador o un bóxer, dice su escritor.
La Ola Caribe transcribe los primeros capítulos de este cautivador y ameno libro que destaca el amor por los perros, que cuando llegan a una familia, se integran para formar parte de ésta.
Jaime también está concentrado escribiendo la segunda edición de Collages, en el que va a incluir su proceso doloroso:
“Cuento de horror.
Al despertar de la cirugía, después de un sueño inducido, encontró al médico de cabecera con el esófago en la mano”.
Jinger
come flores
Para todos los que tienen a cargo personitas cualquiera que sea la edad, sexo, estirpe, condición, especie o nacionalidad.
Jinger se ha vuelto indispensable. Desde su llegada a nuestra casa nada volvió a ser igual. Todo tiene que ver con ella. La televisión se volvió un espectáculo adicional por su cuenta. Seguro piensa -como yo- que el televisor es una ventana por donde entran fantasmas que deambulan por la casa.
Jinger tiene su personal temperamento. Le gusta la televisión y sigue los programas de naturaleza, pero no soporta en su cuarto los grandes mamíferos, ni los felinos, ni los perros. Odia a las hienas y las persigue por toda la habitación. A veces incluso los busca al otro lado de la pared.
Tampoco le agradan los uniformes ni las escenas de guerra. En general les rumora cosas a los que aparecen armados en la pantalla chica, así sea con un bate en la temporada de béisbol. En síntesis, tiene criterio:
no le gustan la violencia ni algunas propagandas. En cambio, adora a los niños. Les mueve la cadera como un molinete.
Jinger es la atracción de los niños del parque. Una de las primeras palabras que aprendió fue parque, antes que vamos, y lo cuida con pasión desde la ventana. También existe otra razón poderosa: Jinger come flores. Todas las mañanas devora un puñado de multicolores del jardín. Es un espectáculo cuando alcanza los pétalos ella misma. Parece embriagarse con el licor que le roba al colibrí de la cuadra.
Por la mañana el parque se convierte en un centro de estudios. Los perritos como los niños tienen derecho a estudiar. Debe ser obligatorio. En el universo de estas personitas un par de meses de entrenamiento es como graduarse de bachillerato. La universidad de Jinger es el parque. Ahí ha aprendido mucho de los perritos y,claro, de las personas. También sabe que divertirse es fácil y barato y que estudiar puede ser divertido si uno quiere.
Nos advirtieron que era un poco nerviosita pero no parecía muy diferente a las demás.
Solo que no era nerviosita sino hiperactiva.
Olief, el amiguito noruego del barrio, no dudó preguntarme en la primera visita: “¿Siempre es así de energética?”. Siempre.
Cambió de tema y murmuró: “Tiene unos ojos grandotes”. La verdad es que está en la boca de todo el mundo. El otro día llamó por el celular Rocío, mi sobrina de seis años, desde la represa de Betania, cerca de Neiva, para preguntarme si a Jinger todavía le gustaba jugar. Solamente atiné a contestarle que no había madurado. “Qué bueno”, celebró la niña.
Jinger es una manipuladora que me recuerda a los periodistas: amenaza con comer periódico si no le dan lo que quiere.
Rasga el diario y me encara. Cualquier día no se lo cambié por un pedazo de pan y se comió el papel delante de mí. La diferencia es que algunos periodistas se lo hacen comer a los demás.
Vino tan débil y desprotegida que el mismo día corrimos a comprarle un abrigo y se lo pusimos en el propio almacén. Era una hermosa chaqueta roja, con tres botones al frente y le quedó al cuerpo, como dicen las señoras. Era chistoso verla caminar muy tiesa, luciendo su vestido. Muy pronto le quedó pequeño, pero entonces no hubo forma de liberarla. Debimos acudir a la más refinada técnica quirúrgica. Tijera en mano la abrimos por la espalda. La había definido tanto que el robot siguió caminando todo el día, como si portara una armadura invisible.
Claro que no faltan las controversias. A pesar de su corta edad ha protagonizado varias discusiones. En este país donde se raja de todo el mundo, pero no se le sostiene a nadie, la primera polémica fue por el nombre.
Cuando Alexandra, la niña de los por qué, supo que habíamos adoptado una oriental se apenó porque la bautizamos Jinger.
¿Jinger? “Porque es china”, le dijimos. La cosa quedó de ese tamaño. “Además, si es china debe llevar alguna consonancia con sus ancestros, así sea el fonema “jing”, repicamos. No respondió nada, pero después comentó a muchos amigos por la Internet que no le parecía nombre adecuado para una niña. Los mensajes llegaron hasta a la Casa Blanca. El presidente de Estados Unidos quería intervenir. Le comenté al escritor Fernando Vallejo y me prometió
desde México que en su próximo libro le pegaría una vaciada. “Está bien –aprobé en voz baja-, con tal de que no se meta con el Papa”.
De todas maneras, Bibi, mi cuñada, reviró en San Francisco, desde una baranda del Golden Gate: ¿Cómo así que Jinger? Si es por jengibre, en inglés se escribe con “g” y deletreó g-i-n-g-e-r. Tenía razón, pero es que jengibre se escribe con “j” y estamos en Colombia. Además, tiene ritmo. Parece música. Suena como una campana. La arquitectura es precisa para el correo electrónico. Además, incluye una especie de flores exóticas rojas, blancas y combinadas. ¿Qué Jinger come flores tal llamarse Jengibre? No puede perjudicarse a nadie con ese nombre. Del resto, las únicas peleas serias han sido con las gemelas Lorenza y Salomé de esa selva vertical que es el edificio de apartamentos en que vivimos. Nadie ha salido lesionado. Jinger descarga sus iras con el puerco espín de caucho.
Jinger es genial. Me encanta su alegría permanente. Su amor a la libertad. Su rechazo a la violencia. Alguien podrá pensar cómo ponderamos a nuestros niños. Tal vez deba decir de una vez que Jinger es una perrita pug y que al mirarla a los ojos no puedo imaginarme por qué algunos dicen que los animales no tienen alma.
Jinger adora los paseos
Jinger es muchísimo más que ocho kilos de carne de perro. Es una amiga peluda con un tamaño suficiente para hacernos creer que tenemos perrito en el apartamento. Entre sus gustos favoritos le encanta pasear.
Cuando le pusimos el primer collar, el equivalente perruno de esa práctica bárbara de perforarle las orejas a las niñas, duró dos semanas caminando en tres patas: con la otra intentaba zafarse el collar por todos los medios. Y eso que era de tela, con dibujitos de colores y hasta un hueso bordado. No lo soportaba. De alguna forma se sentía encadenada. Hoy defiende su collar e incluso la cuerda con que salimos al parque porque la asocia a paseo. Jinger adora los paseos. Es más divertido que gastar esas calorías de más en un gimnasio.
La primera salida al parque la hacemos a las 6 y 30 de la mañana. Para algunos puede ser una tortura – ¿levantarse a las 6:00 de la madrugada? – pero para nosotros es un rito sagrado. A esa hora todavía está amaneciendo, pueden observarse los pájaros en los árboles, todavía el sol no se ha encendido completamente y el aire es fresco hasta en verano o en tierra caliente.
El día más emocionante es el domingo cuando coincide con sus amigos en La Quebrada de la Calle 71 que domina el parque (la historia de la quebrada también es la historia del agua, del río y del mar).
Si la dejaran escoger, los que más le gustan son los paseos que llevan a la panadería.
Eso sí, de regreso, con un pan atravesado como una flauta, no mira a nadie, pone su ritmo y nos trae directo a la casa. Nada la detiene. No corretea a las palomas ni a los copetones, no mira a nadie. No le ladra ni revisa a los otros perritos. Para evitar un altercado cambia de acera. No se cansa. Nosotros tenemos que parar a revisar nuestras palpitaciones.
Todo paseo es una delicia, pero, claro, los inolvidables son fuera de la ciudad. Al principio no le gustaba mucho andar en automóvil (la primera vez se mareó y arruinó los cojines del coche). Ahora nadie la quita de la ventana, una manito afuera, las orejas despeinadas hacia atrás como un par de banderines, los ojos nocturnos entrecerrados y la melena agitada por el viento. No se cambia por nadie. Jinger tiene una tía en San Francisco, pero sus mejores paseos hasta ahora han sido a Neiva y a Barranquilla. A Neiva en coche y a Barranquilla en avión. El viaje a Neiva no fue muy amable al principio. Se mareó y el asiento quedó convertido en un desastre, a pesar de que sabe viajar, no come mucho antes de subirse al carro, no pregunta por el baño en todas las paradas y jamás le pasaría por la cabeza hacerse dentro del automóvil. Ese día era el primero y de todas maneras fue un accidente.
Jinger no es que quiera mucho la tierra caliente. De hecho, su largo pelo es como una gabardina bastante abrigada. Tal vez le agradaría más con piscina y aire acondicionado, Pero al día siguiente había desarrollado el sentido de manada, corría por los matorrales, alebrestaba al rottweiler de la finca y al medio día estaba nadando en la represa de Betania un poco a la fuerza porque el tío Isaías la echó al agua.
El proceso de aprendizaje no fue pacífico, pero descubrió con un poco de susto que nunca había practicado, pero era una gran nadadora. El problema en tierra caliente es que casi no le da hambre, pero tiene que comer. El hijo de uno de los trabajadores preguntó si tenían que cuchariarla y se ofreció de primero.
En todo caso siempre está lista para jugar con los niños. Sobre todo, le gusta el juego de pelota. Se divierte, aunque no entiende por qué no se la pasan. Cada vez que los niños lanzan el balón ella hace lo posible por cogerlo primero y luego los niños la persiguen para quitárselo. Ese juego le encanta. Cuando el balón pasa la cerca o cae muy lejos ella siempre es la voluntaria para recogerlo. La segunda parte es la mejor: otra vez los niños la persiguen para quitárselo. Su alegría es evidente. Jinger se ríe.
Cuando los niños parecen cansarse del juego entonces se devuelve y los invita a que le quiten su pelota. Una vez los niños salieron calladitos. No la invitaron. No le importó. No protestó y cuando se dio cuenta los alcanzó camino a la cancha.
El viaje a Barranquilla fue más traumático. Aunque nos acompañó a la compra del guacal, jamás se imaginó que era para ella.
¡Era una jaula! No valían argumentos. Ni la seguridad, ni que iba en la misma cabina presurizada, pero en el primer piso. Batalló para que no la metiera en el guacal, se aferraba a mis piernas con sus manitas felinas, sí, felinas. Cuando ya se vio perdida quedó temblando de susto. Solo de vez en cuando levantaba sus grandes ojos para preguntarnos o reprocharnos. A la hora estábamos en Barranquilla y en la misma cinta rodante por donde bajan los equipajes, dentro del guacal, venía Jinger moviendo la cola. La alegría era indescriptible, como únicamente pueden expresarla los perritos.
Lo que más disfrutó fue el viaje al mar. Mirándolo de cerquita no es intimidante.
Durante un rato jugaron a correr y no mojarse los pies. Se acercaba y el mar se alejaba; cuando lo alcanzaba, el mar se devolvía y, si se descuidaba, quería sorprenderla.
Era un juego. El mar nunca se estaba quieto y ella también lo disfrutaba. Jinger cree que todo es juego. La alegría es parte de su sentido del éxito.


