Por Jorge García Taboada
Poeta y escritor
La historia de la humanidad no se ha escrito con tinta, sino con las huellas de los pies sobre el barro, la arena y la espuma. Tras cerrar las páginas de ‘Sin retorno’, la obra de la ilustre Comunicadora social y Periodista Loor Naissir, he comprendido que migrar no es solo cruzar una frontera física; es un acto de alquimia donde el alma se divide para poder habitar dos mundos a la vez.
Leer este libro ha sido, para mí, cómo encontrar un espejo enterrado en el lecho del río. En el relato de sus ancestros, que cruzaron océanos desde el Medio Oriente dejando atrás el crepúsculo de mundos antiguos y la rigidez de fronteras inciertas para buscar la luz del Caribe, he visto el reflejo de mi propia estirpe. Mi sangre es un delta donde convergen cauces profundos: la hidalguía de la Casa de Castilla y Aragón -que trajo consigo el hierro y la cruz- y la fuerza del pueblo Vazco, quienes cruzaron el Atlántico para fundirse con el susurro milenario de los Zenúes, que tejieron su destino entre los meandros del Brazo de Loba, allá en el corazón de la Depresión Momposina.
Incluso la unión de mis padres parece dictada por un destino circular y sagrado; unidos por una consanguinidad estrecha y profunda, ambos recorrieron sus propios caminos migratorios hacia Barranquilla, la ciudad que con su generosidad habitual nos enseñó que se puede ser de todas partes y de una sola a la vez.
El vuelo de las golondrinas
y el polvo de las mariposas
Siento que este sentimiento sobre las migraciones me atrapa como un enjambre de golondrinas y remolinos de mariposas amarillas, las mismas que anunciaban llegadas imposibles a Macondo -que no conocen de mapas, sino de instintos- ,dándole una bienvenida eterna a esos migrantes que, como la familia de Loor, que llegaron cargados de nostalgias pero también de una voluntad inquebrantable para sembrar esperanza en nuestra tierra.
Un legado de resiliencia
Es el aroma del café mezclado con el azahar, es el intercambio de especias por sueños. El ‘Sin retorno’ de los ancestros de Loor no fue una pérdida, sino una siembra. El valor agregado que nos han dejado en un legado perenne: una carga invaluable de cultura, resiliencia y principios que hoy son el cimiento de nuestra sociedad. Esas manos que llegaron del Medio Oriente no solo trajeron recuerdos; trajeron la arquitectura de la familia, el respeto por la palabra y la esperanza de un porvenir que hoy nosotros habitamos.
A partir de esta lectura, mi visión sobre la migración ha dejado de ser un dato estadístico para convertirse en el latido mismo de nuestra historia. Agradezco a Loor por recordarnos que, aunque las naves se quemen y no haya retorno físico, el viaje continua en cada hijo, en cada nieto y en cada sueño que logremos cumplir en este, nuestro Macondo eterno.
Sus ancestros no solo llegaron; ellos ayudaron a escribir la historia de nuestra tierra…y ¡de qué manera!
