Por: Sheyla Stefanell
Al cruzar la puerta de su casa, se comienza a sentir una sensación de tranquilidad y paz. Te encuentras de cara a una mini biblioteca, se observan objetos de colores sobrios y una luz suave que se cuela por los ventanales.
Así es el hogar de Angélica Santamaría, una mujer que ha aprendido a habitar varios mundos al mismo tiempo. Vestida de blanco y sosteniendo entre sus manos un ejemplar de No traigas poemas a esta fiesta, la escritora cartagenera parecía encarnar aquello que ha perseguido desde niña, convertir la vida cotidiana en materia poética.
Durante décadas, la poesía la acompañó en silencio. Entre el ejercicio profesional, la crianza de sus tres hijos, la vida familiar y sus estudios de Derecho y Psicología, los versos fueron apareciendo en cuadernos, servilletas, hojas sueltas y apuntes dispersos.
Hoy, a sus 52 años, la escritora decidió reunir parte de ese recorrido en su segundo libro de poemas, presentado recientemente en La Cueva, en Barranquilla.
La autora se define antes que todo como una mujer profundamente ligada al Caribe. Nació en Cartagena, tiene raíces sabaneras en Sucre y ha vivido entre distintos territorios de la región que han moldeado su identidad.
“Soy alma caribe al 100 %”, afirmó con sentimiento, pues esta es una definición que describe a la perfección su vida y su escritura.
Aunque creció en un hogar donde los libros no abundaban, la literatura llegó a ella de forma inesperada. Su padre era ingeniero mecánico de barcos y las estanterías familiares estaban llenas de herramientas más que de novelas o enciclopedias.
Sin embargo, cuando tenía entre siete y ocho años, encontró un pequeño libro rojo que cambiaría su relación con las palabras. Era una antología de poemas. Allí leyó por primera vez versos de Gustavo Adolfo Bécquer, una experiencia que recuerda como un punto de quiebre.
“Hubo desde ahí un antes y un después en mi vida luego de leer eso. Desde entonces comencé a escribir cuentos, canciones y textos para el colegio. La poesía se convirtió en una compañía permanente, incluso cuando la vida me llevó por otros caminos profesionales.
Al terminar el bachillerato, Santamaría soñaba con estudiar Filosofía y Letras o Artes Plásticas. Sin embargo, las circunstancias de la época la llevaron a elegir Derecho en la Universidad del Rosario, una carrera que también encontró cercana al lenguaje, al pensamiento y a la comprensión del comportamiento humano. Años después cumplió otro de sus deseos al graduarse como psicóloga.
La vida es poesía
Para Santamaría, la escritura nunca ha sido una actividad separada de la cotidianidad. Por el contrario, ha convivido con cada una de las facetas de su existencia. “Mi prioridad es vivir”, dijo. Por eso sus poemas nacen en cualquier escenario, puede ser durante una conversación, en medio de una celebración o incluso mientras disfruta del Carnaval de Barranquilla junto a su esposo barranquillero.
“La poesía aparece sin previo aviso en mi vida. De hecho, muchas veces anoto los primeros versos en cualquier papel disponible para no perder la idea. Mi primer poemario, El museo de los relojes, que publiqué en el 2015, recoge reflexiones sobre la vida, la muerte, el arraigo y el duelo. Algunos textos están marcados por la pérdida de mi padre, quien falleció cuando tenía 17 años”, contó.
Para Santamaría, el Caribe está atravesado por una sensibilidad particular que se expresa en la música, la gastronomía, la pintura y las relaciones humanas. Por eso no duda en afirmar que el Caribe es, en sí mismo, una forma de poesía.
“Siempre diré que soy Caribe, y el Caribe es poesía. El pueblo vive en mí”.
Tomado de El Heraldo

