Presidente de la Sociedad de Autores y Compositores, SAYCO
Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez
En el sur de La Guajira, donde la brisa que desciende desde la serranía trae consigo murmullos sensibles, se levanta La Jagua del Pilar. Ese soplo constante no pasa inadvertido: en manos de los compositores se convierte en melodía y, al agregarle letras sentidas, se transforma en canciones tejidas con historias, vivencias y emociones profundas. Allí el tiempo no tiene apuro; permanece como un viejo amigo conversando en las esquinas, se refugia bajo la sombra de un jagüito y se acerca a la orilla del río Marquesote, donde el golpeteo del agua contra las piedras narra su propia historia, como un canto sereno que deja escapar susurros y cadencias que envuelven y dan vida al entorno.

Hubo un tiempo en que este pueblo fue apenas piedras y silencio. Pero la fe puesta en la Virgen del Pilar, su patrona, y el carácter de su gente le enseñaron a levantarse con dignidad. Así recibió el nombre que hoy lo distingue; sin embargo, su verdadera identidad proviene del temple de quienes hicieron del sentir una forma de vida. Cada casa resguarda una memoria viva, y cada tarde deja suspendido en el ambiente el rastro de una parranda que se resiste a desvanecerse. No es tierra de bullicio ni de afanes; es un lugar donde la palabra adquiere valor porque nace del alma, y donde el recuerdo es presencia que se honra como parte esencial de la existencia. No es fortuito que en esta tierra hayan florecido compositores capaces de cantarle a la vida sin artificios, con una verdad serena que baja desde la serranía, trayendo consigo ecos lejanos de melodías y cantos; es la memoria de su gente abriéndose paso, mostrando que la grandeza de este territorio está en lo que ha sabido sentir, vivir y sostener con el tiempo. Porque en este rincón del sur guajiro, la vida no se mide en años, resplandece en los versos.
En ese paisaje que suscita emociones profundas, en el hogar de Manuel Enrique Manjarrez y Sabina Mendoza, el 24 de mayo de 1962 nació Rafael Manjarrez, un nombre que se volvería sinónimo de poesía y música vallenata, oscilando entre el rigor de las leyes y la libertad del verso, que compone desde los 12 años, memorizándolos con paciencia pues no contaba con grabadora que preservara su creación.
Abogado, guitarrista, cantor y narrador de historias, Rafa —como lo llaman con cercanía— es de esos hombres que desbordan cualquier definición. Se graduó como abogado en la Universidad Libre de Barranquilla y realizó especializaciones en Derecho del Trabajo en la U. Nacional y en Derecho Administrativo en la U. Sergio Arboleda, donde también obtuvo su Magíster en Derecho. En Telecaribe fue presentador de Estelares del Vallenato y Estrellas Vallenatas, Notario Segundo de Riohacha y desde 2008 Notario Primero de Santa Marta, y preside la Sociedad de Autores y Compositores, SAYCO.
Su obra musical se nutre de las vertientes romántica y costumbrista del vallenato, con un amplio repertorio interpretado por las voces más representativas del género, destacándose: Señora, Dilema de Mi Vida, Provincianita, Benditos Versos, Cuando Decidas, Bendito Diciembre, Ausencia sentimental, Desenlace, Simulación, Canciones lindas, Decisión, Bendita duda, Aquel amor, Cien días de Bohemia, Cesantía de amor, entre más de trescientas obras grabadas.
En 1982, Simulación, interpretada por Diomedes Díaz, marcó un punto de inflexión que proyectó su nombre hacia los escenarios más importantes del vallenato. Es una obra que surge de una vivencia íntima, donde Rafael entrelaza la intensidad de la emoción guajira con recuerdos de su juventud. La historia se centra en una niña de raíces guajiras nacida en Bucaramanga, y en cómo el compositor, siempre enamorado de la naturaleza que lo rodea, convierte cada paisaje en musa de inspiración. Con delicadeza y pasión, evoca un lugar que late en el corazón de su pueblo: la Vela del Marquezote, cascada emblemática que se erige como símbolo capaz de trascender lo local y preservar, en su descenso constante desde la serranía del Perijá hasta la zona de Maguiyal, la memoria del paisaje como una esperma encendida en pleno invierno. Allí, los versos exploran un sentimiento profundo de amor y decepción:
“Yo no he visto en verano la vela del Marquezote,
pero sí me entregaron amor después de mil reproches.”
Quizá ninguna obra refleja con tanta fuerza la capacidad de Rafael de transformar la experiencia íntima en patrimonio colectivo como Ausencia Sentimental. En 1977, siendo estudiante en Bogotá, permanecía lejos de Valledupar justo en los días del Festival de la Leyenda Vallenata. Un paro universitario y limitaciones económicas le impidieron volver, dejándolo aislado no solo físicamente, sino también emocionalmente. Mientras su tierra se llenaba de música, encuentros y parrandas, él volcaba su nostalgia en la escritura, dando forma a los primeros versos:
“Ya comienza el festival, vinieron a invitarme,
ya se van los provincianos que estudian conmigo…”
No eran palabras pensadas para el aplauso; eran la manera de estar presente sin estarlo, de acortar la distancia con la memoria y la emoción. Años después, en Barranquilla, Rafael transformó esos versos en canción, preservando intacta la fuerza emotiva del recuerdo. En 1986, presentada al Festival bajo seudónimo, la obra se impuso sin discusión, ganando como canción inédita, y posteriormente Silvio Brito junto a Orangel Maestre le dieron la voz definitiva, consolidándola en el corazón del pueblo. Ausencia Sentimental, himno del Festival de la Leyenda Vallenata, revive un sentimiento personal y se convierte en puente entre generaciones, territorio y memoria, en donde la distancia deja de ser ausencia y la nostalgia se vuelve presencia compartida.
Existen compositores que escriben canciones; y hay otros que, como Rafael Manjarrez, terminan escribiendo la memoria de su gente. En su obra no hay únicamente relatos: hay identidad, tiempo vivido, emociones que se sienten antes de nombrarse. Sus versos no se agotan en la música: permanecen, se repiten, se vuelven parte del lenguaje de quienes los reciben y los viven. Cada experiencia íntima, cada paisaje, cada encuentro de la infancia o juventud se transforma en creación, equilibrando siempre la realidad con destellos de imaginación. Así, cada melodía respira verdad, cada verso es reflejo de la vida, y la música se convierte en refugio del alma.
En esa conjunción de sensibilidad, memoria y hondura vital, Rafael Manjarrez se erige como intérprete del espíritu de su pueblo, un hombre capaz de convertir la distancia en belleza, la vivencia en canto y el silencio en obra colectiva que deja de ser solo suya para convertirse en patrimonio del corazón de todos los que escuchan y sienten sus versos.
Tomado de la revista La Lira
