Por Loor Naissir
José Galiano La Rosa ha vivido entre dos oficios que, aunque parezcan distintos, tienen mucho en común: la medicina y la escritura. En ambos ha buscado comprender al ser humano, aliviar sus heridas y encontrar respuestas a preguntas que nunca terminan de resolverse.
Nació en Chiriguaná, Cesar. Sus primeros años de estudios los vivió en el Instituto Caldas, donde tuvo como maestro a Juan Mejía, de quien conserva los mejores recuerdos, un maestro excepcional. La infancia fue tranquila, pero la adolescencia cambió de rumbo con la muerte de su padre, José Galiano Felice, en un accidente de tránsito. Aquella pérdida marcó su vida y también sus estudios, pues tuvo que cambiar varias veces de colegio durante el bachillerato.
Fue precisamente en esos años cuando empezó a descubrir el gusto por la lectura y, poco a poco, por la escritura. Le gustaba escribir sobre los libros que leía y dejar por escrito las reflexiones que surgían. Con el tiempo esa afición se convirtió en una disciplina. Hace más de una década publicó durante varios años la columna «Para nuestra reflexión» en el periódico El Pilón de Valledupar, un espacio donde compartía pensamientos sobre la vida y la sociedad.
Su carrera profesional estuvo dedicada principalmente a la medicina. Trabajó como médico general en distintas instituciones del país y también asumió responsabilidades en el servicio público. Se especializó en Medicina Interna en el Hospital Calderón Guardia de Costa Rica. Fue gerente del Hospital Regional de Aguachica, director regional del ICBF en el Cesar, director del IDREEC (Instituto Departamental de Rehabilitación y Educación Especial), Secretario de Salud del Cesar, Concejal en Honda y Aguachica, Diputado del Cesar y ocupó otros cargos desde los que conoció de cerca las realidades de muchas comunidades.
Pero, mientras ejercía la medicina y el servicio público, nunca dejó de escribir.
De esa constancia nacieron libros como Por los distintos senderos, Cuentos no contados, El juego del silencio y Solo el tiempo necesario. En ellos no pretende dar lecciones ni ofrecer respuestas definitivas. Prefiere invitar al lector a pensar. Sus historias hablan del alma, del silencio, de la memoria, del amor por la vida y de esos asuntos que acompañan a cualquier ser humano, sin importar el lugar donde haya nacido.
Varios de sus cuentos han sido publicados en antologías de Factor Literario, en Chile, y de Letras Negras, reconocimiento que confirma una trayectoria construida sin prisa, pero con disciplina. Su primera novela enviada a un concurso editorial recibió recientemente el certificado que acredita su participación entre las quince mejores, un paso más dentro de un camino literario que continúa creciendo.
Hoy trabaja en dos nuevos proyectos. Uno de ellos, 1970: Una historia sobre democracia y memoria, reflexiona sobre la importancia de preservar la verdad y la memoria colectiva. El otro, 25 cartas que jamás envió un enamorado de la vida, nace de una convicción muy personal: la vida siempre nos hace preguntas, incluso cuando sabe que no todas tienen respuesta.
Quienes leen a José Galiano descubren que detrás del médico y del servidor público hay un hombre profundamente curioso. Alguien que observa con atención, que valora el silencio tanto como las palabras y que sigue creyendo que escribir es una forma de comprender el mundo.

Quizá por eso sus libros no buscan impresionar. Buscan conversar con el lector. Y, en tiempos donde abundan las certezas, José Galiano sigue apostándole al valor de las preguntas, como las que les formulamos para presentarlo en esta edición:
A lo largo de Por los distintos senderos, Cuentos no contados, El juego del silencio y Solo el tiempo necesario, parece existir una búsqueda constante del ser humano. ¿Qué pregunta esencial sobre la vida siente que ha estado intentando responder a través de todos sus libros?
-El ser humano, podría resumirse en la calidad de su alma, yo en Solo El Tiempo Necesario, sostengo que el alma es un “recipiente sin paredes”, por lo tanto su contenido no se resume al continente, se esparce se “desparrama” sin fronteras; si eso es así, entonces lo que muere es el cuerpo, que sí tiene límites y, el alma en esa vida sin fronteras, puede reencontrase con aquellas que quiera o será como un inmenso lugar donde revolotean todas juntas?, me inquieta, porque me gustaría que el alma no muriera y que en esa vida sin el cofre del cuerpo pueda encontrarse solo con las personas que sean de su agrado.
Usted proviene de una herencia italiana y al mismo tiempo lleva una profunda pasión por el Caribe. ¿Cómo dialogan dentro de usted esas dos memorias: la del origen y la del territorio que lo ha abrazado?
-Por un lado, le escuche a mi papá decir varias veces, la patria no se olvida, pero uno tiene que querer y agradecer al sitio que lo recibe y lo quiere bien; eso ha hecho que lo mismo se apreciaba en mi casa un sancocho que una lasagña.
El silencio aparece en su obra no solo como ausencia de palabras, sino casi como un personaje. ¿Qué le ha enseñado el silencio que la vida y las personas no pudieron darle?
-Lo importante es entender el valor del silencio, porque en muchas ocasiones habla, el silencio puede ser reproche, aprobación, necesidad de pensar, de profundizar y reflejar emociones tanto positivas como de desprecio. El Silencio en El Juego Del Silencio tiene muchas acotaciones a lo largo de la novela en algún momento representa temor, en otros admiración y en muchos representa prudencia, por eso es verdad que el silencio por si solo habla, pero muchas veces no lo escuchamos y otras tantas no lo entendemos.
En Cuentos no contados hay una fuerza especial en aquello que permanece oculto. ¿Cree que los seres humanos estamos hechos más de lo que contamos o de lo que callamos?
-En general creo que es mucho mas lo que callamos, pero no siempre callar equivale a no decir nada.
Su próximo libro, 1970: Una historia sobre democracia y memoria, parece tocar un territorio donde la historia colectiva se vuelve íntima. ¿Qué responsabilidad siente un escritor cuando escribe sobre la memoria de una sociedad?
-La responsabilidad al escribir siempre debe ser muy grande y más cuando se habla en nombre o sobre la historia de una sociedad. Si bien es cierto aquello de “las palabras se las lleva el viento y que el papel lo resiste todo”, cuando las palabras quedan escritas están siempre sometidas al juicio del que las lee, por eso, se le da más peso al escrito y se suele decir: “lo escrito, escrito esta”, lo que se escribe debe basarse en hechos, en verdades así aguanta cualquier escrutinio
Si la democracia también depende de recordar, ¿qué cree que ocurre con un pueblo cuando pierde la capacidad de recordar su propia historia?
-Cuando un pueblo pierde la capacidad de recordar su propia historia, se ve forzado a adoptar aquella que por cualquier medio le es narrada. En dos cuentos fijo mi posición sobre ello: El secuestro de las palabras y la Historia bajo contrato. En Colombia y en general en Latinoamérica muchas palabras han sido secuestradas, torturadas al máximo grado, llevándolas a cambiar su significado: ¿Qué significa en Colombia hoy día ser “decente” ?, no tiene aquel significado que tenía antes de que un grupo muy lejano a la decencia se apropiara del término para con ese calificativo hacer una campaña política y mostrar en su comportamiento lo indecentes que ellos eran; desde entonces ser “decentes” en nuestra sociedad qué significa?
Está trabajando 25 cartas que jamás envió un enamorado de la vida. ¿A quién cree que realmente van dirigidas esas cartas: a alguien que existió, a la vida misma, o a una parte de usted que todavía sigue buscando respuestas?
-A la vida, que responsable o irresponsablemente siempre nos mantiene buscando respuesta y que aun sabiendo que algunas preguntas pueden no tener respuestas, sigue haciendo preguntas
Muchos escritores hablan del amor entre personas; sin embargo, enamorarse de la vida es algo más complejo. ¿Qué caminos, encuentros y asombros lo condujeron a convertirse en un enamorado de la vida?
-Siempre he dicho que tengo más de 150 años, lo digo porque veo personas que respiran, se mueven, hablan pero dan la sensación de estar muertas o por lo menos de estar en un estado diferente a estar vivos, no se asombran de nada, nada parece alegrarle, no parecen tener la necesidad de buscar y se conforman con solo encontrar aquello que se les atraviesa en el camino y aun así, muchas veces no ven aquello sino les estorba en el andar.
Amar a la vida misma es fácil y lo es más cuando te das cuenta su valor, su importancia, cuando has estado a punto de perderla y eso me ha sucedido en dos ocasiones como mínimo.
El Caribe suele ser visto solo como paisaje, música y color. Desde su mirada de escritor, ¿qué profundidad humana y espiritual del Caribe siente que todavía no ha sido contada suficientemente?
-Aquella que se vive en los campos, en los pueblos pequeños, en los sitios donde el hombre sería feliz con tener uno solo de los servicios que en la ciudad derrochamos, esa es una gran parte del Caribe y de ella no se habla o se lo hace muy superficialmente
Si el tiempo le permitiera sentarse hoy frente al joven José Humberto Galiano La Rosa, antes de escribir su primera página, ¿qué le diría sobre el oficio de escribir y sobre el precio de dedicar una vida a las palabras?
-Le pediría que escribiera, pero que aunque juegue con su imaginación se base siempre en hechos, verdades y que cuando baile solo con la fantasía, lo haga de tal forma que sus lectores puedan saber que eso fantástico que están leyendo va más allá de la realidad y es producto de una imaginación que nació con alas.

