Por Loor Naissir
Ana Lucía Pineda, conocida cariñosamente como Analú, es noticia nacional. Los insultos recibidos por parte de un caricaturista, que no merece siquiera que escriba su nombre, han generado una controversia que nos invita a reflexionar sobre la manera en que tratamos a las mujeres.
Como esposa del presidente de la República y primera dama de Colombia, merece respeto, como cualquier otra mujer. Es de conocimiento público que se movilizó y trabajó arduamente en la recaudación de donaciones para los damnificados por el terremoto que afectó a distintas regiones del país. Su loable labor no la hace inmune a las críticas, pero tampoco justifica que se le ataque con expresiones ofensivas.
Es legítimo cuestionar las actuaciones de una figura pública, pedir explicaciones y exigir resultados. Lo que no podemos confundir es la crítica con la humillación. Ningún cargo convierte a una persona en intocable, pero tampoco le quita su dignidad.
El problema va más allá de un caso particular. El maltrato a la mujer tiene raíces culturales profundas y se manifiesta de muchas maneras, desde la violencia intrafamiliar hasta las burlas y los comentarios que buscan avergonzarla. El respeto debe aprenderse desde la infancia. No podemos condenar el ‘bullying’ escolar y después normalizar las mismas conductas entre los adultos.
En mi ejercicio profesional he conocido mujeres en Barranquilla que han dedicado su vida a defender nuestros derechos. Recién llegada al periodismo, escuché las voces de Rafaela Vos, Acela Gutiérrez y Julia Páez, entre otras. Abordaban temas como la violencia de género, los derechos y el papel de la mujer en la sociedad. Hoy también encuentro ese compromiso en Diana Bravo, a quien le hice una entrevista sobre su interesante libro ‘Una mujer que rompe el molde’, una guía para que la feminidad sea un arma a prueba de fuego. También en Alejandra Moreno, activista, escritora y comunicadora social-periodista, quien ha trabajado durante más de 15 años en el ámbito social y ha impulsado iniciativas relacionadas con la equidad de género y la prevención de la violencia contra las mujeres.
Sin embargo, en todos estos años también he comprobado algo que me entristece: a veces, las burlas y los comentarios más hirientes contra una mujer vienen de otra mujer.
Hace poco una señora me llamó para criticar a una reina cuya fotografía había sido publicada en la revista LA OLA CARIBE digital. Me dijo que era fea y que estaba hecha con bisturí.
¡Por Dios! ¿Qué importa eso? ¿Desde cuándo la apariencia física de una mujer nos da derecho a ridiculizarla? ¿Qué ganamos al juzgarla por su rostro o por las decisiones que haya tomado sobre su cuerpo?
No podemos reclamar respeto mientras descalificamos a otras por su apariencia. La solidaridad entre mujeres no significa que tengamos que admirarnos todas, sino que seamos capaces de reconocer la dignidad de la otra, aunque no compartamos sus gustos, sus decisiones o sus ideas.
Por eso, lo ocurrido con Analú merece una reflexión. No se trata de defenderla porque sea primera dama ni de darle siempre la razón. Se trata de entender que podemos cuestionar sin insultar y disentir sin humillar.
Por Analú, por las niñas que sufren ‘bullying’ en sus colegios, por las mujeres que padecen violencia en sus hogares y por todas aquellas que han tenido que soportar palabras hirientes, vale la pena alzar la voz.
La esposa del presidente y todas las mujeres merecen respeto.


