entre libros y nácar
por Enrique Dávila Martínez
fotos Emilio Yidi
A este hombre de letras, ingeniero y administrador de empresas barranquillero, que estudió en Estados Unidos en la Universidad de Purdue y que ha publicado textos sobre arte, cultura, historia y corrientes migratorias, lo motivó a escribir su afán por la investigación de distintos asuntos de nuestra ciudad. Esto lo convirtió hace veinte años en un ferviente coleccionista de postales y fotografías originales y antiguas de Barranquilla, fechadas entre 1880 y 1950. “Esas fotos me enseñaron un mundo barranquillero que desconocía, porque muchas de ellas retrataron diversas épocas de la ciudad, de las que hoy no hay memoria, pero que están plasmadas en esas imágenes”. Su avidez por descubrir, por conocer, lo llevó a intentar descifrarlas y a desmenuzar las ricas historias que guardan; es decir, cuáles monumentos o edificaciones merecen recordarse, quién despachó las postales, qué fotógrafos las tomaron, qué editores las imprimieron, qué estampillas tienen adosadas, cuáles fueron las rutas de envío hacia el exterior…, y entonces “comencé un proyecto llamado ‘Postales de ida y vuelta’, que implicaba el rescate de muchas tarjetas salidas de Barranquilla a distintas partes del mundo y el comienzo de una búsqueda en anticuarios y colecciones privadas para traerlas de vuelta a su sitio de origen”.
Agrega Enrique que con esas imágenes, que son más de once mil, se ilustrarán los libros que se estén haciendo sobre nuestra urbe, y en el futuro servirán para la conformación de la Fototeca de Barranquilla, la cual, una vez constituida, deberá estar adscrita a una entidad de la alcaldía como un servicio público gratuito para investigadores o para la generalidad de la población, que podrá aportar otras fotos que considere valiosas. “Imágenes y documentos deben manejarse con transparencia.
En muchas partes ha sucedido que las colecciones son vendidas o van deteriorándose o desapareciendo, y ese es el mayor problema de las fototecas. No se requiere que la nuestra sea de grandes dimensiones; solo se necesita un área donde esté el material digitalizado, en tanto que el original se preservará como patrimonio fotográfico y documental”. Es evidente su amor por Barranquilla, pero también ama a Palestina, el país de sus ancestros, donde se ha desarrollado con estética el arte de la talla en nácar. “Mi primer libro fue El arte palestino de tallar el nácar [2005]. Mi familia, antes de emigrar, tallaba el nácar en Belén, lo que me llevó a ahondar más en el asunto, y, como consecuencia, se gestó ese libro”. A partir de ese volumen comenzó una saga ininterrumpida de libros sobre Barranquilla: La migración árabe en la construcción cultural del departamento del Atlántico (2007); Colombian seashells from the Caribbean (2011); La gran familia Gidi–Yidi–Jidy–Guidi (2012); De la gloria al olvido (2014, sobre el barco Prinz August Wilhelm , hundido en 1918 en Puerto Colombia); Barrio El Prado, un viaje hacia el pasado (2015); La migración árabe en Barranquilla (2016), Malacofauna marina y terrestre del departamento del Atlántico (2017), a los que se sumarán dos de próxima aparición, de gran contenido histórico y visual: uno sobre el desvanecido patrimonio arquitectónico y cultural de la ciudad, y otro sobre la iglesia de San Nicolás, en coautoría con el investigador Adlai Stevenson.
Los antepasados de Yidi se relacionaron con Barranquilla y contribuyeron a su progreso material. Su abuelo, que llegó en 1911, empezó a trabajar con un tío que había arribado años atrás, y montó varias empresas de perfumes y de ropa, y fue progresando hasta tener un gran almacén de importaciones y construcción, y luego, junto a sus hijos, estableció Zipper Yidi, que llegó a tener 730 trabajadores y fue considerada la mayor empresa de cremalleras en América.
Enrique es un hombre muy ocupado, pues, además de empresario y escritor, es buzo y conquiliólogo (experto en estudios sobre la forma y las características de las conchas de los moluscos). En cuanto al manejo de su tiempo, considerando que además tiene familia, dice: “Tengo una ventaja, y es el tiempo extra que desde hace doce años me da el insomnio, que me permite dedicarme a investigar y a escribir”. Sus horas de sueño se reducen a tres o cuatro, y, por eso, desde las dos o tres de la mañana afronta sus investigaciones, hasta las siete. La impresión que de Emilio tengo es que es una persona sensible. “Mi sensibilidad me viene de mi padre, un hombre sencillo, que me enseñó a ser humilde y a apreciar las artes.
Hace veinte años fundé un taller artístico de talla en nácar, el Taller Palestina, y eso me ha llevado a acercarme al arte y a la apreciación sensible de la belleza y del talento humano”.
Sobre las célebres comidas en su casa de infancia, dirigidas por su madre, quien tiene fama de gran cocinera, en las que había decenas de invitados, dijo: “Las sociedades tribales del Medio Oriente eran patriarcales, y para el hombre, la máxima autoridad, su familia significaba lo más importante en su vida, y la protegía, dirigía y ayudaba.
Cuando mi abuelo se casó, compró la mansión que hoy es de la Triple A, y continuó con la tradición de reunir a toda la familia, ochenta o más personas, incluyendo a familiares políticos; por eso, sábados o domingos se ofrecía una comida en torno a la unión, a la fraternidad, a la solución de las discordias…”.
Yidi y otra currambera, Patricia Abuchaibe, donaron al Club Campestre de Barranquilla el Salón Árabe, de arquitectura hispanoárabe o mudéjar, presente en Sevilla, Córdoba y Granada, desde donde Enrique trajo los elementos de esa arquitectura, y en el Taller Palestina se hicieron los moldes de yeso para crear un salón al estilo andalusí. Yidi también es hacedor de museos. El primero fue el de Caracoles, colección de más de siete mil moluscos de Colombia y del mundo, situado en el antiguo palacio de la Gobernación; el segundo, el de Arte Sacro, con más de quinientas piezas de los siglos XVI a XX, que está en el segundo piso de la iglesia de San Nicolás, y el tercero el del barco Prinz August Wilhem, ubicado en el Colegio Alemán. Enhorabuena, pues, para este barranquillero, que gracias a su insomnio y a su sensibilidad ha contribuido al progreso indeclinable de Barranquilla, y ¡de qué manera!









