por Loor Naissir
Esta frase la trillaba mi padre a diario. Decía… uno no puede morirse sin antes sembrar un árbol. Él sembraba todos los días. Era una costumbre o una pasión; nació para amar el campo. Reconozco que yo sembraba a regañadientes en la finca que mis padres tenían al lado de la hacienda Veracruz, en la carretera que conduce a Rotinet, a unos diez minutos de Luruaco. Me hacía guardar las semillas de las frutas que consumía a diario, las que se vendían en el pueblo, todas tropicales: mango, mamey, níspero, zapote, patilla, melón… y el fin de semana me hacía varios hoyos en la finca para que yo tirara las semillas. No sabía si nacían pero mi mamá decía que yo tenía ‘la mano mala’ porque le arrancaba las rosas de su jardín y la matica se moría. Así que crecí con ese cuento de que lo que sembraba se moría, pero mi papá me obligaba a ensuciarme las manos con tierra de la finca para que supiera cómo era la vida de un campesino; y se lo agradezco porque hoy reconozco que sin ellos no podríamos consumir frutas y hortalizas de nuestros campos.
He traído a mi memoria estos recuerdos después de haber leído un whatsapp de mi apreciado médico endocrinólogo Joaquín Armenta. El mensaje decía: “Por las futuras generaciones! Si tienes hijos, nietos, amigos, familiares. Entiende que el problema más serio e importante de la humanidad es el desastre ecológico; todo lo que contribuya a disminuirlo, es válido e importante! Queridos amigos… Ya estamos en estación de muchos frutales: papaya, sandía, etc. La petición es la de guardar las semillas (o pepas). La propuesta es lavarlas, secarlas al sol, meterlas en un sobre de papel y dejarlas en el carro. Cada vez que vayas al campo, o mientras vayas de viaje y el campo esté vacío, lanzar a la tierra estas semillas. Si con este simple acto podemos contribuir con un solo árbol, nuestra misión de convertir este mundo en un lugar verde habrá tenido éxito.
El gobierno tailandés lo ha promovido entre sus ciudadanos durante los últimos años. Han conducido esta campaña de forma que ha tenido mucho éxito. El número de árboles de frutos en la naturaleza se ha multiplicado, sobre todo en la parte septentrional de Tailandia. Los malasios se han unido a los tailandeses en esta brillante iniciativa para difundir la abundancia en la naturaleza y de esta manera simple pero eficaz dar una contribución a nuestras futuras generaciones y agradecer a la tierra reiniciando el ciclo de alimento que nos regala”.

