Por Loor Naissir
Durante mucho tiempo se nos vendió una idea muy concreta de lo que debía ser una madre.
Debía casarse con un hombre que la amara. Una imagen casi perfecta, difícil de sostener en la vida real.
Lo que no encajaba en ese molde quedaba en segundo plano, como si fuera una excepción.
Pero ya no es así.
Lo que antes se veía como distinto hoy forma parte de lo cotidiano. Y no debería seguir generando explicaciones ni defensas. Nadie tendría que justificar cómo una mujer llegó a la maternidad o por qué su historia es diferente.
Desde hace algunos años es evidente: la maternidad no es una sola.
Aunque todavía haya quienes intenten encasillarla, la realidad va por otro lado.
Están, por ejemplo, las madres solteras, que crían sin manual y sin descanso.
Las adoptivas, que aprenden a amar sin condiciones, sin haber pasado por el embarazo.
Trabajando en El Heraldo entrevisté a varias parejas que no podían tener hijos y que adoptaron, a través del Bienestar Familiar y también en centros privados. No solo uno, sino dos. Los he visto crecer sanos, queridos, seguros.
Recuerdo también a una pareja de mujeres que conocí cuando recién llegué a Barranquilla. Diseñaban ropa de fiesta. Me hablaron de su hijo, un niño de unos seis años, a quien habían adoptado desde recién nacido.
Cada vez que volvía, me mostraban con orgullo sus avances en el colegio. Estaban convencidas de que sería futbolista; le fascinaba patear el balón apenas llegaba a casa.
Años después, una de ellas murió de cáncer. La otra dejó de coser, pero siguió en esa casa amplia donde la vida había tomado tantas formas. Allí creció ese niño, que no fue deportista, sino administrador de empresas.
Montó su negocio en la misma casa, quizá para mantenerse cerca de todo lo que lo había hecho quién es. Nunca ocultó su historia: decía, con naturalidad, que tenía tres mamás. La que lo engendró, que siguió presente, y las dos que lo criaron.
Hace poco murió su otra madre adoptiva. Él heredó la casa, una profesión y algo más difícil de nombrar: un amor sin límites, que hoy vuelca en su propio hijo.
¿Eso no es amor?
Afortunadamente, la Corte Constitucional aprobó recientemente la doble licencia de maternidad en parejas del mismo sexo, reconociendo que la igualdad y la dignidad no admiten interpretaciones restrictivas cuando está de por medio el bienestar de un niño.
También están las mujeres que llegan a la maternidad más tarde, no porque “se les haya pasado el tiempo”, sino porque eligen cuándo hacerlo. Hoy pueden decidir, incluso, congelando sus óvulos.
Y hay muchas otras formas de ser madre que no siempre tienen nombre, pero que existen todos los días.
Ser madre, en estos tiempos, tiene más que ver con sostener que con cumplir expectativas. Con estar, incluso cuando todo cambia. Con hacer lo mejor posible, aun sin garantías.
Por eso, más que hablar de “nuevas maternidades”, habría que hablar de maternidades reales. Sin adornos. Sin comparaciones. Sin esa necesidad constante de medir si se está haciendo bien o no.
Porque, al final, más allá de las formas, todas comparten algo: el esfuerzo silencioso de ver crecer y hacer felices a sus hijos.
Y eso, en cualquier versión, es lo que importa.

