Con cada amanecer empieza de nuevo
Antes de que el sol termine de acomodarse sobre Barranquilla, la arquitecta y pintora Carla Celia ya está despierta.
Revisa el celular, lee las noticias, se alista, pero antes de salir, escoge una canción. La pone. Y baila.
Guaracha, merengue, música tropical, de esas que saben a fiesta como “Ay currucuchucu”, “Ají picante”, “El perro de Juanita”, “Los sabanales”…
Y hasta bailó en una calle de Madrid con un espontáneo. Es que ella es música.
En sus redes, esos momentos de alegría y sabor se han vuelto casi un ritual: cada día le rinde homenaje a un compositor distinto, como si encendiera una vela en su memoria. Así arranca. Con música. Con memoria.
La conocí en mis años de periodista en El Heraldo y he sido testigo de sus pasos, como de los de su madre Cecilia Martínez Aparicio en el voluntariado ‘Ayudemos’. También recuerdo a su padre, don Antonio Celia, industrial respetado y hombre de fina prosa, que escribía sobre la memoria y los ancestros italianos. Algo de esa sensibilidad —por la historia, por la nostalgia— también parece haberse quedado en Carla.
Cuando anunció su retiro de la dirección de Carnaval de Barranquilla, no fue una despedida fría. Fue el cierre de una etapa que vivió intensamente.
Fueron once años.
Y no pasó por ahí: lo sostuvo.
Había llegado para el Carnaval de 2010, y desde entonces el trabajo fue constante. No solo organizar la fiesta, sino ampliarla, cuidarla, proyectarla. Programas para los hacedores, estímulos, formación, nuevas formas de participación.
En infraestructura: el Museo del Carnaval, la Sala Interactiva, el Centro de Documentación en la Casa del Carnaval.
También llegaron eventos que hoy parecen de siempre: Baila la Calle, el Semillero, la Noche de Orquestas y otros se fortalecieron hasta recibir reconocimientos internacionales. Trabajó en los detalles. En las carrozas, por ejemplo, con la Fábrica de Carrozas, formando nuevos maestros. En los artesanos, con Carnaval Hecho a Mano. En la memoria, con el Plan Especial de Salvaguarda.
Los grupos crecieron. Los disfraces también. Hubo apoyo, estímulos, premios como Vida y Obra. Se abrieron espacios para la fotografía, el periodismo, el diseño. El Carnaval empezó a hablar en más lenguajes.
Y salió al exterior. A 25 países.
Se creó una red de carnavales del Caribe. Barranquilla empezó a sonar distinta, a verse distinta, a ocupar un lugar más claro en la industria cultural.
Después vino uno de los momentos más difíciles: La pandemia obligó a reinventarlo todo. Y el Carnaval se fue a lo digital, a la televisión, a formatos que nadie tenía previsto. No fue lo mismo, pero llegó a millones de casas.
Carla también impulsó la reactivación con el Festival de Artes Escénicas, la tienda del Museo, una programación durante todo el año. La idea era clara: que el Carnaval no fuera solo unos días, sino un proceso vivo.
Pero su historia no se quedó en la gestión.
También hubo algo que se le atravesó sin aviso: un cáncer.
Y no fue un paréntesis menor. Fue una sacudida.
Lo vivió como vive todo: acompañada, creyendo. Aferrada a su devoción a San Gregorio Hernández, en quien encontró una forma de sostenerse con una fe constante. Hasta fue con su compañero de vida y colega del arte, Joaquín Botero, hasta el Vaticano para presenciar la canonización de este famoso santo venezolano. Un sueño de Carla.
Y siguió.
Siguió pintando. Porque en ella la pintura no es un arte aparte, es otra forma de decir. Sus cuadros muestran. A veces luz, a veces sombra, pero siempre algo vivo.
También siguió en su restaurante de comida italiana —donde su apellido cuenta otra parte de su historia— mezcla sabores como mezcla todo lo demás: sin rigidez. Con memoria, con intuición. Es un lugar donde uno se queda más de lo previsto.
Carla no separa sus mundos.
Todo le pasa al mismo tiempo: la fe, la música, la cocina, la pintura y su Barranquilla querida.
Mientras estuvo al frente del Carnaval, más que dirigirlo, lo habitó. Supo leer ese pulso que no siempre aparece en los programas oficiales. Entendió que la fiesta también es una forma de resistir, de celebrar incluso cuando no todo está bien.
Se fue del Carnaval, pero su música se quedó en su memoria. Volvió a su pintura, a su restaurante, a su familia —a sus hijos y a sus nietos— y a otros proyectos.
Su rostro, además, quedó pintado en una pared del Museo del Atlántico, como señal de que ya hace parte de la historia de su Curramba.
Y mientras tanto, cada mañana, seguirá haciendo lo mismo.
Escoger una canción.
Dejar que suene.
Y empezar otra vez.
Por La directora
Fotos cortesía de Johan Osorio


