Desde hace muchísimos años soy devota de San Antonio de Padua. Pero ni por ahí sabía que era conocido como el santo casamentero.
Todo sucedió cuando estudiaba en la universidad y vivía en una residencia familiar en el barrio Recreo, donde la dueña de casa tenía una imagen del santo en el frente, cerca del techo, y otra muy hermosa en el patio, en medio de un jardín.
Yo tenía entonces 19 años y venía de un hogar donde no se veneraba a los santos. Solo conocía a Dios, a Jesús, a la Virgen María y a San José. Le pregunté a la dueña de casa quién era el de la imagen, y ella me contestó: —Es San Antonio, el santo de las cosas perdidas e imposibles—. Hasta ahí llegó la conversación
Una mañana ella me vio llorar porque yo había recibido la noticia de que mi padre estaba hospitalizado en la Clínica Bautista por un fuerte dolor abdominal.
Me llevó al altar que estaba en el patio. —Rézale para que veas lo milagroso que es—, me dijo.
Le recé un Padre Nuestro y cinco Avemarías con mucha fe y la oración: «¡Oh admirable y esclarecido protector mío, San Antonio de
Padua!/ Siempre he tenido una gran confianza en ti, en que me has de ayudar en todas mis necesidades./ San Antonio bendito, las cosas perdidas, por tu inmediación serán halladas, y las alejadas, acercadas./ Yo quiero en este corto diálogo agradecerte por todo y confirmar una vez más que nunca quiero separarme de ti por mayor que sea la ilusión material./ Deseo estar contigo y todos mis seres queridos en la gloria perpetua./ Gracias por tu misericordia para conmigo./ ¡Gracias Señor!/»
Y me fui apresurada a la clínica. Encontré a mi madre y a mis
hermanos – Farid, Yaneth y Maribel (el cura le cambió el nombre por Mariluz) – en un mar de lágrimas. Entré a la capilla y volví a rezarle al santo con devoción.
Al día siguiente operaron a mi padre del colon y la cirugía fue exitosa. Recuerdo lo que nos dijeron los doctores ‘Toto’ Daes y Mauricio Rodríguez cuando llegaron a la habitación: —Todo salió bien. En ocho días estará en su casa—.
A partir de ese momento, San Antonio se convirtió en mi protector y le prometí que cuando tuviera un hijo le pondría de nombre Antonio.
Las coincidencias de la vida: me casé con un Antonio y le puse a mi hijo Antonio como segundo nombre. En mi oficina, donde escribo, hay un cuadro de San Antonio, que llama la atención porque lo tengo visible.
Él me acompaña a todas partes. Mis amigas me dicen jocosamente que yo le pedía un novio a San Antonio, y confieso que jamás lo hice, pero me dio un novio bonito, como dice la canción.
Siendo soltera viajé a Europa; fui a Padua, Italia, y compré varias imágenes para regalar.
Fue emocionante para mí esa visita a la Basílica de San Antonio de Padua, donde reposan, intactas, sus pertenencias.
Cuando regresé, una vecina me pidió que le regalara una figura de San Antonio, y atrevidamente escogió la más bonita.
¡Cómo decirle que no! Ella estaba pasando por una desilusión amorosa. Tenía roto su corazón. Tomó la imagen y me pidió la oración… A los tres meses se fue de paseo a Estados Unidos.
Como si fuera un milagro, el día que llegó le hicieron una fiesta de bienvenida, y apareció el hombre de su vida. Hoy están felizmente casados y tienen un hijo.
Una vez, mi querida colega Claudia Cuello estaba en Atlanta y quería ver jugar a su amigo Édgar Rentería, pero se había agotado la boletería.
Se acordó de San Antonio y le pidió que la ayudara. Como si fuera un milagro, se encontró a nuestro beisbolista. Sin que tuviera tiempo de pedírselas, él le preguntó: —¿Cuántas boletas quieres para ir a verme jugar?—
¡No lo podía creer! Cuando Claudia regresó a Barranquilla me pidió que la acompañara a un supermercado. Compró en alimentos el equivalente al precio de aquellas boletas, y los llevó como donación al Asilo San Antonio.
Otro caso fue el de mi querida colega Martha Guarín, a quien se le extravió el bolso con todos sus documentos personales. Se cansó de buscar, hasta que se acordó de San Antonio y le dijo: —Soy amiga de una gran devota tuya; por favor… ayúdame a encontrar los papeles—.
¡El bolso apareció en el lugar donde lo había buscado varias veces!
Termino esta ‘oda’ a mi santo con una experiencia vivida hace algunos años. Un domingo me desperté ansiosa, y le dije a mi esposo: —Hoy tengo ganas de ir al asilo para llevar una donación—.
Cuando llegué… ¡Cuál sorpresa! Música y alegría en todos los rincones: era el día de San Antonio, 13 de junio, y yo no me acordaba.
Tomado del libro ‘Sin Retorno’, de la autoría de Loor Naissir, directora de la revista digital La Ola Caribe.

Maravilloso. Yo también soy devota de San Antonio y recuerdo bien que lo heredé de mi mami. Su padre se llamaba Antonio y en B/quilla, mi tierra, hay un asilo de San Antonio donde me familia ha donado muchas cosas.