Por Roque Herrera Michel
Psicólogo
Los estudiosos del comportamiento humano han llegado a la conclusión de que la mente de las personas inconscientemente tiende a repetir o volver a aquello que intensamente le hizo experimentar placer o felicidad y en donde se sintió confiadamente seguro.
Diera la impresión de que este fenómeno también sucediera en la época de Carnaval en que la gente revive no sólo su pasado cultural, sino simultáneamente esa temprana e imaginativa etapa infantil, a la que el filósofo J. Milton bautizara como “el paraíso perdido”.
Algunos consideran que definitivamente lo divertido del Carnaval es volver a ser chiquillos y poder disfrutar de las tradiciones culturales y mostrarse sin miedos, ocultos detrás de una careta, desinhibiéndose y perdiendo el control transitoriamente para expresar los deseos sin tantas reglas, horarios o normas sociales inculcadas desde la infancia.
Es así como los carnavaleros adultos vuelven mágicamente a aquellos tiempos en que era normal jugar, saltar, bailar, hacer travesuras, reírse, chuparse el dedo, alegrarse desinteresadamente, realizar “guerras de espumas”, hacer “morisquetas”, disfrazarse o imitar voces de animales, de niños o de indios, etc.
REGRESIÓN CARNESTOLÉNDICA TRANSITORIA
En otras palabras, en los días de carnaval los celebrantes parecieran que cayeran bajo los efectos hipnóticos de una regresión transitoria a patrones de comportamientos, emociones o pensamientos propios de una etapa más temprana de su desarrollo.
Esto indicaría que en los carnavales la gente se refugia transitoriamente en una especie de infantilización en el comportamiento, dando la sensación de que ocurriera algún tipo de regresión psicoemocional hacia la etapa de la niñez.
Psicológicamente las regresiones en los seres humanos funcionan como un intento del ego por protegerse, buscando la seguridad y la felicidad perdida de la infancia.
Para terminar, y mirándolo desde otra perspectiva social, se ha llegado a considerar que en el Carnaval, además de la masiva liberación catártica de energías y emociones, a la vez los miembros de la sociedad viven en una especie de “paidocracia” (de la cual escribiera el célebre autor italiano Givanni Papini), merced al mundo de los impulsos, en que la comunidad por unos días está bajo el imperio del espíritu lúdico y travieso del “niño interior” de sus integrantes.
EL PAPEL DEL LICOR EN ESTA REGRESIÓN SANA A LA NIÑEZ
Lo único que nos pondría hacer desistir del pensamiento de que los carnavales son una sana regresión de los humanos a los primeros años de vida, es el hecho del abundante consumo de licor por parte de gran parte de los festejantes, pero hasta eso podría encontrar su significado si lo vemos a la luz del psicoanálisis.
Desde el punto de vista de la disciplina psicoanalítica, consumir licor se puede considerar una regresión a la primera fase del desarrollo de la personalidad: la etapa oral que todo ser humano vive en el primer año de su vida.
En esta etapa el bebé siente placer a través de la zona oral… todo se lo lleva a la boca, tiende a babear todo lo que está a su alcance, siendo su principal contacto con el mundo el seno materno del cual consume su líquido lácteo lo cual le produce gran tranquilidad y placer.
Precisamente esa sensación gratificante es la que se revive asemejándose al estado mental especialmente “tan sabroso” de paz y tranquilidad que siente un adulto después de haber consumido cualquier licor.
De todas formas, la sociedad organizadora de la fiesta carnavalera debe tomar medidas efectivas para proteger estas festividades de las personas que abusan del consumo del licor y de las manifestaciones de violencia e inseguridad que se generan en los últimos años en los días carnestoléndicos.
La comunidad debe defender esta explosión social extrovertida, multicolor y llena de alegría para de esa manera vivir el Carnaval con el corazón de un niño y hacer que perdure el ánimo inocente, pueril, pacífico y lleno de bondad que es la esencia perenne del Carnaval de Barranquilla.
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