Por Loor Naissir
Mis días, aunque marcados por la rutina —porque más allá de escuchar historias no tenía a dónde ir—, estaban envueltos en un encanto silencioso que hoy vive intacto en mi memoria.
Navidad era alegría, regalos… Pero, cuando llegaba la Semana Santa, todo cambiaba: el aire se volvía solemne.
En casa, con las historias que veíamos en televisión y que contaba mi madre, llorábamos la pasión y muerte de Jesús como si hubiera ocurrido de nuevo.
Yo paseaba las calles e iba a la iglesia con un crucifijo que colgaba en mi pecho, vestida de morado, como si el dolor también se pudiera llevar puesto.
Mi madre dueña de un almacén de telas, transformaba la temporada en un ritual de colores: algodones en gamas de lila y violeta, tonos que hablaban en silencio de duelo, recogimiento y fe. Cada tela parecía contar su propia historia y apaciguar el calor sofocante.
Ella vivía entre dos mundos espirituales. Conservaba la fe cristiana ortodoxa de sus raíces, pero también abrazó la religión católica al hacer su primera comunión conmigo. Aquel día, vestidas de blanco, compartimos algo más que una ceremonia: repartimos estampas de La Sagrada Comunión, la presencia de Jesucristo en la Eucaristía con el pan y el vino.
El Domingo de Ramos traía consigo una pequeña batalla en casa.
Para mi padre, un ambientalista convencido antes de que esa palabra estuviera de moda, ver las palmas cortadas era casi un dolor para él. Decía que, al arrancarlas, se apagaba una vida. Insistía en que Dios se complacía más con un aplauso sincero que con una rama mutilada.
Hace apenas unos días lo recordé, con una mezcla de ternura y respeto. Tenía razón.
Mientras muchos compraban palmas para que el sacerdote las bendijera, yo decidí no hacerlo. En su memoria, renuncié a ese símbolo que, aunque representa victoria, paz y vida eterna —la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén—, también carga con una contradicción silenciosa.
Eso sí, hubo algo que nunca abandoné hasta que me mudé a la ciudad: el vestido morado. Sagrado, infaltable. Confeccionado por la mejor modista del pueblo, quien cada año nos hacía uno distinto para cada día, desde el miércoles hasta el viernes.
El sábado todo cambiaba. Me quitaba el luto, la tristeza.
Porque llegaba la resurrección… y con ella, la vida volvía a florecer.
