“El hijo que más reta es el que más necesita atención.
Su rebeldía suele ser una búsqueda de conexión, ayuda o atención”.
Reflexión popular sobre la crianza.
Por Roque Herrera Michel
Psicólogo
En este mes en que se conmemora el Día de las Madres, suele suceder en muchas familias que uno de los hijos herede el temperamento de la progenitora.
Es reconocido que, cuando el temperamento de la madre se parece al de uno(a) de sus hijos(as), suele generarse, por una parte, una conexión profunda de empatía entre ambos, pero también choques intensos, debido a que comparten la misma intensidad emocional en su personalidad y en sus formas de reaccionar.
Lo más frecuente es que esta similitud se perciba en lo que respecta a la afinidad en el carácter fuerte o dominante tanto del hijo(a) como de la madre, lo que requiere una gestión emocional activa y, si es el caso, recurrir a ayuda terapéutica.
Sobra decir que, más que convertirse en un factor de distanciamiento, esta afinidad de temperamento entre madre e hijo(a) puede ser una privilegiada coincidencia que los une, al compartir formas de ver la vida y otras similitudes que les hacen sentirse orgullosos de existir un ser con su misma sangre y una forma de ser casi idéntica.
FACTORES QUE INCIDEN EN LA RELACIÓN DE MADRE E HIJO(A) CON TEMPERAMENTOS SIMILARES
Entre las características más comunes dentro de esta relación se encuentran:
1. Mayor empatía y conexión: La madre entiende intuitivamente las emociones y reacciones del hijo, lo que permite un vínculo afectivo fuerte y una comunicación no verbal efectiva.
2. Conflictos y “choques”: Si ambos son intensos, impulsivos o tercos, es probable que haya enfrentamientos frecuentes, ya que pueden tender a querer tener la razón o reaccionar de forma explosiva ante situaciones estresantes.
3. Influencia de la abuela: En ocasiones, el temperamento del niño se parece más al de la abuela materna debido a la herencia genética. Puede transmitirse desde rasgos físicos hasta gestos, gustos y formas de ser, así como ciertas enfermedades hereditarias. Esto se explica científicamente por el hecho de que los óvulos aportan la carga genética y la información mitocondrial, cosa que no ocurre con los espermatozoides.
4. Influencia ambiental y modelado: Además de la genética, el niño suele adoptar patrones de comportamiento de la madre por imitación, un proceso destacado en la teoría del aprendizaje social.
RECOMENDACIONES
¿QUÉ HACER CUANDO EL TEMPERAMENTO DE LA MADRE CHOCA CON EL DE UNO DE SUS HIJOS?
Una de las principales sugerencias es que la madre comprenda racionalmente que la similitud puede ser la causa de los conflictos.
Tomar conciencia de esta realidad ayuda a gestionar mejor las situaciones, cultivando la paciencia desde que el niño es pequeño (especialmente antes de la adolescencia) y reconociendo sus propios rasgos en el comportamiento del hijo.
Entre las recomendaciones principales se encuentran:
A. Desarrollar autoconciencia y gestión emocional: La madre debe reconocer que el comportamiento intenso de su hijo(a) puede ser un reflejo del suyo, lo que hace que ambos se alteren rápidamente. Es importante reflexionar sobre los propios detonantes de ira y estrés antes de reaccionar.
B. Gestionar el estrés propio: Si la madre siente que la situación la supera, puede recurrir a la respiración lenta y profunda para mantener la calma. Evitar tomar los comportamientos de manera personal es clave, especialmente en la adolescencia.
C. Establecer límites firmes: Es necesario desarrollar un estilo de crianza autoritativo (firme pero afectuoso), ya que los hijos con temperamentos fuertes necesitan una guía clara.
D. Fomentar la empatía y la conexión: Evitar la interacción con el hijo “difícil” puede generar culpa y desigualdad. Es fundamental buscar espacios para conectar, reconocer sus virtudes y evitar comparaciones destructivas.
E. Buscar ayuda profesional: Si la relación genera desgaste constante, ansiedad o comunicación agresiva, se recomienda acudir a terapia.
Todo lo anterior nos enseña que los conflictos entre padres e hijos pueden ser oportunidades para ofrecer amor incondicional, paciencia y enseñanza, más que castigos o represalias. Estas relaciones invitan a mantener la calma, establecer límites con amor y recordar que la conducta rebelde a menudo es una forma de pedir ayuda o atención. Al fin y al cabo, las relaciones con nuestros hijos representan un desafío personal que nos enseña el verdadero significado del amor.

