Así nació ‘El Mejor Can’, el educador canino
José Armando Molero y Adeana Karelys García transformaron la migración en un proyecto que cambia vidas de familias y perros en la ciudad.
Por: María McCausland
Foto cortesía ‘El Mejor Can
Barranquilla es una ciudad que no se detiene. Calor, música y movimiento constante conviven con historias que, lejos del ruido, se construyen paso a paso y requieren paciencia, disciplina y enfoque.
Una de ellas es la de ‘El Mejor Can, una escuela de educación canina fundada por José Armando Molero y Adeana Karelys García, una pareja venezolana que llegó a la ciudad con más preguntas que certezas y que hoy habla de Barranquilla no como destino, sino como hogar.
La historia comenzó oficialmente el 15 de enero de 2020, pero, como toda historia honesta, venía gestándose desde mucho antes. Su origen está en la infancia de José, marcada por un amor profundo —y casi inexplicable— por los animales. Desde temprana edad, compraba libros de razas de perros con los ahorros del colegio, prefería Animal Planet a las caricaturas y pasaba las tardes jugando con los perros.
Con los años, ese niño creció, migró, se equivocó e insistió. Antes de Barranquilla estuvo en Bogotá; antes de Bogotá, en Venezuela. Y antes de que El Mejor Can tuviera nombre, sedes o comunidad, fue apenas una idea persistente: crear una escuela propia que ayudara a las personas a entender a sus perros, mejorar la convivencia y transformar vidas a través de la educación. No se trataba solo de adiestrar; el objetivo era más profundo: lograr que los perros fueran parte real de la familia y no un problema que se aísla.
La primera sede abrió en el barrio La Pradera, en una casa tan pequeña que apenas cabían dos perros. Allí nació formalmente El Mejor Can. Las jornadas eran largas y exigentes: clases a domicilio, traslados en bicicleta desde el sur hasta el norte de la ciudad, días que comenzaban a las siete de la mañana y terminaban bien entrada la noche. Aun así, cada perro educado y cada familia agradecida confirmaban que, aunque el camino fuera duro, era el correcto.
El crecimiento llegó de manera orgánica, impulsado por el voz a voz y por una ciudad que, poco a poco, fue abriendo espacio. Luego vino el barrio Lucero, gracias a un cliente que hoy recuerdan con especial gratitud. Allí la escuela empezó a tomar forma como proyecto integral: guardería, hotel canino e internos. No fue sencillo: las distancias, las calles en obra y la logística lo complicaban, pero las personas seguían llegando, porque cuando algo funciona, Barranquilla se mueve.
Después se mudaron al barrio Boston, a una casa más grande, más visible y más céntrica, lo que permitió recibir más perros, más familias y acumular más historias. Más tarde se trasladaron al barrio Paraíso, donde hoy funciona la sede urbana, y finalmente, en 2025, inauguraron la sede campestre: un espacio que no solo responde a una necesidad evidente, sino que propone otra forma de relacionarse con los animales.
En una ciudad donde escasean los lugares seguros para que los perros corran libres, jueguen y se relajen, la sede campestre se convirtió en un refugio. Piscina, obstáculos, zonas de descanso y silencio conforman un entorno pensado no solo para los perros, sino también para las personas que los acompañan. Lo que antes parecía impensable: un pasadía con el perro en Barranquilla, hoy es una posibilidad real.
Allí se reafirma una idea central del proyecto: educar no es controlar, sino enseñar a convivir. Un perro equilibrado es un perro feliz, y una familia que entiende a su perro vive mejor.
La decisión de llegar a Barranquilla no fue sencilla, pero apostaron y la ciudad respondió. Barranquilla no solo les ofreció trabajo, sino también una sensación de familiaridad difícil de explicar y fácil de sentir. El calor humano, la forma de hablar, la alegría espontánea y el trato cercano les recordaba a Zulia, su tierra de origen.
Hoy lo dicen sin titubeos: no se van. Barranquilla es su casa. Y no lo dicen desde la comodidad, sino desde el agradecimiento y la conciencia de que esta ciudad fue oportunidad cuando más la necesitaban, así como desde el reconocimiento a cada persona que confió en ellos para educar a un miembro de su familia.
Aunque pensaron que 2026 sería un año para bajar el ritmo, la realidad volvió a empujarlos hacia adelante. Entre los planes está la creación de una fundación para rescatar, cuidar, educar y dar en adopción a perros, además de talleres en Bogotá, nuevos servicios y proyectos que aún no tienen nombre, pero sí intención.
Nada de esto nace desde la prisa. Todo surge desde la disciplina. Porque si algo resume esta historia es una certeza: los sueños no llegan solos, se construyen. No existe el momento perfecto; el momento se crea.
El Mejor Can no es solo una escuela canina: es la prueba de que migrar no es empezar de cero, sino empezar distinto, y de que Barranquilla es una ciudad donde los sueños también encuentran espacio para quedarse.
