Creadora de viajes contemplativos
Con dieciséis años recorriendo el mundo y diseñando experiencias transformativas, la barranquillera Joanna Riquett ha creado proyectos que cruzan viaje, bienestar y profundidad humana. En su tiempo libre, da vida a ‘La Sultana Tea House’, una casa de té itinerante inspirada en tradiciones del Medio Oriente y el norte de África, donde el ritual del té se convierte en un espacio de encuentro y belleza compartida.
Por eso fundó Mindful Immersions, una plataforma de viajes contemplativos que diseña peregrinajes para buscadores contemporáneos, integrando lugares excepcionales, respeto cultural y el mindfulness, una técnica de entrenamiento mental que consiste en enfocar la conciencia en el momento presente, aceptando pensamientos y sensaciones sin juzgarlos.
‘Un Té en Silencio’ es un espacio de reflexión donde se explora la quietud, la presencia y la vida interior a través de la palabra.
El trabajo de Joanna entrelaza la práctica contemplativa, la escritura y la experiencia directa del territorio.
Como facilitadora, acompaña a los grupos sosteniendo tanto la aventura externa como el viaje interior, con cuidado, creatividad y presencia.
Este fue el diálogo virtual con la interesante barranquillera. En el momento que contestó estaba en Santa Elena, Medellín, donde reside.
¿Cómo nació tu interés por el turismo en el desierto?
-Siempre he sentido una fascinación profunda por el desierto. Más que una curiosidad turística, es una conexión que se siente ancestral. He visitado desiertos en Israel, Jordania, Egipto y Estados Unidos, pero en el Sáhara de Marruecos me siento en casa. Hay algo en sus horizontes, en su silencio y en su inmensidad que me devuelve a lo esencial.
¿Qué te motivó a emprender este proyecto siendo joven?
-Después de recorrer el mundo, tuve una revista de viajes impresa llamada Hayo, luego diseñé experiencias transformativas en distintos formatos, curé programas de bienestar para hoteles, y más adelante decidí profundizar seriamente en la práctica de mindfulness. Este proyecto reúne todo lo que he explorado: experiencias profundas, viajes intencionales, prácticas de atención plena, respeto por los ecosistemas y las comunidades locales, y un espacio real para la exploración interior. Es la integración natural de mi camino.
¿Qué ha sido lo más difícil de abrirte camino en este sector?
-Llegar a las personas que buscan este tipo de experiencias. No es turismo convencional, no es lujo superficial, no es una escapada rápida. Es una invitación a detenerse. Y eso requiere un tipo de viajero muy específico.
¿Qué experiencias únicas ofreces a los visitantes?
-Mi proyecto de Mindful Immersions es una plataforma de viajes contemplativos que diseña peregrinajes para buscadores contemporáneos, integrando mindfulness, respeto cultural y locaciones únicas para cultivar la atención, la resiliencia y el sentido de pertenencia. No somos turistas que coleccionan destinos. Somos viajeros que practican la presencia. Permitimos que el silencio sea guía. Reducimos el uso de dispositivos electrónicos para sumergirnos en lo real. Hacemos un puente entre la aventura externa y la exploración interna, ofreciendo una respuesta concreta al burnout moderno.
¿Qué tipo de viajeros buscan esta experiencia?
-Personas que sienten que el ritmo actual del mundo es excesivo. Profesionales, creativos, líderes, buscadores espirituales, personas en transición. Viajeros que no quieren solo ver el desierto, sino escucharlo. Que buscan profundidad en lugar de entretenimiento. Que están dispuestos a caminar, a desconectarse y a encontrarse.
¿Qué lugares del desierto visitas con los turistas? (por ejemplo, zonas del Sáhara)
-A quienes participan no los llamamos turistas, sino viajeros. Nos adentramos en zonas remotas del Sáhara marroquí a las que no se accede en carro ni en moto. Llegamos caminando, como lo hacían las antiguas caravanas. Recorremos dunas fotogénicas, planicies que alguna vez fueron fondo marino, oasis inesperados y jardines escondidos en medio de la aridez. El paisaje cambia constantemente, y con él, la experiencia interior.
¿Qué momento del día recomiendas más: amanecer, atardecer o noche?
-No puedo fragmentar la experiencia en un solo momento. El desierto se vive en ciclo completo. Los amaneceres son impactantes y silenciosos. Los atardeceres explotan en color. Las noches con luna llena permiten ver a la distancia con claridad sorprendente. Y las noches sin luna revelan millones de estrellas que transforman la percepción del cielo. Es una experiencia de 24 horas.
¿Cómo describirías la sensación de dormir en el desierto?
-Dormir en el desierto es experimentar una quietud difícil de encontrar en otro lugar. El silencio es profundo, casi tangible. El cuerpo se regula naturalmente con la caída del sol. Hay una sensación de protección en medio de la inmensidad. Muchas personas describen que duermen de una forma más reparadora, como si el sistema nervioso finalmente pudiera descansar.
¿Qué es lo que más sorprende a los visitantes cuando llegan?
-El silencio estruendoso y los horizontes infinitos. La escala cambia completamente la percepción de uno mismo. La ausencia de estímulos constantes genera primero desconcierto, luego alivio. También sorprende la hospitalidad y el conocimiento profundo de las comunidades locales.
¿Cómo cuidas el medio ambiente en tus recorridos?
-Tenemos una política estricta de no dejar rastro. Todo lo que entra con nosotros, sale con nosotros. Recogemos absolutamente todos los residuos, incluido papel higiénico. Trabajamos con grupos y mantenemos estadías prolongadas para reducir el impacto de traslados constantes. Respetamos las rutas tradicionales y evitamos zonas sobreexplotadas.
¿Tu proyecto genera empleo o beneficios para la comunidad local?
-Sí. Trabajamos exclusivamente con un equipo local: habitantes del desierto y la montaña que conocen el territorio profundamente. Los alimentos, implementos, vestimentas y logística provienen de la comunidad. Muchos viajan con nosotros como parte integral del equipo. No llegamos a imponer una experiencia; co-creamos con quienes habitan el lugar.
¿Cómo manejas el impacto del turismo en el ecosistema del desierto?
-Nuestros viajes son lentos y de larga duración (mínimo cinco días). No hacemos turismo de un día para tomar la foto y regresar. Evitamos las zonas accesibles en 4×4 donde el impacto es mayor. El simple hecho de caminar reduce significativamente la huella ambiental y atrae a un perfil de viajero más consciente.
¿Qué medidas de seguridad implementas para los viajeros?
-Elegí un partner local que comparte nuestros valores: respeto por las personas, los animales y el ecosistema. Contamos con protocolos claros de emergencia, guías experimentados y una logística probada. La experiencia es aventurera, pero no improvisada.
¿Cuál ha sido la situación más desafiante que has vivido en el desierto?
-Cada persona tiene una definición distinta de desafío. Como organizadora, el mayor reto es mantener armonía entre todos los elementos: guías, viajeros, camellos, líderes del retiro y equipo local. Para algunos, una tormenta de arena, donde hay vientos fuertes y poca visibilidad, puede ser desafiante. Para mí, incluso esos momentos son parte de la belleza del desierto: nos recuerdan que no controlamos nada en el reino natural.
¿Qué recomendaciones das a quienes viajan por primera vez? ¿Qué le dirías a alguien que nunca ha visitado el desierto?
-Que lleguen con respeto y apertura. El desierto, como el mar, es un maestro poderoso. No se trata de conquistarlo, sino de escucharlo. Venir con presencia, paciencia y disposición a caminar sin distracciones transforma completamente la experiencia.
¿Qué has aprendido del desierto que haya cambiado tu vida?
-Confianza y humildad. Allí una comprende que no controla el clima, ni el viento, ni el ritmo del sol. Aprende a confiar: en la tierra, en los guías que conocen el territorio, en el equipo, en el propio cuerpo. Frente a un horizonte infinito, el ego se vuelve pequeño. Y, paradójicamente, cuando una se reconoce pequeña, se siente más entera. He aprendido a entender que la verdadera abundancia no siempre es visible.



