Por: Orlando Oliveros Acosta
En octubre de 1997, un reportero venezolano interceptó a Gabriel García Márquez en el lobby de un hotel en Manhattan. El escritor colombiano tenía prisa y no estaba de humor para conceder entrevistas, pero prometió una conversación de quince minutos.
—A dos años del siglo XXI —le dijo su entrevistador—, ¿cómo ve usted la situación de América latina? Pobreza, drogas, violencia, corrupción… ¿seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida?
—Sí —respondió García Márquez—. Seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida. Así será.
—¿Lo dice de verdad?
—¿Qué quiere que le diga? Para contestar a esa pregunta hacen falta tantas horas que el producto de la conversación alcanzaría para llenar una enciclopedia de cuatro tomos.
Fue una sentencia tan huraña que al periodista no le quedó más opción que pasar a otra pregunta. Pero Gabo tenía razón: viniendo de él, una reflexión completa en torno a América Latina habría superado con creces el cuarto de hora; pues este continente, el mismo en donde está su país natal y cuya soledad proclamó en el discurso del Premio Nobel, era una de sus grandes obsesiones.
El escritor en lengua castellana más traducido en lo que va del siglo XXI había nacido en Aracataca y viajaba con un pasaporte expedido en Colombia, pero cuando lo interrogaban por su lugar de pertenencia, respondía que era originario de la “patria latinoamericana”. “He llegado a un punto en que siendo colombiano y sin renunciar a serlo, me daría lo mismo ser de cualquier país siempre que fuera latinoamericano”, le dijo al director del diario antioqueño El Mundo en febrero de 1982. Siete años más tarde, en diciembre de 1989, declaró a la revista Semana: “¿Qué más podemos hacer sino vivir y luchar juntos, aunque sea como perros y gatos? Es el sueño de Bolívar más actual que nunca: la integración del continente. Para seguir peleando juntos contra la muerte en las trincheras de la felicidad, luchando por ser nosotros mismos, por más paz para siempre, por más tiempo y mejor salud, más comida caliente, más rumbas sabrosas, más de todo lo bueno para todos. En una palabra: más amor”.
La idea de una vasta nación continental que busca un futuro promisorio fue recurrente en muchas entrevistas e intervenciones públicas que García Márquez ofreció a finales del siglo XX. Por ejemplo, el 8 de marzo de 1999 pronunció en París un discurso en el que invitaba a “los soñadores con menos de cuarenta años” a asumir la tarea histórica de enmendar los problemas de América Latina ante la llegada inminente del nuevo milenio. “No esperen nada del siglo XXI, pues es el siglo XXI el que lo espera todo de ustedes”, dijo. “Un siglo que no viene hecho de fábrica sino listo para ser forjado por ustedes a nuestra imagen y semejanza, y que solo será tan pacífico y nuestro como ustedes sean capaces de imaginarlo”.
América Latina no era, por lo tanto, un callejón de sueños sin salida. Todo lo contrario: su ardua batalla por definirse y moldearse a sí misma la transformó en una región de sueños por cumplir y en un camino que desemboca en el mundo, como la ruta que une a Macondo con los grandes inventos y que Úrsula Iguarán descubrió tratando de encontrar a su hijo.
En marzo de 2026, fecha en la que se cumplen 99 años del nacimiento de Gabriel García Márquez, la Fundación Gabo ha elaborado nueve premisas sobre el futuro y la identidad de América Latina a partir del pensamiento del escritor colombiano. No hemos escrito los cuatro tomos enciclopédicos que visionó Gabo, pero hemos hecho una síntesis de ellos.
1. El futuro de América Latina requiere que todos los latinoamericanos puedan entenderse en medio de su diversidad
El desarrollo de un territorio tan diverso como América Latina, en el que coexisten numerosas culturas, demanda que sus habitantes puedan entenderse en lo fundamental. García Márquez hizo todo lo posible para que esto ocurriera. En el ámbito periodístico, para contribuir a la formación de una sociedad crítica y mejor informada, creó en 1994 la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano (actual Fundación Gabo). Por otro lado, la integración cultural del continente a través del cine la buscó con la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, dos instituciones que creó en 1985 y 1986, respectivamente. Incluso promovió la redacción de un diccionario que compendiara toda la terminología cinematográfica usada en Latinoamérica con el propósito de facilitar la comunicación entre cineastas de distintas nacionalidades y alentar las coproducciones internacionales.
En mayo de 1988, convencido de que los latinoamericanos acabarían considerando su territorio como una nación continental, García Márquez le contó a la revista Cambio 16 la siguiente profecía: “Dentro de cien años, la América Latina será la América Latina de Bolívar: una unidad regional afirmada sobre los valores de cada país. Hasta el Brasil se habrá entregado del todo a esa América Latina y su portugués será una de las lenguas hermanas de la región. A pesar de las diferencias (…) nos entenderemos todos”.
2. La búsqueda de la felicidad de América Latina es un asunto que está adelante, no en el pasado
“Lo único que me interesa es que Latinoamérica vaya adelante y no para atrás. Estamos en busca de la felicidad”, le dijo García Márquez al reportero venezolano que lo entrevistó en Manhattan en octubre de 1997. Con ello, el autor colombiano resumía una idea que venía desarrollando desde que pronunció su discurso del Premio Nobel: la interpretación de la realidad latinoamericana con esquemas desactualizados y ajenos a ella ha impedido el verdadero desarrollo económico y social del continente. Frente a eso, los latinoamericanos deben plantear formas de gobierno surgidas en el seno de sus propios contextos sociopolíticos. Conocer la historia es un asunto importante en la no repetición de los errores del pasado, pero hace falta una forma auténtica e innovadora de pensar para implementar verdaderas transformaciones sociales.
“Toda la América Latina tiene que ser analizada otra vez y a fondo para no seguir actuando sobre realidades que ya no tienen nada que ver con las de hace un siglo”, afirmó Gabo en una entrevista concedida a Proceso en abril de 1989.
3. La identidad latinoamericana también se aprende afuera de América Latina
Es posible descubrir la latinoamericanidad lejos de América Latina. Así le ocurrió a García Márquez cuando vivió en París a mediados de los años cincuenta. La calle del hotel donde se hospedaba, ubicada en el Barrio Latino, estaba llena de latinoamericanos exiliados por los regímenes dictatoriales de sus países. Era una época de dictadores: Gustavo Rojas Pinilla gobernaba Colombia; Manuel Odría, Perú; Alfredo Stroessner, Paraguay; Rafael Leónidas Trujillo, República Dominicana; Fulgencio Batista, Cuba; Anastasio Somoza, Nicaragua, y Marcos Pérez Jímenez, Venezuela. Mediada por aquellas circunstancias históricas similares, la convivencia con otros latinoamericanos le produjo a García Márquez un sentimiento de fraternidad que no había experimentado en Colombia.
“Cuando uno imagina cómo el mundo está lleno de chilenos, argentinos, uruguayos, brasileños, colombianos, etc., que son exiliados forzados, voluntarios o simplemente idos, hay que reconocer que ese fenómeno en vez de ser factor de dispersión es un elemento de integración. Los latinoamericanos por fuera se han ido conociendo y han ido descubriendo el continente”, afirmó el escritor varias décadas después, en una entrevista concedida en 1982.
4. Para un latino, todas las injusticias que ocurren en cualquier país latinoamericano son de su incumbencia
En Cien años de soledad, luego de que estalla la guerra civil y el coronel Aureliano Buendía asume la comandancia de las huestes liberales, hay un momento en que Aureliano y su ejército salen de su país para sumarse al federalismo triunfante en otras repúblicas del Caribe. El primer ser humano nacido en Macondo agiganta su leyenda bajo la consigna de la unificación de las fuerzas liberales de América y libra batallas para barrer con los regímenes autoritarios desde Alaska hasta la Patagonia.
Este episodio representa, en clave literaria, la utopía de la solidaridad que García Márquez anhelaba para América Latina. De acuerdo con el escritor, la más elevada forma de conciencia política de un latinoamericano es aquella que no solo demuestra interés por los problemas de orden nacional, sino que también actúa contra las injusticias y conflictos sociales que se padecen en los demás países del continente, ya no desde la lucha armada del coronel Aureliano Buendía, sino desde el ejercicio democrático y el pensamiento crítico.
“Una verdadera solidaridad con nuestros sueños y esperanzas deberá concretarse en actos de apoyo a los pueblos que aspiran a una vida propia en el reparto del mundo y a que un auténtico vínculo universal exista”, expresó Gabo al Correo de la Unesco en octubre de 1991.
5. Para los artistas y contadores de historias del continente, los reconocimientos internacionales son una oportunidad para promover discursos en favor de América Latina
En 1971, poco después de que Gregory Rabassa tradujera Cien años de soledad al inglés, la Universidad de Columbia le otorgó a Gabriel García Márquez un doctorado honoris causa por sus contribuciones literarias. Al principio, el escritor colombiano se rehusó a recibir el homenaje, pero varios amigos lo convencieron de aceptarlo. De modo que se las arregló para obtener un visado especial que le permitió entrar a Nueva York durante una semana.
Durante la ceremonia, sucedió algo que conmovió mucho a Gabo: frente a él había una importante comunidad de latinoamericanos que se habían tomado el campus y le gritaban, con orgullo, consignas políticas a favor de América Latina. Fue en ese momento cuando concluyó que la fama que estaba empezando a ganar como novelista tenía que ser útil a sus ideas sobre Latinoamérica.
Liderar desde la fama, esa fue su nueva apuesta. “¿Qué debo hacer para darle una función útil a esta cosa de que me conocen en la calle, de que las cosas que digo tienen cierta importancia, de que a la gente que conozco le gusta conversar conmigo?”, se preguntó en una entrevista radial de 1976. “Creo haber encontrado la solución correcta: voy a poner esa fama al servicio de la liberación de los países en América Latina. Creo que es el deber de todo latinoamericano, mucho más de un latinoamericano conocido”.
Cuando la Academia Sueca le otorgó el Nobel, García Márquez también aprovechó aquel reconocimiento para convertir la ceremonia de recepción del premio en un acto político en el que pronunció un discurso titulado “La soledad de América Latina” en el que les exigía a las potencias extranjeras que respetaran la libre determinación de los países latinoamericanos.
6. La realidad no solo está conformada por todo lo que podemos explicar racionalmente, sino también por los mitos, las creencias y las supersticiones de la gente
García Márquez solía insistir en que el componente mágico de sus historias no era un asunto de su imaginación privilegiada (ni del surrealismo), sino que provenía de la realidad misma. “Dicen que yo he inventado el realismo mágico, pero solo soy el notario de la realidad. Incluso hay cosas reales que tengo que desechar porque sé que no se pueden creer”, afirmó en una entrevista a El País en diciembre de 1995. “Lo mío no es realismo mágico, sino realismo simple. Realismo puro y simple. Es copiado de la calle”, dijo en otra entrevista, esta vez a La Nación en mayo de 1984.
Debido a las múltiples culturas que la integran, América Latina posee una realidad que rebasa los límites impuestos por la ciencia y el pensamiento cartesiano. A eso que está más allá de la razón, Gabo lo llamó “pararrealidad”, y está conformado por los mitos, leyendas, presagios, agüeros y premoniciones que ejercen una influencia decisiva en las vidas de los latinoamericanos. Es el acceso privilegiado a la realidad que teorizó Alejo Carpentier en el prólogo de su novela El reino de este mundo. “La realidad en Latinoamérica, la realidad en que vivimos, en la que nos criamos, la que nos formó, se confunde diariamente con la fantasía”, sentenció García Márquez en 1967 durante una conversación con un periodista de Enfoque Internacional, a propósito de los acontecimientos extraordinarios y cotidianos que tenían lugar en Macondo.
7. América Latina necesita una ciudadanía que defienda la democracia, la igualdad y la autonomía política
Aunque su historia política está plagada de dictadores y gobiernos totalitarios, América Latina está hecha para la democracia. Así lo creía García Márquez. “Estoy absolutamente convencido de que en América Latina existe una vocación democrática que terminará imponiéndose”, dijo en una entrevista concedida en 1982. Sin embargo, aclaró que, para que eso sucediera, debía existir una ciudadanía que velara por los principios que permiten el ejercicio democrático.
En 1989, en un extenso reportaje que le hizo el periodista español Juan Luis Cebrián, el escritor colombiano ofreció su propia definición de una revolución democrática en el continente. Dijo: “si en América Latina se logra una mayor independencia nacional de los países en relación no solo con los Estados Unidos, sino con cualquier otro centro internacional de poder; si se logra una mayor democratización interna, no solo en cuanto a las posibilidades de expresión democrática, sino en el control y la distribución de la riqueza, el desmonte de las oligarquías y de sus alianzas con los poderes extranjeros, si eso se logra, será una revolución”.
8. Ante la adversidad, los latinoamericanos responden con el poder de su imaginación
Frente a la discriminación, la violencia, la corrupción, los desastres naturales o las crisis humanitarias, los latinoamericanos resisten con el músculo de su imaginación. “La creatividad en América Latina está, sin lugar a dudas, en uno de sus mejores momentos”, afirmaba García Márquez. “Se está creando por encima de la censura, sin dinero y hasta en el exilio”.
Tarde o temprano, esta resiliencia creativa, que abarca las expresiones musicales, el deporte, la literatura y la gastronomía, conducirá hacia una revolución sin precedentes. Sin imaginación, ningún acto político podrá ser realmente revolucionario. “Una revolución tiene que ser creativa, si no deja de ser revolución”, reiteró Gabo en una conversación con Ángela Saballos en junio de 1981. “Una revolución creativa de movilizar todas las facultades vitales, las más ocultas, las más reprimidas, las más ignoradas por el hombre”.
9. La pregunta por la identidad latinoamericana siempre exige respuestas éticas
Hay un atributo que distingue a los latinoamericanos de los demás habitantes del mundo: la creciente necesidad de saber quiénes son. Los latinoamericanos existen en la medida en que siempre están buscando el mejor modo de definirse. Por eso, ante la eterna e inexorable pregunta por la identidad, García Márquez sugirió una condición muy simple: que toda respuesta en ese sentido, sea cual sea su contenido, esté regida por la ética. “Una de las cosas que hay que recalcar otra vez son los principios éticos”, dijo el escritor en una entrevista de 1991 concedida a Caracol Radio. “Es decir, el ejercicio de la ética en cada momento, en cada momento de la profesión”.
Con los periodistas latinoamericanos fue más específico. En “El mejor oficio del mundo”, un discurso que pronunció en 1996 ante la quincuagésima segunda Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, advirtió: “Toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”.

