Queridos amigos lectores he terminado mis memorias «Mi vida entre dos mares». Les adelanto uno de los últimos capítulos. Me gustaría recibir su concepto en esta Semana Santa de reflexión y recogimiento.
Por Loor Naissir
Aunque sabemos que todos vamos a morir algún día, no es fácil aceptarlo, sobre todo cuando creemos que nuestros padres, nuestros héroes, son eternos.
Cuando falleció mi madre en la Clínica Asunción, por una bacteria hospitalaria contraída en otra clínica a la que no quiso volver, yo me estaba rehabilitando de un par de cirugías en el cerebro. Me habían colocado un stent para prevenir la ruptura de unos aneurismas. No podía caminar bien. Sentía que me faltaba el aire, como si me estuviera ahogando.
El día anterior la llamé y le prometí que iría a verla. Escuché su voz apagada responder apenas: “Bueno”.
Al escribir esto, se me arruga el corazón.
Esa noche casi no dormí, pensando en ella, en lo fuerte que siempre había sido.
Al día siguiente, mientras me alistaba con ansiedad, me llamó mi esposo para decirme que me apurara, que estaba muy grave.
No estaba grave. Ya había fallecido a las siete de la mañana, en brazos de mi hermano Farid y de mi hermana Mari, quienes habían llegado desde las cinco con el desayuno que tanto le gustaba.
Cuando llegué, solo vi su cuerpo sin vida. Y mi alma se quiso morir con ella.
Ha sido el momento más doloroso de mi vida. La mujer valiente, la que un día quiso contarme su historia para que yo escribiera su novela, se había ido sin despedirse de su princesa, que se parecía a ella en todo.
Me vestí de negro y mi casa se llenó de luto. Durante seis años no puse árbol de Navidad. Era lo que más le gustaba. Desde noviembre llenaba su casa de luces y cada año cambiaba su pesebre. Era su alegría.
Dos años después despedimos a nuestro padre. Se enfermó más de tristeza y soledad que de la bacteria que también contrajo en la misma clínica.
Vivía al lado mío. Jugábamos dominó todas las noches y hacía trampa para ganar. Aunque aparentaba alegría, sabíamos que en el fondo estaba solo.
Fue muy duro despedirlo. Los cuatro hijos lo rodeamos y lo ayudamos a partir en paz. Luchaba por quedarse: abría los ojos y nos miraba uno a uno. Entonces recordé su historia de los colores del viento.
Le dije:
—Vuela alto, papá. Así como el viento verde de esperanza te trajo a Colombia, vuela ahora con todos los colores del viento hacia el cielo, para que goces la gloria de Dios.
Un viento blanco lo cubrió… y se lo llevó a la eternidad.
