Por Loor Naissir
Esta noche, a las 7:30, la Iglesia de San Charbel abrirá sus puertas para un encuentro que va más allá de una celebración religiosa. Monseñor Elías Toume, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México, Venezuela, Centroamérica y el Caribe, oficiará una misa organizada por la Asociación Ortodoxa de Antioquía de Barranquilla, en una jornada que reunirá fe, tradición y memoria.
Será también una noche para reencontrarse con las raíces, estrechar los lazos de una comunidad que conserva con orgullo su herencia espiritual y celebrar una fe que, después de casi dos mil años, continúa cruzando fronteras y generaciones. En Barranquilla, ciudad marcada por el encuentro de culturas y por la presencia de familias descendientes de árabes y orientales, la tradición ortodoxa encuentra un espacio donde pasado y presente vuelven a darse la mano.
La visita de Monseñor Toume tiene para mí un significado aún más especial. Tuve el privilegio de entrevistarlo para La Ola Caribe y conversar con él sobre Antioquía, la tierra donde los seguidores de Cristo fueron llamados cristianos por primera vez. Escucharlo hablar de esa herencia despertó en mí un sentimiento profundo: el de acercarme, a través de sus palabras, a la fe que profesaron mis padres. Fue, de alguna manera, una forma de honrar su memoria y de sentir que aquellas raíces que llegaron desde Oriente hasta el Caribe siguen vivas entre nosotros.
Los invito a leer el diálogo que sostuve con él:
Monseñor, usted proviene de Antioquía, una de las sedes más antiguas del cristianismo. ¿Qué significa para usted representar aquí una tradición de casi dos mil años de historia?
-Pertenecer a Antioquía no es un mero vínculo geográfico, sino la custodia de un legado espiritual e histórico vivo que se remonta a los albores del cristianismo; pues fue allí donde «a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez».
Llevar hoy esta responsabilidad significa caminar acompañado por el eco de las voces de los grandes santos y padres de la Iglesia, como Ignacio de Antioquía y Juan Crisóstomo. Es sentir que cada palabra pronunciada y cada servicio prestado forman parte de una cadena ininterrumpida de fe, resistencia y renovación a lo largo de las transformaciones de la historia.
Representar esta tradición de casi dos mil años no nos infunde un sentimiento de orgullo o grandeza terrenal, sino que nos impone una responsabilidad aún mayor: la de preservar la frescura de esta fe auténtica y transmitirla con espíritu de amor, apertura y humildad. No representamos un pasado lejano ni ruinas de piedra, sino una fe viva capaz de hablar al ser humano de hoy y de sanar sus heridas, dando testimonio de una esperanza que nunca defrauda, en cualquier tiempo y lugar.
La antigua Antioquía, hoy ubicada en el sur de Turquía, fue durante siglos parte de Siria y cuna de los primeros cristianos. ¿Cómo ha influido esa rica herencia espiritual y cultural en su ministerio?
-Este trasfondo histórico y geográfico no es una mera página en los libros de historia, sino la identidad espiritual que constituye la esencia misma de mi ministerio y servicio pastoral hoy. Haber crecido y servido en tierras que presenciaron la confluencia de las culturas siríaca, griega y árabe me ha legado una profunda comprensión de la «cristiandad como puente»: un puente que une al Oriente y al Occidente, la autenticidad de la tradición con las exigencias del presente.
Esta rica herencia influye en mi enfoque pastoral en tres niveles fundamentales: En primer lugar, en el arraigo de los valores de la convivencia y la apertura: Antioquía fue a lo largo de la historia un punto de encuentro de civilizaciones y religiones, lo que nos enseña que el testimonio de la fe no se realiza mediante el repliegue o el temor, sino a través del diálogo, la caridad activa y la apertura al otro sin caer en el aislamiento. En segundo lugar, en la perseverancia ante la adversidad: A lo largo de su dilatada historia, la Iglesia de Antioquía ha atravesado severas tempestades políticas, sociales y desastres naturales; sin embargo, ha permanecido viva gracias al espíritu de la esperanza. Esta historia nos otorga, a mí y a nuestro pueblo, la fortaleza para permanecer hoy junto al ser humano que sufre en esta región y sembrar en él la esperanza, a pesar de todos los desafíos y crisis. En tercer lugar, en la renovación del discurso espiritual: El legado de los grandes Padres nunca fue una simple repetición del pasado, sino un diálogo vivo con su propia época. De ahí que mi ministerio busque constantemente inspirarse en esa profundidad teológica y espiritual para formularla en un lenguaje que responda a las aspiraciones, dolores y esperanzas de nuestras generaciones jóvenes.
Es un legado que nos hace comprender que no custodiamos ruinas, sino que nutrimos una fe viva que late con amor y paz.
¿Qué lo motivó a venir a Barranquilla y asumir el desafío de fundar una iglesia ortodoxa en una ciudad con profundas raíces católicas y una importante comunidad de descendientes de árabes?
-Llegar a Barranquilla no fue una mera decisión administrativa ni una respuesta a una necesidad geográfica, sino la atención a un llamado espiritual y a un deber humano y pastoral hacia nuestros hijos, a quienes las circunstancias de la vida y de la historia trajeron a esta generosa tierra.
La fundación de una iglesia ortodoxa en Barranquilla se asienta sobre dos pilares fundamentales: En primer lugar, la fidelidad a las raíces y la atención pastoral. Esta ciudad acoge a una distinguida comunidad de descendientes de árabes y orientales, cuyas raíces se remontan a la cuna del cristianismo en el Oriente. Estos fieles, a pesar de su integración plena y fructífera en la sociedad colombiana, necesitaban un espacio espiritual que acogiera su herencia de fe y los conectara con la liturgia de sus padres y abuelos, haciendo de la iglesia un hogar que aúna la identidad de origen y la patria de adopción.
En segundo lugar, la complementariedad y el testimonio compartido con la Iglesia católica. Las profundas raíces católicas de Barranquilla nunca han sido un obstáculo; al contrario, constituyen una fuente de riqueza y un terreno fértil para el amor y el respeto mutuo. No hemos venido a competir con nadie ni a presentar alternativas, sino a ser testigos de Cristo con espíritu de caridad y apertura. La fe cristiana es una en su esencia, y la diversidad de tradiciones eclesiales enriquece el espacio espiritual de la ciudad sin dividirlo.
El deseo de tender un puente entre la solera de la tradición antioquena oriental y la vitalidad de la sociedad colombiana es el motor principal de este ministerio; para afirmar que la Iglesia, dondequiera que se establezca, es refugio para todos y un espacio de amor, paz y diálogo entre culturas.
¿Cómo fueron los primeros años de esa misión pastoral en Siria y cuáles fueron los mayores retos para consolidar una comunidad ortodoxa en Caracas, donde está desde hace 3 años?
-Hablar del ministerio en Venezuela no puede comenzar conmigo; es la continuación de un bendito sendero iniciado por nuestros venerables padres y hermanos que llegaron a estas tierras hace más de ochenta años, y en general a toda América Latina.
Aquellos primeros pastores y fieles lucharon en condiciones extremadamente difíciles: llegaron a una tierra extraña, con un idioma distinto y recursos muy limitados, pero llevando en el corazón una fe inquebrantable y el anhelo de preservar la identidad y la tierra espiritual para sus hijos. Lo que vemos hoy en día —templos, parroquias y comunidades en Caracas y más allá— no es sino el fruto de su sudor, su entrega y sus desvelos.
En cuanto a mi experiencia durante los últimos tres años aquí en Caracas, tras los años de servicio pastoral previo en Siria, el gran desafío ha sido conjugar la solidez de los cimientos heredados con las exigencias de la renovación:
En primer lugar, honrar el legado y preservar la memoria: El mayor reto no ha sido construir desde cero, sino mantener viva la llama que nos legaron aquellos pioneros y revitalizar la comunidad para que permanezca joven y dinámica. Estamos sobre hombros de gigantes que lo sacrificaron todo, y nuestro deber es ser fieles custodios de esta gran herencia.
En segundo lugar, afrontar las realidades sociales y económicas: Venezuela ha atravesado circunstancias complejas y profundas transformaciones. Nuestra labor pastoral ha exigido ser un pilar de apoyo espiritual y humano para los parroquianos, infundiéndoles esperanza y recordándoles que la Iglesia ha sido y seguirá siendo el hogar cálido que nunca abandona a sus hijos en momentos de dificultad.
En tercer lugar, vincular a las nuevas generaciones con sus raíces: El desafío constante en la diáspora, tanto en Venezuela como en el resto de América Latina, es cómo acompañar a las segundas y terceras generaciones, presentándoles la fe en un lenguaje que comprendan y sientan propio, sin que pierdan el vínculo con la profundidad de su auténtica tradición antioquena.
Estos tres años en Caracas representan tan solo un eslabón más en una larga cadena de entrega forjada por quienes nos precedieron, y caminamos sobre las huellas de su esfuerzo con un profundo espíritu de gratitud, humildad y esperanza.
Muchos colombianos conocen muy poco sobre la Iglesia Ortodoxa de Antioquía. ¿Cuáles son sus principales tradiciones y qué aspectos la distinguen dentro del cristianismo?
-Cuando hablamos de la Iglesia Ortodoxa de Antioquía ante nuestros hermanos en Colombia, nos encontramos con ellos sobre un terreno de fe común y sumamente amplio; compartimos con la Iglesia Católica la fe en los santos sacramentos, la tradición apostólica, la veneración a la Santísima Virgen María y a los santos, así como el reconocimiento de los primeros concilios ecuménicos. Sin embargo, esta profunda afinidad guarda en su interior rasgos espirituales y teológicos particulares que otorgan a la Ortodoxia su carácter distintivo, los cuales pueden resumirse en tres dimensiones principales:
En primer lugar, la firmeza doctrinal y la preservación de la fe apostólica auténtica:
La Iglesia Ortodoxa se distingue por la inmutabilidad de su doctrina, preservada sin alteraciones desde la era de los Apóstoles y los primeros concilios ecuménicos hasta el día de hoy. No concebimos la doctrina como un conjunto de ideas rígidas, sino como un «depósito de fe vivo» que la Iglesia ha custodiado a lo largo de dos milenios en medio de los vaivenes y tormentas de la historia. Esta estabilidad doctrinal brinda al creyente una profunda sensación de arraigo y serenidad: ora y cree en el mismo espíritu, con los mismos textos y el mismo esfuerzo espiritual que vivieron los primeros cristianos.
En segundo lugar, la profundidad de la espiritualidad vivida (liturgia, iconos y santos):
Las características de la espiritualidad ortodoxa se manifiestan en una experiencia viva que conmueve tanto al alma como a los sentidos. La Divina Liturgia, con sus cantos bizantinos y el incienso, no es un mero ritual, sino la presencia del Reino de los Cielos en la tierra y un encuentro directo con Dios. Esta experiencia se completa con el santo icono —concebido como «teología escrita con colores» y una ventana abierta a la eternidad que refleja la transfiguración de la gloria divina en el ser humano— y con la comunión viva de los santos, a quienes consideramos miembros vivos del Cuerpo de Cristo que nos acompañan con sus oraciones y nos revelan que la meta suprema de nuestra fe es la unión con Dios (theosis) y el crecimiento continuo en su amor y su luz.
En tercer lugar, el concepto de sinodalidad (synodality) y la estructura eclesial. A diferencia de la estructura jerárquica centralizada en la autoridad papal absoluta, la Iglesia Ortodoxa se fundamenta en el principio de la sinodalidad. La Iglesia no es una estructura de poder vertical, sino una comunión de Iglesias locales autocéfalas e iguales en dignidad, donde el Patriarca, junto con los obispos en el Santo Sínodo, toma las decisiones en un espíritu de consenso y fraternidad. El Patriarca es el primus inter pares («el primero entre sus iguales») y no un soberano absoluto; la única Cabeza e infalible de la Iglesia es Jesucristo mismo, mientras que el custodio de la fe es la totalidad del pueblo creyente y los concilios eclesiásticos.
Lo que ofrecemos hoy es una invitación a beber de esta fuente espiritual auténtica y a conocer la profundidad de un cristianismo que vive la Resurrección y la esperanza con una firmeza que no se extingue.
Barranquilla ha sido hogar de numerosas familias de origen sirio, libanés y palestino. ¿Qué papel ha desempeñado la iglesia en la conservación de sus raíces, su idioma y su fe?
-La presencia de la inmigración siria, libanesa y palestina en Barranquilla representa uno de los capítulos más ricos de la historia socio-cultural de la costa caribeña colombiana. A lo largo de las décadas, las familias levantinas se integraron con éxito en la vida económica y social de la ciudad, constituyendo una valiosa aportación a la sociedad colombiana. Sin embargo, en el ámbito de la fe y la memoria histórica, la Iglesia Ortodoxa ha tenido y continúa teniendo un papel fundamental como faro de identidad, custodia de la diversidad y puente que une el pasado con el presente vivo de las nuevas generaciones.
El papel de la Iglesia en este sentido se articula en tres pilares esenciales:
En primer lugar, la consolidación de la identidad espiritual y las raíces históricas:
La Iglesia Ortodoxa de Antioquía es la portadora fiel de la memoria del Oriente Cristiano. Mediante la celebración de los ritos y oraciones según las venerables tradiciones antioquenas, la Iglesia permite a los miembros de la comunidad un contacto directo con sus raíces históricas más profundas. Esta conexión con las formas espirituales auténticas otorga a los emigrantes y a sus descendientes un firme sentido de pertenencia a una tradición de fe viva que se remonta a los orígenes mismos del cristianismo, haciendo de la fe una experiencia de arraigo y estabilidad espiritual.
En segundo lugar, la preservación de la diversidad cultural en la sociedad:
El enriquecimiento de la sociedad colombiana no se logra mediante la asimilación total o la pérdida de los rasgos culturales, sino a través de la diversidad y la integración armónica. La parroquia ortodoxa constituye un espacio que encarna esta riqueza cultural y religiosa dentro del tejido social de Barranquilla; preserva la particularidad espiritual levantina y la convierte en una contribución valiosa para el panorama cultural colombiano. De este modo, la Iglesia promueve los valores del pluralismo y la tolerancia, ofreciendo un modelo que conjuga la plena ciudadanía con el orgullo por el propio patrimonio.
En tercer lugar, la custodia de la memoria familiar y su transmisión intergeneracional:
Para las familias que partieron de la tierra de sus mayores para construir una nueva vida al otro lado del océano, la parroquia representa el hogar espiritual que otorga sentido y continuidad a su camino. Los pilares de la vida eclesial —desde la vivencia de los sacramentos hasta la celebración de las tradiciones compartidas— brindan a abuelos, padres e hijos un espacio común para la transmisión de valores éticos y espirituales. La Iglesia actúa como un ancla de equilibrio que fortalece a las nuevas generaciones frente a la pérdida de referente, enseñándoles a integrarse activamente en su patria adoptiva sin renunciar a la dignidad de sus orígenes.
En definitiva, la misión de la Iglesia Ortodoxa de Antioquía en Barranquilla radica en ofrecer un espacio de dignidad espiritual y pertenencia auténtica, donde las familias puedan honrar su identidad compartida: plenamente colombianas por su lealtad y compromiso con la nación, y profundamente antioquenas por la firmeza de sus raíces, su memoria y su consciente valoración de la diversidad.
-En un mundo marcado por los conflictos, especialmente en Oriente Medio, ¿qué mensaje de esperanza puede transmitir la Iglesia Ortodoxa de Antioquía desde su experiencia histórica?
-Nuestro mensaje hoy es que la paz no es la mera ausencia de guerras, sino el fruto de la justicia, la salvaguardia de la dignidad humana y la aceptación del otro en su diferencia como hermano y compañero de camino. Desde la experiencia del dolor contemporáneo en Oriente Medio, afirmamos que nuestra permanencia y firmeza no se han sostenido sobre las armas o el poder, sino sobre el amor sincero, la apertura y un arraigo inquebrantable en la esperanza de la Resurrección.
Desde Barranquilla para el mundo, decimos: las guerras y los conflictos son de carácter pasajero, mientras que la fe, la esperanza y nuestra humanidad compartida constituyen cimientos firmes e invencibles. La llamada a trabajar por la paz y la convivencia armónica sigue plenamente vigente, sustentada en una fe que reconoce en cada ser humano la imagen de Dios y un espacio sagrado para el encuentro.
¿Cómo ha logrado acercar la espiritualidad ortodoxa a las nuevas generaciones nacidas en Colombia, muchas de ellas alejadas de las tradiciones de sus antepasados?
-Mi deseo para el futuro y mi más profundo anhelo es que la Iglesia Ortodoxa siga siendo un oasis espiritual abierto de par en par a las nuevas generaciones nacidas en Colombia; que descubran en la fe de sus antepasados una fuente viva que responde a sus aspiraciones humanas y espirituales, y no un mero legado histórico del pasado.
Espero que logremos siempre transmitir la esencia de la espiritualidad oriental en un lenguaje contemporáneo que hable directamente a sus corazones y mentes —empezando por la lengua española—, para que comprendan que la Ortodoxia no es un repliegue nacionalista, sino un camino de sanación espiritual, una búsqueda de sentido y un encuentro vivo con Dios.
Mi anhelo para estos jóvenes es que descubran cómo este venerado patrimonio enriquece su identidad colombiana, creciendo con la autenticidad de sus raíces en el alma y la apertura al mundo en el pensamiento, para convertirse, a su vez, en testigos de paz, esperanza y amor en su propia sociedad.»
¿Qué enseñanzas considera que puede ofrecer hoy la Iglesia Ortodoxa al diálogo entre las distintas confesiones cristianas y a la construcción de una sociedad más fraterna?
-La contribución fundamental que ofrece hoy la Iglesia Ortodoxa al diálogo ecuménico y a la construcción social se fundamenta en una visión eminentemente fraterna y de colaboración mutua: no concebimos nuestra relación con las demás Iglesias y confesiones desde la competencia, sino desde el amor, la complementariedad y la responsabilidad compartida hacia el ser humano.
Esta postura se concreta en tres ejes esenciales:
- Respeto profundo y colaboración frente a la competencia:
La Iglesia Ortodoxa sostiene que su misión en el mundo no consiste en entrar en una contienda de captación o rivalidad, sino en dar un testimonio vivo de Cristo a través del servicio y el amor. Profesamos un profundo respeto hacia la diversidad eclesial y la riqueza espiritual de nuestros hermanos en las demás confesiones cristianas, convencidos de que nuestro encuentro en torno a los valores evangélicos y la acción social enriquece a la sociedad en lugar de debilitarla.
- Un enfoque de complementariedad en el servicio a la sociedad:
Los desafíos contemporáneos —como la pérdida de sentido, la pobreza, la fragmentación familiar y la ausencia de paz— nos exigen a todos los cristianos trabajar hombro con hombro. La Ortodoxia pone su herencia espiritual y patrística al servicio de esta complementariedad, con el fin de articulamos con las demás Iglesias e instituciones para edificar una sociedad más justa y fraterna, donde se venere la dignidad de cada persona como imagen de Dios.
- El amor terapéutico y el diálogo auténtico: Ofrecemos un modelo de diálogo que no busca la imposición de ideas ni el conflicto de identidades, sino «la verdad en la caridad». Promovemos de manera permanente un acercamiento basado en la confianza y el afecto sincero, que ponga de relieve los puntos en común y respete las particularidades, haciendo que la presencia de las diversas comunidades cristianas en la sociedad sea una fuente de bendición y enriquecimiento cultural, y nunca un motivo de aislamiento o división.»
Después de tantos años de servicios en la iglesia, ¿qué legado espera dejar en la visita a Barranquilla?
-El servidor no busca gloria para sí mismo; la Iglesia es de Cristo y nosotros somos solo sencillos vasallos al servicio de su rebaño.
Pido a Dios que esta visita a Barranquilla deje una huella humilde de amor: que renueve la esperanza en los corazones y recuerde a nuestros fieles la importancia de permanecer arraigados en su fe ortodoxa autóctona, abiertos con amor a la sociedad colombiana, para que nuestras vidas sean siempre un testimonio de Cristo y no de nosotros mismos.
¿Cuál es su mayor anhelo para el futuro de la comunidad ortodoxa?
-Mi mayor anhelo y la esperanza de mi corazón es que esta bendita comunidad crezca en amor y humildad, y que la fe permanezca viva en el corazón de sus hijos.
No pido grandes cosas, solo espero que seamos una Iglesia fiel a Cristo: donde los jóvenes conserven su fe y vivan en fraternidad y paz con todos los miembros de la sociedad colombiana, de modo que cada uno de nosotros sea un testimonio silencioso y sincero del amor de Dios.
