Por Andrea Martínez Bolívar
Hay ciudades que nacieron alrededor de una montaña. Otras crecieron al abrigo de una plaza. Barranquilla nació donde el río Magdalena decidió encontrarse con el mar Caribe. De ese abrazo entre el agua dulce y el agua salada no surgió solamente un puerto; nació una manera de entender el mundo. Una ciudad destinada a convertirse en el punto de encuentro de pueblos, culturas, lenguas, acentos y sueños.
Quizá por eso Barranquilla nunca ha sido una ciudad de una sola raíz. Somos hijos del río y del mar. Hijos de quienes llegaron remando por el Magdalena desde las poblaciones ribereñas y de quienes cruzaron océanos buscando un lugar donde empezar de nuevo. Somos el resultado de incontables viajes que encontraron aquí un mismo destino.
Hace unos días, la Comisión Legal para la Protección de los Derechos de las Comunidades Negras o Población Afrocolombiana del Congreso de la República, presidida por el representante Gersel Pérez Altamiranda, rindió homenaje a dos hombres cuya trayectoria representa esa historia de ciudad: Juan Carlos Ospino Acuña y mi abuelo Miguel Bolívar Acuña.
Más que una condecoración individual, aquel acto reconoció a una generación de barranquilleros que entendió que construir ciudad significaba preservar la memoria, fortalecer la identidad y sembrar las bases para que Barranquilla siguiera siendo una ciudad abierta al mundo.
Durante la ceremonia, Juan Carlos Ospino hizo un recorrido por la memoria de las migraciones que, desde las riberas del río Magdalena, llegaron a Barranquilla llevando consigo costumbres, músicas, oficios, relatos y tradiciones. Recordó cómo esas familias se encontraron aquí con comunidades afrodescendientes, con inmigrantes europeos, árabes y antillanos y con tantos otros pueblos que terminaron moldeando el carácter abierto de nuestra ciudad.
Mientras lo escuchaba, inevitablemente viajé también hacia mi propia historia. Soy nieta de los Bolívar Acuña, migrantes de la ribera del Magdalena, de El Banco, ese «viejo puerto» donde, como lo inmortalizó José Barros, los bogas ya no reman en sus piraguas. También soy nieta de inmigrantes búlgaros, los Vasilef, que cruzaron un océano buscando un nuevo hogar. Dos viajes distintos. Dos geografías lejanas. Dos culturas que terminaron encontrándose en Barranquilla para dar origen a una nueva familia.
Esta historia no es únicamente la mía. Es la historia de Barranquilla. En Barranquilla, casi todos descendemos de algún viaje. Porque Barranquilla nunca preguntó de dónde veníamos. Siempre nos permitió decidir hacia dónde queríamos construir juntos.
Tal vez por eso Amira de la Rosa la describió en nuestro himno como la «ilusión del Caribe blanco y azul». Barranquilla siempre ha sido la ciudad de los brazos abiertos. Aquí entendimos hace mucho que la identidad no nace de aquello que nos hace iguales, sino de aquello que somos capaces de construir juntos.
Por eso no toleramos la discriminación por razones étnicas. Sería negar nuestra propia historia. Nuestra identidad no excluye: integra. Esa es, quizá, la razón más profunda por la que resulta tan significativo que este reconocimiento provenga precisamente de la Comisión Legal para la Protección de los Derechos de las Comunidades Negras o Población Afrocolombiana. Reconocer el aporte histórico de las comunidades afrocolombianas es reconocer una parte esencial de aquello que somos como ciudad. Todos somos, de alguna manera, hijos de ese encuentro.
Por eso el Carnaval de Barranquilla es mucho más que una celebración. Es la expresión más auténtica de nuestra historia. En sus danzas conviven África, Europa, el Caribe, el Magdalena y los pueblos indígenas. En sus comparsas sobrevive la memoria colectiva de una ciudad que hizo de la diversidad su identidad más profunda.
Como alcalde de Barranquilla, Miguel Bolívar comprendió que las tradiciones sobreviven gracias al cariño de la gente, pero que solo perduran cuando existen instituciones capaces de protegerlas. Lideró la creación de Carnaval de Barranquilla S.A., impulsando un modelo de gestión que fortaleció la alianza entre el sector público y el privado y sentó las bases para que nuestra principal manifestación cultural pudiera preservarse, organizarse y proyectarse hacia el futuro.
Aquella decisión fue mucho más que una reforma administrativa. Fue una visión de ciudad. Comprendió que la cultura no era un asunto accesorio de la gestión pública, sino uno de los pilares sobre los cuales podía construirse la identidad de Barranquilla. Ese es, quizá, el mayor legado de su generación: haber entendido que las ciudades también se construyen fortaleciendo las instituciones que protegen aquello que las hace únicas.
Por eso resulta profundamente simbólico que haya compartido esta condecoración con Juan Carlos Ospino. Ambos, desde lugares distintos, hicieron posible que hoy el Carnaval de Barranquilla sea reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero los legados solo cobran sentido cuando inspiran el futuro.
Cómo internacionalista he tenido el privilegio de representar a Barranquilla en escenarios internacionales donde se habla de sostenibilidad, desarrollo urbano y cooperación entre ciudades. Allí he confirmado una idea que este homenaje volvió a recordarme: las ciudades más admiradas del mundo no son aquellas que intentan parecerse unas a otras; son aquellas que convierten su identidad en su mayor ventaja competitiva.
Barranquilla no necesita inventarse una historia para proyectarse internacionalmente. La tiene en el río que durante siglos trajo pueblos enteros hasta esta orilla; en el mar que abrió la puerta al mundo; en el Carnaval, en sus artistas, en sus músicos, en sus cocineras tradicionales, en sus artesanos, en sus gestores culturales y en cada comunidad que ha enriquecido este territorio con su propia memoria.
Si la generación de Miguel Bolívar tuvo el desafío de proteger nuestra identidad, a la nuestra le corresponde proyectarla al mundo. Convertir esa identidad en una plataforma de desarrollo, innovación, cooperación e internacionalización que genere oportunidades para miles de barranquilleros.
Parafraseando a Loor Naissir en Sin retorno, podría decir que soy la nieta de inmigrantes sin retorno. Nieta de quienes dejaron Bulgaria y de quienes bajaron por el Magdalena desde El Banco buscando un nuevo destino. Pero también soy el resultado de un encuentro que solo podía ocurrir en Barranquilla. Aquí las danzas búlgaras y la cumbia dejaron de pertenecer a mundos distintos para hacer parte de una misma historia.
Esa es la magia de esta ciudad: convertir los viajes en raíces, las diferencias en identidad y la diversidad en orgullo. Por eso agradezco a la vida haber nacido en Barranquilla, la ciudad donde los inmigrantes dejaron de ser inmigrantes para convertirse en barranquilleros.
Quizá esa sea la verdadera identidad barranquillera: descender de algún viaje, aprender a pertenecer y terminar llamando hogar al lugar donde el río se encuentra con el mar. Somos, orgullosamente, los hijos de Bocas de Ceniza.


