Por Loor Naissir
Conversando con varios amigos sobre la tercera edad, unos decían que comienza después de los 65 y otros que después de los 70. Yo los escuchaba y pensaba que, en realidad, nadie ha podido ponerle una fecha exacta a ese momento de la vida. Quizás porque esta etapa no comienza necesariamente en el calendario. Muchas veces empieza en la mente. Hay jóvenes de 30 años que piensan como si tuvieran 60, mientras hay personas de 70 que siguen mirando la vida con la curiosidad y el entusiasmo de un muchacho.
Esta mañana desperté a las 5 a.m. y me senté frente al computador a actualizar mi base de datos de contactos. Y entonces apareció, sin avisar, una de esas realidades que prefiero esquivar: encontré varios nombres de personas que han fallecido. Me quedé mirando sus números de celular y me pregunté quién los tendría ahora, quién habría heredado esos teléfonos, quién contestaría si algún día marcara. Entonces preferí borrarlos. No quise averiguar.
La muerte me produce miedo, mucho miedo. Y lo confieso sin ningún pudor, a pesar de que, en dos ocasiones, estuve muy cerca de conocerla: un gravísimo accidente de tránsito y el rompimiento de un aneurisma cerebral me pusieron a un paso del más allá. Pero aquí estoy. Volví. Y cada vez que pienso en aquello, no puedo sino agradecerle a Dios por haberme regalado más tiempo para hacer muchas cosas que me agradan: ser abuela, periodista y escritora, y acompañar a mi esposo en sus viajes.
Quizás por eso, precisamente hoy, cuando Barranquilla amaneció bajo un fuerte aguacero, sentí la necesidad de sentarme a escribir sobre la edad, el paso del tiempo y esa palabra que confieso que no me gusta: vejez.
Esta madrugada vi el reel en Instagram del periodista y escritor Felipe Zuleta Lleras, quien afirma que lo único bueno de la vejez es que llega acompañada de la madurez y que, por lo tanto, es una etapa corta que debemos aprender a disfrutar haciendo aquello que realmente nos gusta.
Me hizo pensar.
Si a uno le da jartera ir a un coctel, ¿para qué ir? Si ya no disfruto un viaje largo, lleno de escalas, maletas y complicaciones, ¿por qué hacerlo? Quizás ha llegado el momento de escoger con más libertad dónde queremos estar y con quién queremos compartir nuestro tiempo.
Podría ser tan sencillo como quedarse en casa leyendo un buen libro, viendo televisión, escuchando música, conversando con alguien querido o simplemente disfrutando de la tranquilidad.
Pero, como suele suceder, las redes sociales tienen la capacidad de convertir una frase aparentemente inocente en toda una discusión.
Después de ver el reel, leí algunos comentarios. Un hombre decía estar completamente de acuerdo. Pero una mujer, furiosa, respondió que ni de fundas le mostraría ese video a su esposo porque él se la pasa sentado, vegetando.
Y ahí sí quedé loca.
¿Dónde está la frontera entre disfrutar la vida con tranquilidad y dejar de vivirla?
Porque una cosa es aprender a escoger lo que nos hace felices y otra muy distinta es renunciar a todo. Una cosa es decir “ya no quiero hacer esto porque no me gusta” y otra es dejar de sentir curiosidad por el mundo, por las personas, por los proyectos, por el amor, por los sueños.
Tal vez la respuesta no está en la edad, sino en las ganas.
Salté entonces a WhatsApp para leer los mensajes de mis lectores y, como si la vida quisiera llevarme de la mano hacia otro capítulo de lo mismo, encontré uno que decía: “Loor… me gustaría que escribieras sobre el amor en la tercera edad”.
¡Muy buen tema!
Les cuento que los lectores también me ponen a estudiar. Cuando no tengo elementos suficientes para escribir sobre algo, consulto, leo, pregunto y busco a los expertos. Porque escribir no es solamente contar lo que uno piensa; también es atreverse a explorar aquello que uno todavía no conoce.
El amor en la llamada tercera edad merece un tema aparte. Porque el amor no desaparece cuando aparecen las canas. Cambian los ritmos de la vida, los hijos empiezan a buscar sus propios caminos, llegan los nietos y la jubilación, y aparecen nuevas formas de compartir el tiempo.
Quizás cambia también la manera de vivir el amor, de entenderlo y de necesitarlo. Tal vez, con los años, el amor deja de ser promesa y se convierte más en compañía, complicidad, cuidado, ternura y esa maravillosa sensación de tener a alguien con quien compartir una conversación o, simplemente, el silencio.
Y confieso algo más: no me gusta utilizar la palabra “vejez”. Me parece demasiado pesada para definir una etapa que puede estar llena de proyectos, ilusiones, aprendizajes y hasta nuevas aventuras.
Por eso siempre le digo a mi esposo que jamás pregunte la edad a una mujer. Ni siquiera cuando ella diga, orgullosa, que no tiene ningún problema en decir cuántos años tiene. Mejor no arriesgarse.
La edad es un dato para los documentos, pero no necesariamente para el corazón.
Mientras escribo estas líneas, afuera sigue lloviendo en Barranquilla. Y yo sigo pensando en aquella pregunta que me dejó el reel: ¿qué hacer con el tiempo que nos queda.
No tengo una respuesta definitiva. Pero sí creo que, después de cierta edad, uno debería darse el permiso de vivir con mayor libertad. Decir que sí cuando realmente quiere decir que sí. Decir no sin sentirse culpable. Buscar a quienes nos hacen bien. Alejarnos de los que nos roban la paz. Viajar si queremos viajar. Quedarnos en casa si eso nos hace felices. Enamorarnos, si la vida nos sorprende. Leer, escribir, bailar, cantar, aprender algo nuevo o simplemente contemplar una mañana lluviosa.
Porque envejecer no es ir apagándonos poco a poco.
Quizás sea aprender, por fin, a encender la vida con aquello que verdaderamente nos importa.
Y ahora sí, mejor me voy a la cocina a preparar mi desayuno, para después terminar de corregir mi libro testimonial sobre la Virgen, Rosarios en voz baja.
¡Muy pronto saldrá!
Después de todo, todavía tengo mucho por hacer.
Mientras Dios me siga regalando mañanas, aunque sean lluviosas, pienso seguir aprovechándolas.
https://www.instagram.com/reel/DZ6FITINHXW/?igsh=MXkxeWhzaDhwdTVmYg%3D%3D

Qué hermoso y verdadero lo que dices, mi Loor querida. Bendiciones y un abrazote..