Por Jorge García Taboada
Escritor y poeta
Empieza a oscurecer, pero el ambiente no es de quietud, sino de una alegre efervescencia. El aire, denso y cálido, ya no huele solo a brisa marina, sino al perfume inconfundible que trae la brisa loca de los Alisios de diciembre.
Es un aroma que se mezcla con el humo dulce y seco de los triqui-traquis, que estallan como foquitos de luces doradas intermitentes y saltarines en las manos de los niños; y se une al olor a esperma virgen de las velas y el papel nuevo de los faroles.
Esta mezcla es la señal, el preámbulo mágico que quedó grabado en mi memoria y en la retina, anunciando que había llegado la hora de encender las luces de la fe.
Mi madre, con esa fe inquebrantable que solo las madres caribeñas poseen, es la directora de orquesta. Me llama para que ayude a colocar las primeras velitas.
“Siento el tacto áspero del andén; de la acera bajo mis rodillas y el calor suave de las velitas de sebo en la palma de mi mano”.
La calle del Paraíso se transforma en un tapiz de colores vibrantes. Cada casa compite amigablemente por el camino de luces más hermoso. Recuerdo el ritual meticuloso: no se trata solo de prenderlas. Hay que hincar cada vaso o farolito en la terraza o en la acera, asegurándose de que el viento del Caribe -esa brisa loca- no las apague, porque cada llama que se extingue antes de tiempo es una petición que debemos reforzar con más fe.
Hay velitas rojas de amor, blancas de pureza, azules de la Virgen y verdes de esperanza. Pero más allá de los colores, está el fulgor del ungüento sagrado de la fe que mi madre me enseñó a poner en cada una, el resplandor milagroso que hacía arder el aceite.
El momento más sagrado es cuando la primera vela se enciende. Mi madre me toma de la mano, y juntos, murmuramos la oración a la Inmaculada Concepción. Ella me enseña que cada vela es una bendición que se pide para el hogar, para los ausentes, para la salud y, sobre todo, para el amor que nos une.
Ese hogar era mí “Paraíso terrenal”.
El sonido de la de la noche no es sólo el crujido de la cera; es la risa de los vecinos, el eco lejano de un villancico que empieza a sonar en la radiola y la sensación absoluta que solo la niñez y el amor maternal pueden dar.
La luz de las velitas no solo iluminaba la calle; se filtraba por las ventanas, llenando las paredes de la sala de sombras danzantes, haciendo que ese espacio fuera inmensamente feliz, un hogar donde las bendiciones eran tan tangibles como el vaso de jugo de naranja que mi madre me ofrecía después de terminar la tarea.
El brillo suave de la madrugada empieza a aflorar, luchando contra los últimos titilares de las velitas que han ardido toda la noche en El Paraíso.
Tras una noche mágica de luces y oraciones, el cansancio se desvanece con un sonido que perfora el aire fresco de la alborada: el tañir de los bronces de las campanitas de Las Tres Avemarías empiezan a sonar con insistencia y alegría, el anuncio inconfundible de que la fe a despertado al día.
Es el momento de la Procesión de La Inmaculada Concepción. La gente se congrega en las aceras haciendo una calle de honor, para acompañar a la imagen de la Virgen. Las voces se alzan, limpias y unidas, entonando aquellos cánticos tradicionales en su honor, que resuenan con la promesa de la Navidad cercana.
Y entonces, llega el instante que sella la bendición de nuestro hogar. La Procesión dobla la esquina, y al pasar frente a “La Casa de Todos” -ese hogar donde fuí inmensamente feliz- la imágen de la Virgen, alzada en andas y adornada con flores, parece detenerse.
En ese destello fugaz, me parece ver a la Virgen sonreír. Su mirada dulce y serena, me ilumina, no como un simple rayo de sol, sino como una certeza: la seguridad de su eterna protección y bendición sobre ese paraíso que mi madre creó con amor.
El eco de los cánticos y el aroma a flores se alejan lentamente, dejando tras de sí un hogar lleno de gracia, listo para empezar un nuevo día bajo el manto de la Madre.
Y hoy, esa noche de velitas -en la lejanía- es un recordatorio de que el amor de ese hogar y la fe de mi madre -esa que ella me inculcó-, no dependen de un lugar físico; la puedo encender donde esté, con tan solo recordar.
