Entre el polvo y el asombro
Por Jorge García Taboada
Escritor
La Semana Santa en nuestro Caribe no es una fecha en el almanaque; es un estado del alma que comienza a gestarse cuando el calendario aún huele a ceniza. Todo arranca en ese Miércoles de rito y sentencia, cuando el dedo del cura dibuja en la frente el mapa de nuestra finitud: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Esa marca gris, recibida en la penumbra de la iglesia, era el pasaporte hacia un tiempo donde el mundo se partía en dos, entre la Barranquilla de mis asombros y la Sabana eterna de mis ancestros.
Mis recuerdos son un puente tendido entre los callejones citadinos y la manigua sagrada enclavada en las estribaciones montemarianas de Ovejas. Los cuentos que mis mayores me referían no eran fábulas para entretener el tedio, sino verdades heredadas de boca en boca, desde el Cerro e’Maco hasta el barrio El Paraíso. Eran dogmas de fe que viajaban en el ADN, confirmando que el diablo no era una metáfora, sino una bestia de grilletes y azufre que arrastraba su calvario por las esquinas, buscando almas mal paradas para hundirlas en sus pailas de fuego eterno.
Aún guardo en los pliegues del corazón la solemnidad de las Horas Santas en la iglesia de las Tres Avemarías. Allí, en medio de los sonidos del silencio y las soledades de la madrugada, la familia entera se sumergía en una adoración al Santísimo que parecía un velorio de cuerpo presente. Al salir, el aire de la ciudad se sentía distinto; al llegar a casa, el sueño se volvía una batalla contra lo invisible. Escuchábamos el aleteo de las sombras sobre los tejados, y no sabíamos si eran gallinazos somnolientos o las brujas que desde los meandros del río bajaban a burlarse del luto de Dios.
Cuando el camino nos llevaba finalmente a la Sabana, la naturaleza misma se volvía mística. En Ovejas aprendimos el respeto sagrado por el monte: no se podía herir un tronco en Viernes Santo, pues de sus entrañas brota la mismísima sangre de Cristo, cálida y roja, recordándonos que todo lo vivo padece. El cuerpo se purificaba entonces con el ayuno y la abstinencia, un desfile de sabores que eran un monumento al paladar del Caribe. La mesa en la Semana Santa era un universo expandido donde el monte y el agua se confunden en el plato. En esa geografía del gusto, impregnados de ese humo de leña que era el incienso de las cocinas de nuestros ancestros, hoy habitan mi memoria del alma los reinados de guisos ancestrales de los Montes de María como el de hicotea con ají dulce y leche de coco, el pisingo o pato de agua, el conejo ahumado, el arroz con coco o el de fríjol cabecita negra, el bollo de yuca y limpio para empujar el suero atollabuey, la viuda de pescado salado, el salpicón de bagre y el bocachico guisado o sudao y el mote de queso con el toque de la hoja de bledo e’chupa, con sus variantes de berenjena, candia o palmito con el aroma de ají topito y el de cabeza de Moncholo ahumado que sabía a braza y a tradición. Y para endulzar la penitencia, la joya de la corona: Los dulces de todos los aromas, sabores y texturas. En la Sabana, el dulce no es un postre, es un ritual social, un festín de almíbar que contrastaba con el rigor de los rezos. Se intercambian platos entre vecinos en un desfile de texturas: el dulce de ñame, de monguí (plátano maduro), de papayuela o de caballito o el dulce ahumado de leche cocido a la brasa encendida.
Hoy, en este Domingo de Ramos, la realidad me encuentra lejos de aquel pueblo de mis amores y pasiones, pero lo siento más cerca que nunca desde este, el Rincón de mi Viejomuelle. Amanece con un sol que calcina las tablas, que es puro oro fundido y una brisa marina que trae susurros de cañaverales salobres, mientras el aroma del mote de queso y el dulce de ñame empiezan a reclamar su reino en la memoria. Las palmeras ondulando con una gracia sutil, bailando al compás de mis memorias, mientras las mariamulatas negras y altivas -espejo fiel de la raza triétnica que llevamos impresa- vigilan desde lo alto. A su alrededor, Los toches y papayeros de amarillos eléctricos y negros profundos dibujan picadas y giros sostenidos en el aire, celebrando la vida.
La Semana Santa, allá en mi Sabana, al tiempo, la manigua sigue allí, agazapada entre el monte y el agua, guardando los secretos de aquellas criaturas que no conocen de calendarios ni de olvidos. Porque mientras el mochuelo siga volando y la sangre de Cristo siga latiendo en las venas de los árboles, los mitos de la Sabana estarán esperando su turno para salir de la sombra. Prepárense, que el corazón de esa manigua es donde el espanto se vuelve poesía y la leyenda, nuestra única verdad.
Jorge Garcíataboada.
Escritor y Arquitecto.
