Entre la persistencia y el olvido
Por Loor Naissir
Hay algo casi romántico —y también profundamente persistente— en seguir haciendo revistas en estos tiempos, por la inmediatez de las redes sociales.
Quizás por eso el conversatorio sobre revistología, titulado ¿Por qué fracasan (o no) las revistas?, no fue solo un encuentro académico, sino una conversación necesaria.
La invitación la hizo Toni Celia, director del Centro Cultural Cayena, y encontró su escenario en La Cueva, un lugar donde la memoria cultural siempre parece estar despierta, ahora bajo la dirección de María José Vengoechea.
No era una fecha cualquiera.

El encuentro se dio en el marco del natalicio de Álvaro Cepeda Samudio, ese periodista, escritor y cineasta que marcó una forma distinta de narrar el Caribe y que también dirigió el Diario del Caribe.
No lo llegué a conocer, solo a su viuda Tita Cepeda y a su hija Margarita Cepeda, también periodista, hoy radicada en Estados Unidos.
En los años 80 cuando empezaba a despuntar en el periodismo en El Heraldo, veía cómo Tita Cepeda llegaba con un folder en sus manos con recortes de información y se sentaba a hablar con don Germán Vargas, miembro del famoso Grupo Barranquilla, y quien fue amigo de su esposo; y después ella lo hacía con el entonces director Juan B. Fernández Renowitzky.
La veía lejana a mí, yo era una principiante para ella. Además, no sabía nada de Álvaro Cepeda Samudio, hasta el día que leí sobre él en la revista dominical de El Heraldo un escrito, que no recuerdo quién lo hizo, y me pareció un personaje fuera de serie, con una mente brillante.
Moderado por Fabián Buelvas, director de la revista Huellas, el conversatorio al que fui invitada reunió miradas distintas, pero atravesadas por una misma inquietud: cómo sostener una revista sin que pierda el alma en el intento.
Allí estuvimos compartiendo experiencias Ángel Unfried, José Ruiz e Ivonne Arroyo.
Cada intervención fue distinta, pero todas coincidían en algo: hacer una revista sigue siendo un acto de resistencia.
Se habló de transformaciones, de audiencias que cambian y de formatos que se reinventan, de la inmediatez de las redes.
Después de un par preguntas del público, llegó un gesto que resume mucho de lo conversado: la entrega de la revista Huellas.
Una portada de impacto: pocas letras negras sobre fondo rojo y el rostro del escritor que ya no está.
Editada por la Universidad del Norte, la revista recoge miradas que no solo recuerdan, sino que dialogan con la memoria.
Entre sus páginas, Daniel Samper Pizano trae de vuelta una frase de Cepeda Samudio: “La historia oficial de la literatura está infladísima”.
Una provocación que, leída hoy, parece más vigente que nunca.
También escribe Tita Cepeda, evocando los cineclubes en Barranquilla y esos papeles que alguna vez se creyeron perdidos.
Alfredo Sabbagh recuerda su pasión por el cine en un texto que lleva un título que ya es imagen: “El Nene va al cine”.
Y la escritora Claudine Bancelin explora otras facetas de Cepeda: la música, la biblioteca.
Al final, más que responder por qué fracasan las revistas, el conversatorio dejó otra pregunta en el aire:
por qué, a pesar de todo, se siguen haciendo.
Tal vez porque una revista no es solo papel o pantalla. Es una forma de insistir en la memoria.
Y cuando parecía que la conversación se quedaba en las ideas, apareció la prueba viva de que las revistas no solo resisten: también persisten.
Llegó el reconocido crítico de arte Álvaro Suescún con su revista impresa La Lira.
Una publicación que ha sobrevivido a pesar de todo —tiempos, formatos, modas— sostenida a pulso, con esfuerzo y una tenacidad que hoy se agradece.
La Lira no compite: insiste.
Y en esa insistencia ha encontrado su lugar, dedicada a resaltar la música y a quienes la hacen posible.
Ésta, su edición 88, está consagrada a Puerto Rico, la isla del encanto, una tierra que ha dado al mundo una lista larga de músicos y voces que han dejado huella.
Ahí están Manuel Tizol, El Gran Combo, Héctor Lavoe, y nombres que han cruzado generaciones como Chayanne, Ricky Martin y Daddy Yankee.
Y sí, la lista sigue… y podría no terminar.
Es una edición pensada para leerse sin apuro, de principio a fin, con firmas que conocen el oficio y escriben desde la pasión.
La revista abre con Bad Bunny, un fenómeno global que, guste o no, marca una época y redefine la conversación musical.
En ese contraste —entre leyenda y presente, entre memoria y tendencia— La Lira vuelve a hacer lo que mejor sabe: dejar registro.
Y ahí, en medio de todo, la pregunta inicial del conversatorio cobra otro sentido.
No es solo por qué fracasan las revistas.
Es cómo algunas, contra todo pronóstico, se niegan a desaparecer.
La Ola Caribe persiste y resiste, ahora en formato digital.
No busca parecerse a ninguna. Tiene identidad, agenda propia y una manera de contar pensada con rigor periodístico y hecha con pasión.
Y ahí, en medio de todo, la pregunta inicial del conversatorio cobra otro sentido.
No es solo por qué fracasan las revistas.
Es cómo algunas, contra todo pronóstico, se niegan a desaparecer.
Como directora de La Ola Caribe, lo pienso.
Volver a imprimir no es fácil. El costo del papel, la producción, el lujo que implica hoy una edición física… todo pesa.
Pero también pesa —y mucho— el deseo de hacerlo.
Quizás por eso sigue rondando ese adagio sencillo, casi terco:
Amanecerá y veremos.
Porque en el mundo de las revistas, como en la cultura, nada está dicho del todo.



